—La segunda opción —prosiguió, ignorando mi reacción—, llevas ese embarazo a término, pero bajo un contrato. Te alquilo el vientre. Firmamos un acuerdo legal, tú no interfieres, yo me quedo con el bebé y tú sigues tu vida como si esto nunca hubiera pasado.
Todo mi cuerpo despertó con violencia.
—¿Pero tú estás enfermo? —solté, dando un paso hacia él—. ¿Qué demonios te pasa? ¡No soy un objeto para que vengas aquí a alquilarme el vientre como si esto fuera un maldito negocio!
Él frunció el ceño, sorprendido por mi atrevimiento.
—Estoy intentando solucionar esto de manera racional —dijo con una calma que solo me enfureció más.
—¿Racional? —me reí sin humor—. Lo único racional aquí es que aceptes que no tienes ningún derecho sobre mí, ni sobre mi embarazo. No hay contrato, no hay acuerdo, no hay nada entre nosotros. Esto fue un error médico, ¿recuerdas? Yo no te debo absolutamente nada. Ni a ti ni a tu ego.
Él apretó la mandíbula.
—Tienes mi material genético dentro. Eso me da un grado de derecho.
—No te da ni mierda —respondí, tajante—. Mucho menos poder para venir a exigirme que aborte o que te entregue los bebés como si fueran productos de fábrica. ¡Qué clase de ser inhumano puede pensar así!
Intenté girarme para irme, pero él me sujetó del brazo con fuerza.
—No he terminado de hablar contigo —gruñó.
Lo miré fijamente. Su agarre dolía, pero dolía más la indignación en mi pecho.
La furia me nubló la vista.
—Suéltame —ordené.
—No hasta que entiendas que…
No terminé de escucharlo y mi mano actuó antes que mi cerebro.
La bofetada resonó por todo el pasillo.
Sentí mis dedos arder, como si hubieran golpeado una pared caliente.
Los ojos del hombre se abrieron apenas, no por dolor… sino por sorpresa. La enfermera que pasaba detrás de nosotros lanzó un pequeño grito ahogado.
Retiré mi brazo de su agarre con un tirón.
—Vuelves a tocarme —dije con voz baja, temblante por la rabia contenida—, y te juro que no me limito solo a una bofetada.
……
…Pov Gonzalo…
No podía dejar de mirar su piel tersa, esos labios carnosos y la mirada fulminante que me había clavado segundos antes de atreverse a golpearme.
Todavía sentía el ardor en la mejilla, pero más me ardía el orgullo. Respiré hondo, ajusté mi saco y tomé la palabra como si nada hubiese pasado.
—Tienes veinticuatro horas para enviarme la documentación para madre gestante —le anuncié con firmeza—. Ese bebé es el heredero del imperio Echeverría. No hay otra opción.
Ella entrecerró los ojos, desafiante.
—No voy a negociar la vida ni el futuro de mis bebés.
"¿Bebés?" Parpadeé, confundido. Esa palabra se me quedó dando vueltas.
—Has dicho bebés varias veces… ¿acaso son dos?
Adeline no respondió. Su silencio fue más provocador que cualquier insulto. El director, nervioso, soltó la verdad.
—Son tres, señor Echeverría. Trillizos.
Sentí cómo una sonrisa enorme me nacía sin permiso. Tres. Tres herederos. Tres razones para no permitir que esa mujer diera un paso fuera de mi control.
—Trasládenla a la mansión —ordené a mis guardaespaldas, sin borrar la sonrisa—. De inmediato. Por las buenas o por las malas.
—Podrá retenerme —me gritó Adeline mientras intentaban sujetarla—, pero no pienso firmar nada. Eres un maldito insensible.
—Lo que tú pienses no cambia nada —murmuré, dándome media vuelta pensando en lo que significaban esos tres pequeños para mi apellido, para mi imperio… y para mí.
Apenas salí de la clínica, lo primero que hice fue sacar mi teléfono y buscarla en la red. Adeline White. Escribí el nombre completo y en cuestión de segundos aparecieron artículos, entrevistas y fotografías. A medida que avanzaba en su historial, mis ojos se abrían más y más.
—Así que eres reconocida… y brillante —murmuré, deslizando la pantalla—. Interesante. Muy interesante.
Leí sobre su trayectoria, su carrera impecable, los premios que había recibido. Casi podía sentir cómo mi sonrisa crecía sola.
—Si mis hijos heredan tu inteligencia… —me reí en voz baja—, serán unos malditos genios.
Celebré mi victoria en silencio: la clínica había cometido la mayor ineptitud del siglo, y yo estaba a punto de ganar lo que jamás imaginé.
Pero entonces fruncí el ceño. En una de las notas aparecía un dato que detesté de inmediato.
—Casada —leí en voz alta—. Con Marlon Doyle, un millonario despreciable.
Solté una maldición mientras caminaba hacia mi auto.
—Perfecto. Justo lo que me faltaba.
Me apoyé en la puerta, respiré hondo y tomé una decisión.
—Un matrimonio puede romperse —dije con calma helada—. Y lo romperé.
No me importaba si se amaban, si eran felices o si tenían una vida perfecta. Yo quería a Adeline sola. Bajo mi techo criando a mis hijos. Y nada ni nadie iba a impedirlo.
Conocía a un par de abogados que disfrutarían destrozar legalmente la vida de una prestigiosa abogada, así que marqué el número del primero.
—Señor Echeverria —respondió con voz firme al segundo timbre.
—Necesito que inicies un proceso de divorcio —le dije sin rodeos—. Su nombre es Adeline White, casada con un tal Marlon Doyle. Quiero ese matrimonio disuelto cuanto antes.
Hubo un silencio extraño al otro lado, apenas unos segundos, pero lo sentí.
Abraham, por primera vez en su vida, aceptaría un caso que implicaba a su propia sangre… y no pensaba advertírmelo, porque llevaba años esperando el momento perfecto para ver caer al desgraciado de su cuñado.
—Por supuesto —respondió con serenidad—. Me encargaré personalmente. Será un placer destruir a ese tal Marlon Doyle.