—¡Virgen Santa! Si esto cayera en manos de los Illuminati, acabaría con ellos. Como la peste negra, borraría del mapa a cada uno de esos hijos de puta. Val hizo una mueca. —La maldición no le afecta a la orden. Son inmunes. —¿Cómo es eso posible? —me quedé mirándolo con la boca abierta, incrédula. Val tragó saliva con fuerza como si estuviera tragándose algo repugnante. —Si eres tan malo como la maldición, la maldición es inútil. Es como una vacuna. Una vez has estado expuesto al virus, te vuelves inmune. —¡Madre mía! ¡Entonces la orden nunca puede hacerse con esta lanza! —exclamé con los pelos de punta. Entonces, una pregunta despertó mi curiosidad—. ¿Se podría matar a uno de ellos con la espada? Val alzó la ceja izquierda ligeramente. —Sí —admitió—. En algunos casos, como por eje

