Capítulo 4. Reglas de protección.

1957 Palabras
La residencia estaba en silencio cuando Dominic mandó a llamar a Noah. La cena había transcurrido sin incidentes. Protocolar. Medida. Como todo en su vida. Sin embargo, la conversación pendiente pesaba más que cualquier compromiso del día. Dominic se encontraba en su estudio cuando la puerta se abrió tras un golpe discreto. —Adelante. Noah entró con la misma seguridad con la que parecía ocupar cualquier espacio. No había prisa en sus movimientos, pero tampoco duda. Se detuvo a una distancia prudente del escritorio, esperando. La iluminación del estudio era tenue, cálida. Las paredes cubiertas de libros antiguos, el escritorio de madera oscura, el sillón de cuero frente a la chimenea apagada. Era un espacio íntimo dentro de una casa que rara vez permitía intimidad real. Dominic tomó una botella de whisky de cristal tallado y sirvió un vaso con gesto automático. —¿Un trago? —preguntó sin mirarlo. —No, gracias —respondió Noah. Dominic alzó apenas la vista. —¿No bebe? —No. La respuesta fue simple. Firme. Dominic sostuvo el vaso unos segundos antes de asentir levemente y llevarlo consigo hasta el sillón principal. Antes de sentarse, observó a Noah con mayor detenimiento del que se había permitido durante el día. La luz lateral dibujaba las líneas de su rostro con claridad. Rasgos duros. Mandíbula definida. Ojos oscuros, concentrados, que no vacilaban al sostener una mirada directa. Extraordinariamente guapo. El pensamiento apareció sin aviso. Dominic lo apartó de inmediato, como hacía con todo lo que amenazaba su control. Tomó asiento con elegancia, cruzando una pierna sobre la otra. —Siéntese —ordenó, señalando el sillón frente a él. Noah negó levemente con la cabeza. —Estoy bien así. Dominic lo observó un segundo. —No es una formalidad innecesaria —dijo con tono más suave—. Me gustaría conversar con claridad. Y me preocupa su comodidad. La palabra comodidad pareció incomodar más a Noah que cualquier orden. Hubo una pausa breve. Finalmente, con visible reticencia, se sentó. No lo hizo relajado. Lo hizo listo. Dominic dio un pequeño sorbo al whisky antes de comenzar. —Lo ocurrido hoy no puede repetirse —dijo sin rodeos—. Los desacuerdos no se tienen en público. Mi imagen no lo permite. No era una reprimenda airada. Era una declaración de límites. Noah sostuvo su mirada. —Entiendo. Dominic respiró con calma. —Sin embargo —continuó—, debo admitir algo. Noah no esperaba esa transición. Se notó en el leve cambio de su expresión. —Me equivoqué —dijo Dominic con serenidad—. No había considerado que la otra parte también tendría su propio equipo de seguridad. Noah no sonrió. No adoptó gesto triunfal alguno. Solo escuchó. —Hasta ahora —prosiguió Dominic—, nunca fue necesaria una vigilancia tan estricta. Estoy lejos de la línea de sucesión. No represento una amenaza directa ni un objetivo prioritario por ese motivo. Bebió otro sorbo, más breve. —Mi trabajo para la Corona no es visible. No soy el protagonista. Cierro acuerdos. Negocio. Peleo las batallas de mi primo desde las sombras. La prensa puede sentir curiosidad, pero el foco siempre está en él y su familia. Hubo un silencio denso tras esas palabras. Dominic raramente hablaba de su rol con alguien fuera del círculo íntimo. Y aun dentro de ese círculo, no solía exponerlo de esa manera. Noah percibió el cambio. Y decidió corresponderlo. —Mi intención no es cuestionarlo —dijo con voz más baja, menos cortante—. Solo pretendo hacer mi trabajo. Dominic lo miró sin interrumpir. —Como le dije —continuó Noah—, si protegerlo implica protegerlo incluso de sus propias decisiones, lo haré. No por arrogancia. Por responsabilidad. Dominic sostuvo su mirada. Noah respiró con calma antes de seguir. —Usted cree que por no estar cerca del trono no representa un riesgo estratégico. Pero no se trata de la corona que lleva alguien en la cabeza. Se trata de influencia. Dominic no esperaba ese giro. —Hoy cerró un acuerdo que generará empleos, crecimiento económico y estabilidad en sectores clave —dijo Noah con precisión—. Eso no es menor. Eso es poder. La palabra quedó suspendida entre ambos. —Si usted pelea las batallas de su primo desde las sombras —añadió—, entonces esas batallas son decisivas. Y quienes pierden en esos movimientos no siempre aceptan la derrota con elegancia. Dominic lo observaba con una atención distinta ahora. Noah no hablaba como un simple escolta. Hablaba como alguien que entendía estructuras de poder. Consecuencias. Reacciones. —No debe confiarse —concluyó—. Por eso estoy aquí. El estudio quedó en silencio. Dominic bajó la vista un instante, procesando. Se sorprendió. No por el análisis en sí, sino por el hecho de que aquel hombre —recién llegado, ajeno a protocolos y títulos— hubiera comprendido el peso real de su función sin necesidad de cámaras ni discursos oficiales. —No busco reconocimiento —dijo Dominic finalmente, con voz más tranquila—. No lo necesito. Con ayudar a mi primo es suficiente. Alzó la mirada. —Pero que alguien más lo entienda… es distinto. La confesión fue sutil. No dramática. Pero genuina. Y entonces ocurrió algo que Dominic rara vez permitía. Sonrió. No fue la sonrisa social que ofrecía en eventos ni la cortesía estudiada que dominaba frente a la prensa. Fue una sonrisa leve, real, que suavizó sus facciones y dejó ver, por apenas unos segundos, al hombre detrás del título. La máscara cayó. Noah lo vio. Vio la fatiga contenida. El peso invisible. La disciplina que sostenía todo. Y por un momento, la muralla que él mismo mantenía alrededor de sus emociones también cedió. No fue evidente. Pero estuvo allí. Dominic volvió a adoptar compostura casi de inmediato. —A partir de mañana —dijo—, trabajaremos como usted considere necesario. Pero dentro de ciertos límites. Noah asintió. —Establezcámoslos. Dominic sostuvo su mirada un segundo más largo de lo prudente. Había algo nuevo en el aire. No era solo respeto profesional. Era reconocimiento. Y aquello, en la vida cuidadosamente estructurada del Duque de Wexford, era peligrosamente significativo. El silencio posterior a la sonrisa fue distinto. Ya no era tenso. Era reflexivo. Dominic dejó el vaso de whisky sobre la mesa lateral y apoyó ambas manos en los brazos del sillón. —Entonces establezcamos reglas claras —dijo con serenidad—. Si va a trabajar conmigo, debe entender que mi vida funciona bajo estructura. Cambiar rutinas no es algo que haga con facilidad. Noah asintió. —Y yo no cuestionaré su estructura —respondió—. Solo la reforzaré. Dominic inclinó levemente la cabeza, aceptando el punto. —A partir de ahora —continuó—, supongo que insistirá en acompañarme a todas partes. —Sí. No hubo duda en la respuesta. —En todas —repitió Dominic, como si probara el peso de la palabra. —Seré su sombra —afirmó Noah—. Entraré con usted a cada reunión, cada traslado, cada evento. No habrá zonas grises. Dominic lo observó con atención. La firmeza no era negociable. Y, aunque parte de él rechazaba esa invasión a su espacio cuidadosamente delimitado, otra parte comenzaba a entender la necesidad. —Tengo una secretaria —explicó Dominic—. Trabaja de manera remota. Maneja mi agenda y la de varios miembros relevantes de la familia. Está al tanto de cada movimiento oficial. Noah lo escuchó sin interrumpir. —Nunca necesité un asistente personal que me acompañara físicamente —añadió—. No era necesario. Mi rutina estaba bien definida. Hubo una pausa. —Pero ahora lo es —dijo Noah con calma. Dominic sostuvo su mirada unos segundos antes de asentir. —Para evitar incomodidades —prosiguió—, en reuniones privadas o formales podrá presentarse como mi asistente ejecutivo. Eso le permitirá estar a mi lado sin generar fricción innecesaria. Noah evaluó la propuesta. —Funciona —dijo finalmente—. Siempre que no limite mi margen de acción. Dominic arqueó apenas una ceja. —No lo limitará. El acuerdo comenzaba a tomar forma. Dominic se levantó y caminó hasta el escritorio, apoyando una mano sobre la superficie pulida. —Hay una condición adicional —dijo sin mirarlo directamente. Noah aguardó. —Deberá vestir trajes. Un leve silencio. —¿Disculpe? Dominic giró el rostro. —Su presencia es… evidente —dijo con diplomacia calculada—. Su forma de caminar, su postura, el arma visible en la cintura. No es discreto. Noah sostuvo la mirada sin incomodarse. —No vine a ser discreto. Vine a ser efectivo. —Puede ser ambas cosas —replicó Dominic—. Si va a estar a mi lado, debe integrarse al entorno. No necesito que mis socios sientan que están entrando en una zona de conflicto. La afirmación era razonable. Noah bajó la vista un segundo, considerando. —El arma seguirá conmigo —aclaró. —Por supuesto —asintió Dominic—. Pero cubierta. Hubo un leve asentimiento por parte de Noah. —Está bien. Dominic regresó al sillón, pero esta vez no se sentó. Permaneció de pie frente a la chimenea apagada. —Hay algo más que me preocupa —dijo con tono más serio. Noah también se puso de pie instintivamente. —Mi agenda. El estudio quedó en silencio. —La persona que está detrás de esto siempre parece saber dónde estaré —continuó Dominic—. No son coincidencias aisladas. Es patrón. Noah cruzó los brazos lentamente. —Eso significa que la información se filtra desde dentro. Dominic sostuvo su mirada. —Mi secretaria es leal. Lleva años trabajando para la familia. —No estoy señalándola —respondió Noah con calma—. Pero la información sale de algún punto del circuito. Si yo estoy cerca, podré observar mejor quién accede, quién pregunta demasiado, quién aparece donde no debería. Dominic lo observó con atención. —Estando a su lado —añadió Noah—, podré detectar antes los movimientos extraños. Y eventualmente, identificar al responsable. Hubo una pausa más profunda. —Quiere convertir esto en una cacería —dijo Dominic. —Quiero convertirlo en una ventaja —respondió Noah. La diferencia era sutil, pero importante. Dominic caminó lentamente hasta quedar frente a él, a una distancia menor que antes. La tensión no era hostil. Era concentración compartida. —Si descubro que esta filtración proviene de alguien cercano a la familia —dijo Dominic en voz baja—, no será solo un problema de seguridad. —Lo sé —respondió Noah. Sus miradas se sostuvieron un instante más largo de lo habitual. Dominic percibió algo en los ojos de Noah que no había notado antes: determinación sin juicio. No había lástima. No había admiración. Solo compromiso. —Muy bien —dijo Dominic finalmente—. Mañana comenzamos bajo estas nuevas reglas. Noah asintió. —Estaré listo. Hubo un silencio final, menos rígido que el primero que habían compartido esa noche. Dominic lo observó unos segundos más, como si intentara descifrar algo que aún no estaba dispuesto a nombrar. Noah no bajó la mirada. Cuando finalmente se dirigió hacia la puerta, Dominic habló una vez más. —Carter. Noah se detuvo. —Gracias. La palabra fue breve. Sincera. Noah inclinó apenas la cabeza. —Es mi trabajo. La puerta se cerró con suavidad. Dominic permaneció solo en el estudio durante varios minutos, contemplando el espacio que Noah había ocupado. Había aceptado nuevas reglas. Había cedido terreno. Y por primera vez desde que heredó el ducado, alguien no lo había mirado como título, ni como escándalo potencial, ni como símbolo político. Lo había mirado como hombre. Y esa era, quizás, la amenaza más inesperada de todas.
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