Juegas con fuego

1357 Palabras
Sonreí de lado, girándome en sus brazos para encarar sus ojos oscuros y llenos de deseo. —Tú también —respondí, deslizando un dedo por la línea de su mandíbula—. Y me encanta. Sus pupilas se dilataron. Me sostuvo por la cintura y me levantó apenas un poco, obligándome a anclar mis manos en su pecho para mantenerme firme. Luego, con una lentitud tortuosa, descendí sobre él, mis caderas moviéndose en un vaivén que nos dejó a ambos sin aliento. Sentí su erección contra mi abdomen y mi sonrisa se amplió. —Juegas con fuego, pequeña —murmuró. Me mordí el labio, sin intención de detenerme. —Siempre. Nos perdimos en la música, en el roce de nuestros cuerpos, en el calor sofocante que nos envolvía. Bailamos como si el club fuera nuestro, como si el deseo que flotaba entre nosotros fuera lo único que importaba. Hasta que Damian acercó su boca a mi oído y murmuró: —Creo que debemos irnos de aquí. Un escalofrío me recorrió la espalda. Lo miré a los ojos, con el pulso acelerado y la respiración entrecortada. Joder. Él quería llevarme lejos. Y yo quería irme con él. Volteé rápidamente hacia mi amiga Bianca, buscando una excusa para quedarme, para no lanzarme de cabeza a algo que probablemente me haría arder en el infierno. Pero ella estaba demasiado ocupada devorándose a besos a su novio. Suspiré, derrotada, y volví mi atención a Damian. —Creo que sí —admití—. Vámonos. Estábamos a punto de salir cuando sentí una mano jalándome de la camisa. Bianca. Su expresión de urgencia me puso en alerta. —Él quiere hablar contigo —dijo en un susurro. Mi estómago se contrajo. Sabía exactamente a quién se refería. —No tengo nada que hablar con él —contesté, rodando los ojos. —Valentina, si no vas, hará un escándalo —insistió. Chasqueé la lengua con fastidio, sintiendo el ardor de la rabia crecer en mi pecho. No iba a darle el gusto a Miguel de verme afectada. Volteé a ver a Damian, quien nos observaba con una expresión inescrutable. Le sonreí con picardía y sin pensarlo demasiado, me estiré sobre la punta de mis pies y le estampé un beso en los labios. Un beso lento. Ardiente. Un beso que aseguraría que Miguel lo viera y se retorciera de rabia. Cuando me separé, mis labios estaban hinchados y mis mejillas encendidas. —Dile que se vaya al diablo —le dije a Bianca con una sonrisa peligrosa. Luego, sin esperar respuesta, di media vuelta y caminé hacia Damian, dispuesta a largarme de allí y dejar a mi ex revolcándose en su propia miseria. Sé que si mi padre se entera de esto, me deshereda y me manda a trabajar… pero no en su empresa. Y, sinceramente… No me importa. ++++++++++++++++++ Damian detuvo el auto a unos metros de mi casa, la luz tenue de los faroles iluminaba el interior, dándole a su rostro un aire aún más tentador. Se giró hacia mí con una media sonrisa que me hizo retorcer de anticipación. —Creo que esta es la última vez que me ves y que puedes aprovecharte de mí. Me solté a reír con descaro. ¿Aprovecharme? Él no tenía idea de en qué se estaba metiendo. Desabroché mi cinturón con calma, disfrutando del momento, y me incliné hacia él, deslizándome sobre sus piernas sin previo aviso. —No digas tonterías —susurré contra su cuello—. ¿Por qué desperdiciar algo tan bueno? Sus manos se tensaron sobre el asiento, pero una de ellas terminó inevitablemente en mi cintura, apretándome con fuerza. —Valentina… —Su voz sonaba grave, como si estuviera advirtiéndome, pero no hizo el menor esfuerzo por alejarme. Me mordí el labio y lo miré directo a los ojos antes de deslizarme un poco más sobre él. —Al diablo con que estés comprometido. Eres un desperdicio de hombre si piensas que esto se va a quedar solo en un juego de miradas. Su mandíbula se tensó. Sus manos subieron por mis muslos, firmes, posesivas. —Y antes de que te preguntes si hago esto con cada socio de mi padre, la respuesta es no. No te creas tan especial… aunque, bueno, debo admitir que eres el único que ha estado aquí esta noche, a mi lado, jugando sucio para hacer rabiar a mi ex. Damian exhaló un suspiro áspero y sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa. —Eres un problema. —Y tú eres el primero que no huye de él. —¿Qué, Damian? ¿Te asusta que te guste demasiado? —le desafié, moviendo mis caderas lentamente contra su dureza, sintiéndolo todo a través de la ropa. Su mandíbula se tensó y sus dedos cavaron más en mi piel. —No sabes en lo que te estás metiendo… Sonreí con picardía y me incliné a su oído. —Demuéstramelo. Sus dedos subieron por mis muslos, arrastrando la tela de mi vestido con un hambre voraz. Podía sentir el calor irradiando de su piel, su respiración pesada chocando contra mi cuello. —Eres un peligro, Valentina… —murmuró contra mi oído, con los dientes rozando la piel sensible de mi cuello. Sonreí, disfrutando el control que tenía sobre él. —¿Y qué harás al respecto? Damian no respondió con palabras. En su lugar, sus manos apretaron con más fuerza mi trasero, empujándome contra él, obligándome a sentir su dureza contra mi centro. Un jadeo escapó de mis labios, y él lo aprovechó para capturar mi boca en un beso salvaje, desesperado, como si estuviera a punto de perder la razón. Mis caderas se movieron instintivamente contra él, aumentando la fricción. El deseo vibraba entre nosotros, latiendo en el aire denso del auto. —Dime que no haces esto con todos los hombres, Valentina… —gruñó entre beso y beso, con su voz ronca de deseo y celos reprimidos. Me separé apenas, mirándolo con una sonrisa desafiante. —¿Y si lo hiciera? Un destello oscuro cruzó sus ojos. En un movimiento rápido, me sujetó de la nuca y atrapó mis labios con los suyos, devorándome, castigándome con su lengua y su boca exigente. —Si vas a desvestirme, hazlo bien… Damian gruñó, como si lo estuviera llevando al borde de la locura. Sus dedos iban desabrochando cada botón de mi camisa y, con un solo movimiento, lo bajó hasta mi cintura. La tela se deslizó de mis hombros, dejando mi piel expuesta al aire nocturno que se filtraba por las ventanas. —Dios, Valentina… —susurró, recorriendo mi cuerpo con los ojos como si quisiera grabar cada curva en su memoria. Sus labios descendieron por mi cuello, besando, mordiendo, lamiendo cada centímetro de piel hasta llegar a mis pechos. Un gemido escapó de mi garganta cuando su lengua trazó círculos alrededor de mi pezón, antes de succionarlo con fuerza. Mi espalda se arqueó, empujándome más contra él. Sentía que mi cuerpo ardía, que cada toque suyo era una chispa que encendía un fuego incontrolable en mi interior. Mis dedos viajaron hasta los botones de su camisa, desabrochándolos con torpeza mientras él continuaba su ataque sensual sobre mi piel. Cuando finalmente logré abrir su camisa, deslicé mis manos por su pecho firme y definido. —Te gusta lo que ves… —murmuró con una sonrisa arrogante, sus manos deslizándose por mi cintura, marcando su territorio. —Tal vez… —respondí juguetonamente, mordiendo mi labio inferior mientras deslizaba una mano más abajo, buscando la cremallera de sus pantalones. Sus músculos se tensaron bajo mi toque, su respiración se volvió más errática. —Valentina… —su voz era una advertencia, pero su cuerpo me decía otra cosa. Con un movimiento deliberado, bajé la cremallera lentamente, mis dedos rozando la dureza que se ocultaba debajo. —Dios… —gruñó, echando la cabeza hacia atrás por un segundo. Aproveché su momento de vulnerabilidad para inclinarme y morder suavemente su labio inferior. —¿Qué pasa, Damian? ¿El hombre de negocios ha perdido el control? Sus ojos se encendieron con algo oscuro y peligroso. —Tú lo pediste…
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