Me fui al minibar. No lo dudé. Abrí una botellita de vodka y me la serví en un vasito pequeño. —Hoy se celebra —me dije en voz alta—. Se celebra que estoy soltera, que no le debo explicaciones a nadie y que soy libre. ¡Salud! Puse música. No tan alta, claro, porque no quiero que un vecino neurótico venga a tocarme la puerta como si fuera la dueña del hotel. Busqué una lista de reproducción con el título “Día de perreo y superación” y le di play. El ritmo empezó a invadir el ambiente, y yo, con una copa en la mano y en pijama de seda, comencé a mover las caderas como si estuviera en la discoteca más exclusiva de la ciudad. —¡Vamos, Valentina, que tú no necesitas a Damián! —me animé, alzando la copa como si estuviera brindando con toda la población femenina del mundo. Poco a poco la bebi

