Desastre

1600 Palabras

—Interesante —susurra. Entonces se quita la chaqueta y la deja sobre la moto, acercándose más, tan cerca que su perfume me envuelve. Ese olor a madera y cuero. Su voz baja, grave, se clava en mi pecho como un dardo envenenado. —Nena, eres un pecado. Sonrío, no porque me sienta halagada, sino porque me encanta ver cómo pierden el control. —¿Y tú? ¿El santo? ¿Vienes a confesarme o a tentarme? —No juego a ser santo, y tú no pareces necesitar redención —responde, con los ojos clavados en mis labios. —Entonces… ¿Qué quieres de mí? —Saber quién eres realmente. —Una mujer que está harta. De las apariencias, del pasado, de las culpas ajenas. —¿Y de los hombres? —Solo de los que creen que pueden decirme qué hacer. Lyam da otro paso. Ya no hay espacio entre nosotros. Su mano sube a mi ros

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