Italia ardía bajo un sol pálido, un sol que prometía un verano implacable pero que, en ese momento, solo servía para resaltar las sombras proyectadas por las antiguas villas y los árboles centenarios. Giovanni Moretti no sintió el calor. Su mente estaba en otro lugar, ya cruzando océanos. Por última vez, sus ojos grises se posaron en las imponentes rejas negras de la villa familiar, un testamento de generaciones de poder y sangre. Al volante de su Maserati oscuro, la potencia del motor resonaba como un latido sordo bajo sus pies, mientras dos vehículos blindados lo flanqueaban, sus escoltas como sombras silenciosas y mortales.
Su padre, también llamado Giovanni, el Patriarca, no se despidió con un abrazo. Ese no era su estilo, ni el de la familia Moretti. Sus gestos eran palabras, y sus palabras, sentencias. Se mantuvo erguido en el umbral de la villa, una figura imponente a pesar de los años, su rostro cincelado por la experiencia y una voluntad de hierro.
_ Recuerda quién eres, figlio mio,- la voz del Patriarca era un susurro ronco, apenas audible sobre el leve zumbido de los motores, pero que resonaba con la fuerza de un trueno en la cabina del Maserati. - No solo llevas mi sangre, también llevas mi nombre, mi apellido. Así que haz que lo respeten.
Giovanni asintió, sus ojos fijos en el espejo retrovisor, donde la figura de su padre comenzaba a empequeñecerse. No había emociones visibles en su rostro, ni nostalgia, ni despedida. Solo la fría determinación que había heredado y perfeccionado.
_ Además de eso, papá,- su propia voz era un murmullo grave y firme, una réplica exacta al tono de su progenitor, - lo temerán.
Había un matiz de satisfacción oscura en la declaración de Giovanni, El Halcón. Una promesa silenciosa, un juramento inquebrantable que el aire caliente de Italia pareció absorber.
La distancia se hizo implacable. Las calles familiares se desdibujaron, las sombras de la villa desaparecieron en el horizonte, y Giovanni se sumergió en el propósito de su viaje. En su mente, Argentina ya no era un mapa, sino un tablero de ajedrez donde cada pieza tenía un valor y cada movimiento, una consecuencia.
Dos días después, El Halcón aterrizó en Argentina. Su avión privado, una extensión de su poder y su discreción, descendió suavemente sobre la pista, el rugido de los motores un preludio a su llegada. Al bajar la escalerilla, el aire cálido y húmedo de la pampa lo envolvió, un contraste vibrante con el seco calor italiano. Vestía un traje azul oscuro de lino fino, impecable, sin una sola arruga, como si el viaje intercontinental no hubiera afectado su pulcritud. La camisa blanca, sin corbata, le daba un toque de desenfado que no lograba ocultar la severidad de su presencia. Unas gafas de sol italianas cubrían sus ojos, ocultando cualquier lectura de su alma.
Su reloj de oro, un Patek Philippe que se asomaba discretamente bajo la manga de su chaqueta, brillaba con un destello tenue. En sus dedos anchos, dos anillos con el escudo familiar de los Moretti, un león rampante sobre un campo de plata, capturaban la luz. Giovanni era un hombre imponente, 1.90 metros de altura, con hombros amplios que la tela del lino apenas lograba contener. Su cabello n***o, peinado hacia atrás con un leve desorden natural, enmarcaba un rostro que era tanto hermoso como peligroso. Una mandíbula marcada, labios firmes que rara vez se curvaban en una sonrisa genuina, y esos ojos grises que, cuando no estaban ocultos tras las gafas, parecían leer el alma o sentenciarla sin remordimientos.
A sus pies, bajando con él, estaban sus seis perros, una manada inseparable y fiel.
_Vamos, ragazzi,- murmuró El Halcón, una rara nota de suavidad en su voz que contrastaba con su porte habitual. Los dos primeros, Draco y Lupo, eran bestias de presa, entrenadas para matar con una orden silenciosa. Musculosos, de pelaje oscuro y movimientos sigilosos, eran una extensión de su voluntad. Detrás de ellos, los otros cuatro —tres perros grandes pero de naturaleza más doméstica, y Rufo, el patriarca de la manada, un perro viejo, lleno de cicatrices y con un ojo tuerto, padre de Draco y Lupo— trotaban sin apuro, obedientes y leales.
Rufo, con la sabiduría de sus años y su ojo ciego hacia las complejidades humanas, se le pegó al pantalón a Giovanni con un afecto que parecía derretir, por un instante, la fría fachada del hombre. Giovanni se agachó ligeramente, su mano fuerte y callosa acariciando la cabeza del perro con una delicadeza inesperada.
_ Tú sí que sabes vivir, Rufo: mujeres, vino y camas ajenas,- le dijo con una sonrisa apenas perceptible, una sombra de diversión en sus labios. El viejo doberman tuerto movió la cola con entusiasmo, pareciendo entender perfectamente la broma, ajeno a la gravedad de la misión que traía a su amo.
Mientras tanto, dos de sus hombres de confianza, Silvano y Tito, bajaron detrás con armas ocultas y gafas oscuras, sus rostros impasibles. Eran la sombra de Giovanni, expertos en el arte de la vigilancia y la protección, su lealtad tan inquebrantable como la de los perros.
_ Este es el pueblo, jefe,- dijo Tito, sus ojos escudriñando el paisaje que se extendía ante ellos desde la ventanilla polarizada de la 4x4 blindada. - Las Azucenas. Aquí fue donde alquilamos el rancho, lejos del punto que vamos a reclamar más tarde.
Giovanni se recostó en el asiento, con una expresión de calculada paciencia, sus ojos aún protegidos por las gafas oscuras.
_ No, Tito,- corrigió, su voz calmada pero cargada de una autoridad innegable. - Este es solo el descanso. El preludio. La calma antes de la ejecución.
Silvano, con su mirada más atenta a los detalles del entorno, observó los techos rojizos de las casas coloniales y los árboles en flor que salpicaban el horizonte.- Es muy bonito, - comentó, casi para sí mismo, un dejo de melancolía en su voz.
Giovanni giró ligeramente la cabeza hacia Silvano, el cristal oscuro de sus gafas impidiendo que se leyera su expresión.
_ Lo bonito a veces es mortal, Silvano,- murmuró, su voz un filo helado. - Los venenos más letales vienen en frascos pequeños y bien decorados. No subestimes la tierra ajena. Nunca.
Era una lección que había aprendido de su padre y de la vida misma, grabada a fuego en su código.
Las Azucenas. Calles empedradas que parecían sacadas de una postal, gente tranquila que caminaba sin prisa, casas coloniales con balcones cubiertos de flores de colores vibrantes. Nada en ese lugar parecía tener la más mínima conexión con el mundo sombrío y violento de la mafia. Era un espejismo de paz, una fachada engañosa que Giovanni, con su instinto forjado en la sangre y la traición, no tardó en reconocer. La tranquilidad misma era una amenaza, una trampa potencial.
Llegaron al rancho que habían alquilado, un oasis de discreción y funcionalidad. Alejado del centro del pueblo, era un lugar amplio, con establos que ahora solo albergarían sus vehículos y equipamiento, árboles altos que ofrecían sombra y ocultación, y una verja metálica reforzada, un muro invisible entre su operación y el mundo exterior. En cuestión de horas, Giovanni orquestó la transformación del rancho. Colocó a sus hombres estratégicamente, sus movimientos precisos y silenciosos como los de un depredador. Activó sistemas de vigilancia de última generación, cámaras térmicas y sensores perimetrales que convertían el rancho en una fortaleza inexpugnable.
En menos de 24 horas, su centro de operaciones estaba instalado en aquella casa. El aire se cargó con la tensión de una misión inminente.
_ Desde aquí se observa todo, jefe, - dijo Silvano, el brillo de la pantalla de la cámara térmica iluminando su rostro, mostrando los puntos de calor del ganado lejano y el movimiento de los perros en el patio. - Cada sombra, cada movimiento. Tenemos cobertura completa.
Giovanni asintió, su mirada fija en el horizonte rojizo del atardecer. El sol se estaba hundiendo, tiñendo el cielo de naranjas y púrpuras, un espectáculo de belleza brutal. En su mano, una copa de whisky, el ámbar líquido atrapando los últimos rayos de luz, sus hielos tintineando suavemente, el único sonido que rompía el silencio calculado de la casa.
_ Desde aquí vamos a tomar lo que nos pertenece,
afirmó, su voz apenas un susurro, pero cada palabra resonaba con el peso de su linaje y su determinación. - Es el deseo.
No había duda en su voz, ni vacilación. Había venido con una meta precisa, grabada a fuego en su mente y en su alma: matar al hombre que había traicionado a su padre, al que se había atrevido a usurpar lo que no le correspondía. Aquel punto de entrega y cosecha de la mafia, un eslabón vital en la cadena de poder de los Moretti, había sido arrebatado con sangre y engaño. Ahora, solo él sería el dueño de La Mafia de la Pampa Argentina.
La espera había terminado. La caza había comenzado. Giovanni Moretti, El Halcón, había llegado para reclamar lo que era suyo.