En la cocina del rancho, el aroma a café recién colado, pan tostado y jamón curado todavía se mezclaba con la tensión que flotaba en el aire. Carmen terminaba de organizar el desayuno, pero su mente seguía atrapada en la mirada de Silvano cuando la vio salir de la habitación de Tito. No era una mirada de juicio, sino de una curiosidad silenciosa que la había calado hondo. Las palabras del Patriarca Moretti sobre matrimonios y contratos resonaban en ella, dejándole un eco de inquietud. Carmen conocía el abandono. Había sido una sombra constante en su vida desde que un hombre la dejó con dos hijos y un corazón destrozado. Había navegado por la oscuridad de los clubes nocturnos, bajo luces rojas y sonrisas vacías. Pero lo que sentía por Tito era diferente, algo que la asustaba porque implica

