Mi corazón latió desbocado, podía sentirlo bombardear con fuerza contra mi pecho, mis oídos, mis manos temblorosas, mi boca entreabierta y tiritante. Una punzada dolorosa en mi pecho. Cada latido era como un eco resonante, recordándome que mi cuerpo aún podía sentir, que aún estaba viva, pero a la vez, esa sensación de estar quebrándome por dentro no me dejaba respirar. —Izaro no lo permitirá —de mis labios salieron esas palabras, no dirigidas hacia ella, sino en reconfortancia a mis miedos, un respaldo—. Tú... ya lo tienes a él, este bebé es mío. Me pertenece a mí. Es mío, no puedes quitármelo, es mío, mío. Las palabras parecían no tener fuerza, se quebraban al salir, como si el peso de lo que estaban diciendo fuera demasiado grande para mi garganta, para mi mente. Seraphine se mostró i

