La noche seguía en pleno apogeo, obligando a las velas a pestañear y consumirse en su patética batalla contra la oscuridad. Sentía el calor de su cuerpo junto al mío, como un fuego que se extinguía lentamente. Mis ojos, aunque pesados, no dejaron de observarlo, y los suyos, cerrados, parecían apartarme. Dormido, sereno y cercano, cada suave respiración tocaba mis penas, disipando por un instante la soledad que me acompaña. Izaro, el único hombre al que he deseado, al que he codiciado, está aquí, pero solo me da efimeridad. Saber que pronto se irá me roba el sueño, me arrebata la paz. Afuera, el viento aullaba, como si la tormenta reflejara la tormenta dentro de mí. Como las velas luchando por mantenerse encendidas, su presencia también es una luz que me atrae y me condena. Su cercanía me

