Pasaron semanas desde aquella madrugada en la que, entre lágrimas y confesiones, decidí lo que sería de mi futuro. La vida había seguido su curso, lenta y pesada, pero seguía. Mi vientre comenzaba a notarse, un recordatorio constante de la elección que había hecho, de todo lo que había dejado atrás y de lo que estaba por venir. Imaginé miles de escenarios en los que huía lejos, en donde su presencia, que nunca arrolla desde entonces, no me alcanzaría; y, sin embargo, estaba ahí, al cerrar mis ojos, cuando la oscuridad abría pasos a pensamientos que rápidamente abrazaban recuerdos; momentos que fueron míos y que hubiera querido que duraran un poco más que el para siempre. En el calor que traspasaba mis pieles con movimientos tan ligeros que golpeaban fuertemente, lo abracé a él, me abracé

