Lo que callamos (3era. Parte)

1562 Palabras
El mismo día Ginebra Valérie Qué difícil fue intentar hablar con Adrián. No escuchaba… no entendía… estaba empecinado en que me quedara. Y no supe en qué momento empezamos a discutir. Entonces no podía arrojarle la bomba de que tenía una hija. No era el momento. No con él furioso. Me marché con la culpa y la rabia mezclándose por dentro, sintiendo cómo todo se me escapaba de las manos. Y eso solo fue el inicio. Porque la mañana se volvió caótica, desastrosa… angustiante. Apenas abrí la puerta del departamento, vi el rostro desencajado de la niñera. —Señorita Valérie… —dijo, acercándose con pasos apurados— menos mal que por fin llega. La niña amaneció con fiebre, diarrea y vómitos… —su voz tembló—, pero me parece extraño… yo cuido mucho lo que ingiere. Sentí que el alma se me caía al piso. —No puede ser… mi pequeñita… —mis palabras salieron ahogadas y desesperadas. Sin esperarla, avancé casi corriendo por el pasillo. Empujé la puerta de la habitación… y ahí estaba Mía, recostada en la cama. Tenía el rostro pálido, los labios secos, su cuerpito enroscado bajo las sábanas como si quisiera desaparecer. Un leve temblor le recorría los hombros. —Mami… —escuché un hilito de voz que me rompió por dentro—, me duele mi pancita… —Shh… tranquila, mi bebita… —susurré, acercándome de inmediato. Me senté en el borde de la cama y llevé mi mano a su frente. Volaba en fiebre. —Tranquila… —repetí, tragándome el miedo mientras le apartaba el cabello húmedo—, te voy a llevar al hospital, ¿sí? No hubo tiempo para nada más. La envolví con cuidado, la cargué contra mi pecho sintiendo lo débil que estaba… demasiado ligera… y eso me asustó más. En un parpadeo estaba en el interior del auto, pero el trayecto fue un infierno. Mía no dejaba de vomitar, su respiración era irregular, y cada vez que intentaba abrir los ojos… apenas podía mantenerse despierta. —Ya llegamos, amor… ya llegamos… —repetía, aunque mi propia voz sonaba lejana. Apenas cruzamos la entrada de la guardia, aparecieron los doctores dando órdenes y recostándola en una camilla. La seguí, con el corazón golpeándome el pecho, viendo con impotencia cómo mi pequeña sufría. Perdí la noción del tiempo hasta que, después de lo que pareció una eternidad, una doctora se acercó. —Señora Laurent —dijo con tono profesional—, Mía tiene un cuadro de gastroenteritis aguda. Eso ha provocado signos de deshidratación… por lo que lo recomendable es internarla para hidratarla por vía intravenosa. Negué, confundida, con el pecho apretado. —Pero… ayer estaba bien… —se me quebró la voz confundida—. ¿Cómo puede enfermarse así de repente? ¿Cuál es la causa? La doctora asintió, comprensiva. —Probablemente sea de origen viral —explicó—. De todas formas, vamos a hacerle algunos análisis para descartar una infección bacteriana. Apreté los labios, el nudo en la garganta creciendo. —¿Cuándo…? —mi voz se quebró apenas— ¿cuándo van a cesar los vómitos… la fiebre? —Las próximas 48 a 72 horas son clave —respondió con calma—. Luego evaluaremos cómo evoluciona. Asentí apenas. Un miedo irracional emergió al contemplar a Mía en esa cama de hospital, conectada a un suero… tan pequeña, tan frágil… como si fuera a perderla también. Mis pies se arrastraron hasta su lado sin pensarlo. Tomé su manita entre las mías, aferrándome a ella como si así pudiera retenerla conmigo, como si ese gesto bastara para calmarme. Las horas siguientes se volvieron eternas. Rogaba en silencio por verla repuesta, por que abriera los ojos con esa energía infantil que me iluminaba la vida. Pero el tiempo avanzaba lento y no me movía de su lado. Hasta que, en medio de ese silencio, alguien empujó la puerta de la habitación. Levanté la mirada, cansada, con los ojos ardiendo… y vi a Diana. —Hola, Valérie… —susurró en voz baja al ver a la pequeña—. Te estuve llamando… —frunció el ceño— ¿por qué no contestas el celular? Respiré hondo. —Hola, Diana… lo siento —saludé en voz baja, sin soltar la mano de Mía—. No tenía cabeza para nada que no fuera mi hija. Diana avanzó unos pasos. —Tuve que usar mis habilidades de detective para saber qué había pasado contigo —añadió con su voz inquieta. Le lancé una mirada de reproche. —Quizás exagero un poquito —corrigió enseguida—. Llamé a tu casa… pero Elvira no me contó todo —miró hacia la cama—. ¿Qué tiene Mía? Bajé la mirada hacia mi bebita. —Dicen que es un virus… —tragué saliva, sintiendo el nudo en la garganta—, pero estaba tan mal… —susurré— ahora tiene mejor semblante. Suspiró con teatralidad, poniendo una mano en la cintura. —Por eso no me veo con hijos —comentó, negando con la cabeza—. Estaría pegada a ellos todo el tiempo… ni a la escuela los dejaría solos. Una imagen cruzó mi mente con la mención de la escuela. —¿Sabes…? —confesé en voz baja— me sucedió algo raro el otro día en la escuela. Diana alzó una ceja al instante. —¿Uno de esos papacitos te pidió el celular… o fue más atrevido? —preguntó con picardía. Negué con la cabeza. —Te hablo en serio, Diana —repliqué con voz firme—. Conocí a una amiguita de Mía… y cuando la vi… sentí algo extraño… algo que no supe explicar. Diana inclinó la cabeza. —¿Raro cómo? —cuestionó con dudas. Ladeé la cabeza, pensativa. —Me recordó a mi mamá… —confesé en voz baja—. Tenía un aire de ella… o tal vez… —negué apenas— estoy viendo cosas donde no las hay… Diana suspiró. —Te lo dije en su momento, Valérie —me reprochó con más seriedad—. Debías investigar lo que pasó con tu hija… para poder cerrar esa historia. Bajé la mirada un segundo. —¿Y qué hago con esto…? —pregunté en voz baja. Diana se encogió de hombros. —Quizás buscar en el pasado… —indicó sin rodeos—, pero ahora ocúpate de tu presente —señaló con la barbilla hacia la cama—. De Mía… y de tu novio… —¿Por qué lo mencionas? —Adrián estuvo preguntando por ti… —soltó, observando mi reacción—. No supe qué responderle… pero créeme… va a insistir. Y era lógica la reacción de Adrián después de esa discusión. Incluso debía estar imaginando que volvía a encerrarme en mi burbuja. Por eso, luego de hablar con los doctores sobre la mejoría de Mía, opté por dejarla unas horas en compañía de Beatriz y hacer un acto de locura… o de sensatez. A estas alturas no sé cómo nombrarlo. Solo sé que se lo debo a Adrián. Y ahora mis tacos resuenan sobre el mármol mientras avanzo hacia la recepción para anunciarme. —Soy Valérie Laurent, vengo a ver a Adrián Volkov —me presento, dejando que la voz suene firme, aunque mi corazón palpite acelerado. —Buenas tardes… —saluda la secretaria con voz afable—. Deme un segundo, por favor… Asiento apenas, sintiendo las miradas escrutadoras de los empleados que cruzan a mi lado. De repente, una voz familiar estalla en el ambiente y me giro apenas. —Rita… avísame cuando llegue… —ordena Adrián, pero su voz se apaga al verme. Se queda quieto. Su rostro se tensa, desconcertado, como si no supiera qué hacer conmigo ahí. Aclara la garganta y acorta la distancia entre nosotros. —Hola… —dice en voz baja. —Hola, Adrián, ¿tienes un momento para mí? Me observa con la mandíbula tensa, la mirada fría y distante… y aun así asiente. —Vamos a mi oficina. Caminamos en silencio. Demasiado silencio. Se detiene frente a la puerta, me deja pasar primero. Cierra detrás de mí. El aire pesa. Me giro, sosteniendo su mirada. —Adrián… lo siento —digo con la voz entrecortada—. Siento cómo me fui… por no explicarte mis motivos. Da un paso. —¿Tienes idea de cómo me sentí? Trago saliva. —Ambos nos equivocamos… arruinamos lo que empezó bien… —Y yo no quiero más discutir contigo —me corta—, pero no puedo seguir adivinando lo que significo en tu vida… Se inclina apenas. —Me duele no saber qué esperar de ti. Aparto la mirada un segundo. —Lo entiendo… Adrián —respondo bajito—. Tienes todo el derecho a sentirte perdido, molesto… Se pasa la mano por el cabello, tenso. —¿Qué me ocultas, Valérie? Las palabras se me quedan atascadas en la garganta. —Quiero terminar con esto que nos separa —añade—. Pero no puedo hacerlo solo. Me muerdo el labio. —Prefiero hacerlo de otra manera —reviro mirándolo fijo. Frunce el ceño. —Valérie… no estoy para juegos. El corazón me golpea fuerte, pero no retrocedo. Es momento de que conozca a Mia y dejar de huir. —Ven conmigo —susurro—. Y lo entenderás. Por favor.
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