La misma noche
Ginebra
Valérie
Quise repetirme que comprendía esa absurda necesidad de saber más sobre la amiguita de Mia, pero ese era el problema: no lograba encajar ese impulso inexplicable. No se trataba de mera curiosidad, ni de saber con quién se relacionaba mi hija. Era algo más fuerte que me exigía respuestas.
Y ahí estaba, frente a la profesora, con el pulso acelerado y la mirada fija en ella, esperando alguna respuesta sobre los padres de Vera, pero el breve silencio se rompió con su voz formal.
—Señorita Laurent…
—Valérie, por favor —la corregí con una leve sonrisa.
La profesora asintió.
—Valérie, le confieso que apenas logro ubicar los rostros de los padres de los niños. La mayoría los deja en la puerta y salen disparados en sus autos.
Fruncí apenas el ceño.
—Pero a la salida debe ser otra rutina— repliqué con voz serena—, menos ajetreada, con más tiempo para comentar alguna novedad sobre los niños.
Ladeó la cabeza.
—En verdad, ahora que lo menciona… —respondió pensativa—. A Vera la viene a recoger la niñera. Al padre recién lo conocí hoy. Pero, como todos los hombres, dijo dos palabras y se dio media vuelta.
Una mueca de decepción me brotó.
—¡Ah…! —dejé escapar, intentando sonar casual—. Es que me gustaría charlar con uno de los dos… porque Mia quiere invitar a Vera a la casa a jugar.
—A la hora de la salida puede conversar con uno de ellos —respondió con amabilidad—, o esperar a la primera reunión de padres. Ahora, si me disculpa, debo comenzar la clase.
Asentí.
—Profesora… —la detuve antes de que se marchara—. Tengo entendido que hoy tienen una actividad en el patio. ¿Puedo quedarme a observar?
La mujer me miró con cierta sorpresa.
—Solo serán unos minutos —añadí—. Quiero ver cómo Mia se relaciona con los otros niños.
La profesora dudó apenas un instante.
—Supongo que no hay problema.
—Gracias —respondí con cortesía.
Me acomodé en un rincón del patio, observando a las niñas, intentando convencerme de que solo estaba allí por Mia. Sin embargo, a medida que pasaban los minutos, mi atención volvía una y otra vez a Vera, como si algo en sus gestos, en su forma de moverse o de reír, pudiera darme una respuesta que ni siquiera sabía formular.
La miraba como si fuera un rompecabezas, uno que insistía en resolverse frente a mí, pero del que no lograba encajar ninguna pieza. Y cuanto más lo intentaba, más absurda me parecía esa sensación, más crecía una frustración que no tenía sentido.
Solté un suspiro casi imperceptible, me colgué el bolso al hombro y me dispuse a marcharme, convencida de que no iba a encontrar nada allí.
—¡Mami!
La voz de Mia me detuvo antes de dar el primer paso. Se acercó corriendo, arrastrando a su amiguita de la mano, con una sonrisa que le iluminaba el rostro.
—¿Ya viste que salté muy alto? —dijo emocionada—. ¡Vera también!
Bajé la mirada hacia ambas y suavicé el gesto.
—Sí, mi pequeña, lo hiciste muy bien. Las dos lo hicieron.
Hice una pequeña pausa antes de continuar.
—Tengo que irme a la oficina, pórtate bien.
—Bueno, mami…
Mia me abrazó, y yo le devolví el gesto inclinándome para besar su cabello. Pero antes de apartarme, sentí otros brazos rodeándome con timidez, era Vera.
Fue tan inesperado que me quedé quieta un instante. Sentí que me faltaba el aire y tenía el corazón estrujado de manera inexplicable.
Bajé la mirada hacia ella, desconcertada por ese gesto de cariño.
—Qué linda… —logré repetir. Aclaré la garganta y me separé con cuidado—. Me voy.
Sin embargo, durante el trayecto a la oficina repasaba lo ocurrido en la escuela. Era como si me hubiera quedado atrapada en una burbuja de la que no podía, o peor aún, no quería salir. Las imágenes de Vera regresaban una y otra vez, cayendo en mi mente como una cascada de naipes. Y no supe por qué… pero no pude olvidarla.
Al final, pasó lo que me temía: un boicot propiciado por Lukas para seguir dilatando la alianza con Diamond Volkov. Por suerte, Adrián tuvo la paciencia para volver a reunir a su equipo y al mío. Así, cuando menos lo esperé, terminé siendo yo la interrogada.
Recogía mi abrigo con calma, mientras él revisaba su celular con una concentración que no terminaba de creerle.
—Listo, ya Germán enviará un muestrario con los diamantes con esas dimensiones solicitadas.
—Perfecto —respondí, colgándome el bolso al hombro—. Nos ahorrará tiempo.
Sentí su mirada antes de escucharlo.
—Hablando de tiempo… ¿qué sucedió hoy temprano para que llegaras tarde a la reunión?
Alcé la vista hacia él.
—¿Ya te convertiste en mi jefe? —solté con ironía—. ¿Cuándo pasó?
No se movió.
—Soy tu novio —respondió con firmeza—. El hombre que llamaste para que te rescatara del idiota de tu hermano.
Solté una leve risa, sin humor.
—Un novio controlador y tóxico —repliqué, cruzándome de brazos—. Pero tranquilo, que contigo tengo suficiente. No hay nadie más en mi vida.
Sentí su mirada de reproche.
—El problema —añadió él, sin apartar la mirada— es que sigues teniendo secretos conmigo.
No respondí. Lo ignoré, avancé hacia la puerta y me detuve bajo el marco.
—Estoy agotada —dije, sin girarme del todo—. ¿Me llevas a mi departamento o llamo al chofer?
No debí confiar en él, porque jamás imaginé que aprovecharía la situación para emboscarme, para romper el contrato trayéndome hasta su casa.
Sí, lo sé… nosotros dejamos de tener una relación falsa, pero yo me sentía a salvo sin necesidad de ponerlo en palabras. Era mi manera de proteger mi corazón, de mantener cierto control sobre algo que ya empezaba a escapárseme de las manos.
Y ahora mismo no sé cómo seguir. Porque si… tengo miedo de equivocarme otra vez. Y tengo todo el derecho de cuestionar las intenciones de Adrián. No es tan fácil lanzarme como él pretende, no cuando él avanza sin frenar, y me arrastra con él.
Él sigue mirándome fijo, sosteniendo esa intensidad que siempre logra desarmarme, pero de pronto aparta la vista y mira al frente, como si estuviera peleando consigo mismo.
—Sé que tienes miedo, Valérie… que te cuesta confiar en mí —dice con la voz entrecortada—, pero a veces hay que arriesgarse…
Me remuevo en el asiento. No quiero huir… pero tampoco correr sin frenos.
—Adrián una relación amorosa como buscas, no se parece en nada a los negocios —reviro con la voz apenas contenida—No puedes usar la misma fórmula… no cuando tu corazón peligra.
Resopla, frustrado.
—Ese es exactamente el problema. Tienes miedo… miedo a sentir. Vives refugiada en tu coraza de agresividad, creyendo que todos los hombres son unos imbéciles… y ni siquiera me das la oportunidad de demostrarte lo contrario.
Niego con la cabeza.
—Lo hecho a mi manera….
Me clava su mirada de reproche.
—No es suficiente —me corta con su voz firme—. No puedes vivir a medias. Eso no es vivir.
Guardo silencio, o mejor dicho reúno fuerzas para dar el paso.
Respiro hondo y busco el azul de su mirada.
—Puedo considerar verte cocinar… o incluso ofrecerme para ayudarte —murmuro fingiendo calma—. Pero eso sí… te advierto que apenas comiences a cantar, me marcho.
Antes de que pueda añadir algo más, sale del auto con rapidez, lo rodea en pocos segundos hasta llegar a mi lado.
Abre la puerta y me ofrece la mano con una seguridad que me descoloca más de lo que quiero admitir.
—No te arrepentirás —exclama con una sonrisa apenas contenida en los labios—. Tendremos una bella velada.
Lo miro, con el corazón golpeándome el pecho. Y por un segundo dudo.
No sé si cedo para no sentirme una cobarde… O porque, ya es demasiado tarde para fingir que no lo quiero.