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952 Palabras
Si me hubieran dicho: "¡Qué pena!" al cumplir 21 años, que estaría en las garras de un millonario, no lo hubiera creído. Soy Ana y durante mucho tiempo he vivido con mi padre. Nuestra madre nos abandonó cuando yo era una niña de apenas tres años, y desde ese momento hemos convivido juntos. Hace poco, mi papá enfermó de cáncer. El problema es que, por mucho que trabaje y me esfuerce, no puedo pagar su costoso tratamiento. Ya no sé qué hacer. Mi amiga Ema me sugirió entrar a una página donde podría encontrar ayuda. Estoy a punto de encontrarme con alguien allí. Aunque estoy bastante nerviosa, nunca había hecho algo así. Estoy ingresando a una empresa que se dedica a vehículos. Se puede escuchar el sonido del metal produciéndose y a los trabajadores moviéndose de un lado a otro. En la parte de producción, probablemente me encuentre con una persona anciana. No lo sé, tengo tanto miedo que cuando subo en el ascensor y me anuncio, empiezo a llorar. No puedo creer lo bajo que he caído. Hace poco, mis padres no pudieron comprar ningún medicamento para el dolor debido a su costo. No puedo soportar verlo sufrir de esa manera. El asesor me guía hasta que finalmente llegamos a la planta indicada. Me deslizo por el sensor y... “Señorita, ¿cuál es su nombre?" pregunta una mujer que lleva un traje celeste y tiene una lista en la mano. “Soy Ana", murmuro y asiento. “Pase por aquí", comenta y yo ingreso por un estrecho pasillo. Siento que no va a tener fin y me voy sofocando cada vez más con cada paso. Mis temblores se hacen presentes y quiero vomitar. “Es por aquí", comenta y abre la puerta. En cuanto ingreso, veo a un hombre sentado en una silla giratoria. Al escucharme, me mira. “Y usted debe ser la señorita Ana Salvatier. Es un placer conocerla", murmura mientras extiende la mano. Yo me acerco. Creo que quiere estrecharla. “No seas tímida", añade, yo suspiro. Trago saliva en seco y tomo su mano. “Me alegro mucho conocerla", comenta mientras se separa de mí. “Hola…", por primera vez sale algo de mi boca. Estaba tan aterrada que no podía hablar. “Entonces, ¿está bien?", me pregunta. “Claro que sí, es un placer venir aquí con usted", comento y él sonríe. “Entonces necesito que hagas algo ahora mismo", comenta, desinteresado. Sus ojos escanean mi cuerpo en esa primera instancia. “Claro, dígame", comento, solamente interesada en la paga. “Quítate la ropa", me pide. Abro y cierro la boca sin entender su petición. “¿Ah… ora?", pregunto tartamudeante. “Sí, en cuanto puedas", dice mientras me mira. “Está bien", comento, y me pongo nerviosa. En cuanto lo hago, dejo caer mis prendas, deslizándose sobre mi piel. Llevaba un vestido largo hasta los talones y una chaqueta de cuero por encima. La quito y la dejo doblada en el sofá. “Eres ordenada", señala, y yo me encojo de hombros. “Supongo", murmuro, no muy convencida de mis palabras, y sigo desvistiéndome hasta que finalmente quedo en ropa interior. “Tienes buen cuerpo", comenta, mirándome de arriba abajo. “Gracias, supongo", comento un poco apenada. Me cubro el pecho. “Han venido muchas mujeres, pero tienes algo", comenta con una sonrisa, y revisa unas hojas en su escritorio. “¿Ya puedo… vestirme?", pregunto a punto de llorar. “Si quieres llorar, no lo hagas. Ten", comenta, y saca un enorme fajo de dinero. Mis ojos se abren con tanta sorpresa que siento que podría desmayarme. “¿Y esto?", pregunto, sin poder creerlo. “Para ti, si vas a ser mi chica. Esto es lo que vas a obtener en primera instancia, es un regalo. No tienes que hacer nada por este dinero", comenta con una sonrisa. “Pero, ¿tengo que firmar?", me siento confundida. Emma, me había llevado de compras, porque a mí me gustaba más usar cosas deportivas. Recuerdo mientras me acomodo un poco el encaje de mi sostén. “Te veo incómoda con esa ropa, después te la tienes que quitar", comenta con una sonrisa juguetona, y yo suspiro. No le había prestado atención, porque estaba tan aterrada que no lo observé. Pero me quedo un poco perdida en sus ojos azules, tiene la mandíbula cuadrada y unos dientes blancos perfectos. Su cabello es rubio, con algunos mechones grises, no sé si es por la edad o qué. “¿Qué edad tiene?", pregunto curiosa. “30", responde. “Ya luego yo tengo 21", susurro y él asiente. “Lo sé, todo sobre usted, señorita Salvatier. No se preocupe. Tome este dinero y ya envíe a un chofer para que la lleve a donde quiera", comenta mientras me entrega un fajo de dinero. "Pero primero, lea muy bien este contrato. No le engañaré en ningún sentido. Cuando usted quiera romperlo, se terminará y listo. Pero, solo dígame, ¿va a firmar o no?", pregunta con un tono conciliador y amable. “Un solo segundo", murmuro mientras lo hago. Giro el papel y se lo entrego. “La lapicera ", digo. “Quédatela", y yo observo. Es de color dorado y tiene mi nombre grabado en ella. Guardo el dinero en la cartera junto con la lapicera, y él nuevamente saca otro fajo. “Para que hagas lo que quieras con él", comenta, y estira la mano como si restara importancia. “Muchas gracias, de verdad", comento con una sonrisa tímida. Cuando estoy a punto de levantarme para ponerme la ropa, él dice: “Súbete a mi regazo", y yo abro los ojos con sorpresa.
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