Massimo ―Massimo, por Dios― se queja Savina, exasperada―. Estoy embarazada, no enferma. Puedo hacer cosas perfectamente. ―Hacer cosas no implica colgarte de una escalera con casi ocho meses de embarazo― le respondo, cruzando los brazos―. Bájate de ahí, ahora mismo. Me lanza una mirada fulminante, de esas que han sido constantes en los últimos meses, pero al final, con un bufido, desciende con movimientos torpes. ―Eres imposible― murmura, visiblemente molesta. Se planta frente a mí con los brazos cruzados sobre su vientre redondeado y los ojos centelleantes―. No te molestes en volver a la cama esta noche. No te quiero ahí. Se da media vuelta y se aleja con paso lento, sosteniendo su vientre con ambas manos, como si su enfado la hubiera hecho olvidar por un instante que cada movimiento

