Mis ojos se sentían tan pesados y soñolientos que casi apenas podía mantenerlos abiertos. No había logrado dormí absolutamente nada aquella noche, si había dormido cinco minutos, era mucho. Había llegado a casa con aquél hormigueo en mi entre pierna, tan intenso hasta llegar a un punto en el que comenzaba a doler haciendo que el desespero de no saber qué hacer apareciera, sin embargo, luego de un rato ésta sensación se había calmado y en vez de ser aquello lo que me mantuviera despierta, era el recuerdo de aquellos hermosos ojos y sus perfectos labios moverse sobre los míos, lo que lo hacían. — ¿A dónde fuiste anoche?. — preguntó sobre exaltandome por la repentina pregunta y apareció de su figura. — Elisa, no dejaste comida, tampoco avisaste, tuve que salir a hacer el mercado. Solo ha

