No puedo decir cuántas horas estuve en esa cueva purulenta y opresiva con ese monstruo. Cientos de preguntas me carcomían la mente, pero aprendí con rapidez que cada vez que parecía que yo iba a hablar, la única respuesta que obtenía era un golpe en el estómago o una cachetada. Tenía suerte de poder ver a través de mis hinchados ojos, si lo pienso. En cambio, me pasé incontables horas mirando la cosa que entraba y salía de la cueva. A veces, iba a la pila de huesos y los reordenaba. Cuando el fuego empezó a extinguirse, se iba por el pasaje y volvía con madera quién sabe de dónde. En un punto, la criatura se fue por lo menos durante una hora. Cuando volvió, masticaba lentamente y sostenía un enorme trozo de algo con bultos y que chorreaba un líquido oscuro. Qué comía era algo que no querí

