Planes, cenas y más (1era. Parte)

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El mismo día Mónaco Janice Dicen que los lazos sanguíneos son cadenas invisibles, pesadas y oxidadas, que se incrustan en los huesos como si formaran parte de tu propia anatomía. Puedes correr, tirar con todas tus fuerzas, incluso gritar en un intento desesperado por soltarlas, pero siempre están ahí. Persistentes. Te recuerdan que no hay un chasquido mágico que te libere de su existencia. Es una herencia que no elegiste, una carga impuesta que se arrastra con cada paso, mientras esperas—quizás con un poco de ingenuidad—que la distancia o el tiempo las vuelvan más ligeras. Lo paradójico, lo cruel, es que esas cadenas no solo te atan, también te moldean. Por mucho que las odies o las resientas, terminan siendo parte de ti, una extensión de quién eres. Con el tiempo, aprendes a soportarl

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