Semana dificil

1413 Palabras
Las mañanas se le hacían cada vez más pesadas a Melody, que no paraba de vomitar todo lo que cenaba y algo más cada día al despertar. Estaba harta del sonido que hacían sus arcadas. Estaba cansada de despertar a su amiga Lucy cada vez que vomitaba en el lavabo, el cual quedaba dentro de la habitación de Lucy. Melody nunca en su vida se había sentido tan incómoda como se sentía en ese momento. No era solo el hecho de estar viviendo desde hacía una semana con Lucy. Su amiga era un cielo solo por permitirle pasar el tiempo allí. El departamento era diminuto y casi no tenían comida para las dos. Lucy no era muy dada a hacer compras y Melody no tenía tiempo de comprar nada, pues cuando terminaba su turno en la cafetería iba a limpiar y regar las plantas de una joven pareja que vivía cerca de donde trabajaba. Era dinero extra, dinero que necesitaba más que nunca. Cuando su madre le dijo que no estaba lista para ser una verdadera madre para el bebé que esperaba, una mujer capaz de encaminar bien a su bebé nonato, ella pensó que su madre solo estaba siendo arcaica y que quería lastimarla y asustarla. Era muy probable que esas fueran sus intenciones, pero Melody se daba cuenta, durante esa semana alejada de la falda materna, de que no iba a ser fácil vivir sola. —No vengas pidiendo ayuda luego —fue lo que su madre le gritó mientras ella empacaba sus blusas y pantalones. —No lo haré —le respondió. Las lágrimas bajaban por sus mejillas. —¡Estás destruyendo tu vida! Estás a punto de graduarte, tan solo te quedan tres cuatrimestres más. Eso pasa de inmediato. —Su madre se acercó a ella, pero no la tocó. Desde el instante en que dijo que estaba embarazada, sus padres se alejaron como si de una leprosa se tratara. —No estoy destruyendo mi vida, estoy embarazada. —Es lo mismo. Tienes veintidós años y una carrera de veterinaria por delante. ¡Tu padre y yo no nos matamos tanto para que vengas a arruinarlo! —le vociferó Lydia hecha una furia. Melody se dijo en ese momento que se merecía la furia de su madre y el silencio de su padre. Había acabado con los sueños de una hija ideal que sus padres tenían. Un neurocirujano y una maestra de letras, dos entes productivos y respetados de la sociedad, admirados por todos los que vivían en Norwood por ser unidos y luchadores. Su padre, Charles Redford, nacido y criado en ese pequeño barrio del Bronx en Nueva York, era conocido por ser quien ayudaba a sus vecinos y por quien llevó a sus dos hermosas hijas hasta la universidad sin tener ninguna clase de rebeldía típica de los adolescentes. Su hermana ahora era una bibliotecaria casada con un hermoso bebé llamado Anton. Sin embargo, Melody siempre tuvo un espíritu competitivo y libre, tan libre que salió con el peor hombre de la universidad, un tipo que solo estaba pendiente de cuando había competencias de coches, de esos de ricos y pretenciosos multimillonarios. Ella se dio cuenta de lo enamorada que estaba de él, hasta que un noche, después de salir de una fiesta universitaria, él le propuso hacerlo en su coche y ella gustosa aceptó. Desperdició su virginidad y arruinó el sueño de sus padres. Su vida iba perfectamente bien; sacaba notas sobresalientes en la universidad y su padre ya tenía el local visto para que pusiera su propia veterinaria. Ellos tenían muchos planes, y por un pequeño fallo en sus cálculos había procreado un bebé. Veintidós años y estaba embarazada. —Préstame atención, por favor. Escúchame. —Esta vez su madre se ancló a su brazo y la obligó a mirarla, secándole las lágrimas que inútilmente había dejado escapar. Ya de nada servía llorar. Su padre había dado un ultimátum: abortar o irse de la casa. La decisión no tardó ni dos segundos en ser tomada. Se mudaría, criaría a su hijo sola. Muchas mujeres jóvenes lo hicieron y resultó bien. Ella no sería menos. —Mely —su madre rogó por su atención otra vez—, mírame, niña. —Ella odiaba ser la causa de tanto dolor y desasosiego en su madre, pero las cosas estaban así porque ella y su padre lo habían decidido. —Dime, mamá. No importa lo que vayas a decirme, no voy a abortar. ¿Es que acaso no entiendes lo que ustedes me piden? ¿No te das cuenta de que me piden matar a mi hijo? —¡Esa cosa es un feto aún! —chilló. —¡Deja de llamarle cosa! Es un bebé. Es mi bebé. —Se soltó del agarre de su mano y metió todo más rápido en el bolso—. No es una cosa, es mi hijo. Es tu nieto. —Eso no está formado. No siente nada. Será como una cirugía de apéndice, solo que no tendrás cicatriz que mostrar. —¿Te estás escuchando? —Melody caminó a la salida de su habitación, la que fue de ella desde que nació. Siempre había vivido allí. Ahora debía irse. La noche anterior contactó a su amiga. Lucy no tuvo ningún problema con aceptarla en su minúsculo apartaestudio, solo le hizo la salvedad de que el lugar era pequeño. —Melody, por favor —su madre volvió a rogarle. Ella no pudo dirigirle una última mirada. No podía ver a su madre con la rabia que sentía en ese momento, la furia que corría por sus venas. No podía estallar y decir cosas de las que seguramente se arrepentiría más temprano que tarde. —Hasta luego, mamá. Avisame cuando se le pase lo inhumano a ti y a papá. Y se fue sin mirar atrás. Ahora estaba allí molestando a su amiga. Ella no había hecho ningún tipo de comentario, pero la pobre Lucy trabajaba toda la noche en un centro de llamadas, servicio al cliente y venta de dentífricos. Llegaba tarde cada noche pasadas las tres de la mañana. Lucy tenía veinticuatro años, huérfana de padre y madre. También estudiaba veterinaria en la universidad, pero ella no salió embarazada de un estúpido como lo era el ex de Melody. Oficialmente su ex. Desde el momento en que ella tuvo confirmado que esperaba un bebé, lo llamó de inmediato muerta del miedo y temor. Richard fue un imbécil que solo le dijo que ese problema no era suyo, que había sido una tonta al quedarse embarazada. ¡Como si ella lo hubiese planeado! —¿Mel? ¿Todo bien? —Lucy estaba en la puerta del baño observándola. —Estoy bien, solo es lo normal. —Melody se recogió el cabello y se quedó con él agarrado en caso de que volviera a vomitar. Nunca sabía cuándo paraban. Había mañanas en las que se quedaba por más de treinta minutos en el lavabo o en la boca del inodoro. —Están empeorando. Era un hecho. Ella estaba delgadísima. No era ni la sombra de lo que había sido tres meses atrás. Perdió mucho peso, pues no tenía deseos de comer nada ni podía mantener nada en el estómago, ya que todo lo vomitaba. —No creí que fuese posible —le dijo Lucy preocupada—. ¿Estás segura de que eso es normal? Es decir, no tengo mucha experiencia en el ámbito de embarazos y niños, ni siquiera en el ámbito familiar, pero estás adelgazando. Eso no debe ser normal. Estás en los huesos. —Vaya, gracias por tu apoyo. De verdad que sin ti no podía sentirme nada mejor. —No tienes que ser sarcástica, es la verdad. Me preocupa que cuando llegues a dar a luz no salga bien. Hay animales que mueren por no tener fuerzas para dar… —¿Me estás comparando con un animal? No puedo mantener esta conversación ahora. Lo siento, Lucy, lamento despertarte a las seis de la mañana. Ya me arreglo en un momento para irme al trabajo. —No te disculpes, Mel, sé que es mucho para asimilar. Y su amiga no tenía idea. Le molestaba todo, le irritaba hasta su propia respiración. Intentaba controlar el malgenio con su amiga, pero le era bastante difícil. —Voy a recostarme. Avísame si me necesitas. Melody asintió justo antes de sentir cómo otra arcada se avecinaba. Iba a tener un día de perros.
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