Rumbo al Horizonte de Sal
El eco de la confesión de Eros quedó suspendido en el aire, vibrando como una cuerda de lira recién pulsada. Hermes, el dios de los viajeros y los mensajes, sintió que el pecho se le estrujaba de una forma que rara vez experimentaba un ser inmortal. Él, que conocía todos los caminos de la tierra y los secretos del inframundo, se sentía de pronto perdido en el laberinto del dolor de un niño. Una punzada aguda, una empatía eléctrica, le recorrió el corazón al procesar la crueldad con la que Zeus había tratado al pequeño.
—¿Entonces eso fue lo que sucedió? —logró preguntar Hermes, esforzándose por mantener su voz estable, aunque sus ojos plateados traicionaban su angustia—. Pero... ¿estás seguro de que estás bien, pequeño?
Eros bajó la mirada hacia sus pies descalzos, que apenas rozaban el suelo de mármol. Colocó sus pequeños dedos sobre sus labios, hundiendo la comisura en un puchero que mezclaba la vulnerabilidad de la infancia con la determinación de un guerrero antiguo.
—Bueno... —musitó el chico, y un brillo de fuego azul danzó por un segundo en sus pupilas—, lo estaré. Lo estaré cuando consiga a la princesa. Cuando le demuestre al abuelo que no soy un cero a la izquierda.
Hermes sintió un impulso casi desesperado por hablar. Quería decirle que su valor no dependía de una conquista, que él era amado por ser Eros y no por sus flechas. Buscó en su mente alguna frase ingeniosa, algún proverbio de mercader o una rima de caminante que pudiera consolarlo con la misma solidez con la que Hefesto lo había hecho momentos antes. Sin embargo, las palabras parecían habérsele escapado de los pies alados; se sentía torpe, vacío frente a la magnitud de la tristeza del niño.
Justo cuando las palabras de apoyo estaban en la punta de la lengua, el silencio se rompió de forma estrepitosa. La pesada puerta de roble y bronce se abrió de par en par, golpeando la pared con un estruendo que hizo vibrar las copas de cristal. No hubo tacto, ni prudencia, ni el más mínimo de los pudores.
—¡LO CONSEGUÍ! —tronó una voz llena de vigor solar.
Era Apolo. El dios de las artes y la luz entró en la estancia como un vendaval de energía pura. Estaba empapado de sudor, con la túnica pegada a los hombros y el cabello dorado goteando agua, como si acabara de luchar contra las mareas mismas. A pesar de su aspecto desaliñado, su sonrisa era una explosión de confianza.
Eros, aunque todavía sentía el pesar como una piedra en el estómago, percibió una chispa de emoción eléctrica al ver a su tío. La idea de zarpar hacia lo desconocido, de abandonar el aire enrarecido y juicioso del Olimpo para perderse en la inmensidad del océano, le ofreció un respiro que sus pulmones anhelaban sin saberlo.
Hermes, recuperando su instinto optimista, aprovechó el cambio de energía. Se agachó, doblando sus rodillas hasta quedar exactamente a la altura del niño, y lo miró con una ternura que rara vez mostraba en las cortes divinas.
—Escucha bien, pequeño —le dijo en un susurro cálido—: cada atardecer no es más que una promesa silenciosa de un nuevo amanecer. Esta aventura que estamos a punto de emprender es un viaje de purificación. Puede ser justo el viento que necesitas para soplar lejos todo lo que hoy te pesa en el alma.
Apolo, mientras se sacudía el agua del cabello con un movimiento enérgico que esparció gotas brillantes por doquier, se acercó a ellos y añadió con una nota de camaradería:
—Y ni se te ocurra preocuparte por el clima. Es cierto que el mar es un viejo gruñón y siempre tiene sorpresas guardadas bajo la manga, pero lo más importante es que no vas solo. Estamos juntos en esto, Eros. No existe en este mundo, ni en el que está por venir, una tormenta que nosotros tres no podamos enfrentar.
El niño asintió lentamente. Aunque su corazón seguía cargado de las sombras del desprecio de Zeus, la presencia vibrante de sus tíos le inyectó una fuerza nueva, una especie de armadura invisible. Mientras el sol comenzaba a hundirse definitivamente en el horizonte, tiñendo el cielo de púrpuras, naranjas incendiarios y rojos profundos, Eros se permitió por primera vez soñar con el rastro de espuma que dejarían atrás.
—¿Qué hay en el barco? —preguntó con una curiosidad que empezaba a devorar sus pensamientos oscuros.
—Un mundo de posibilidades absolutas —respondió Hermes con una sonrisa pícara, extendiendo la mano hacia el puerto—. No es solo madera y velas, sobrino. Es un vehículo hacia lo imposible. Podremos explorar islas misteriosas donde el tiempo corre al revés, conocer criaturas fantásticas que ni siquiera las musas se atreven a cantar y, quizás, encontrar tesoros escondidos que ningún mortal ha imaginado jamás.
Apolo, observando cómo la luz regresaba gradualmente a los ojos de Eros, sintió una satisfacción profunda en el pecho. Sabía que el viaje sería duro, pero el primer paso ya estaba dado.
Con el cielo volviéndose de un azul cobalto profundo y las estrellas —aquellas gemas eternas— comenzando a titilar sobre sus cabezas, Eros sintió que este era el inicio de su verdadera historia. Dio un último vistazo al horizonte olímpico, se puso en pie con una nueva dignidad y se dirigió hacia los muelles.
El barco los esperaba, balanceándose suavemente sobre el agua como una cuna gigante. Al subir a bordo, el olor a madera vieja, brea y salitre lo envolvió. A medida que las velas se hinchaban y se adentraban en la oscuridad aterciopelada del mar abierto, las luces del puerto empezaron a desvanecerse, convirtiéndose en meros puntos distantes. El aire salado, puro y salvaje, llenó sus pulmones, y con cada legua ganada a la noche, Eros sentía que la libertad no era un lugar, sino ese preciso instante de aventura.
¿Hacia dónde se dirigirán ahora?
Eros ha dejado atrás la opresión del Olimpo y ahora está bajo la protección de dos de los dioses más carismáticos.