Había llegado a casa con cierto anhelo, que Daven la estuviera esperando frente a la casa, suponía cierto peligro para su firmeza. Los dos solos en casa. No era del todo mentira cuando ella le decía que le odiaba, guarda resentimientos hacia el. Pero aquel simple roce de su mano con la suya, aquel mínimo toque, era como una carga de electricidad para su cuerpo que ella había privado de cualquier caricia por todos esos años. Y justo aquellas eran las últimas manos que lo habían tocado. No pudo apartarse. Quizás el primer roce del beso hubiera servido como escarmiento de lo que podría pasar y avisar a Andrea que aquel camino era peligroso, al menos para su fachada de chica dura y no necesitada. Pero no debíamos olvidar que después de todo sólo era una fachada y en cualquier moment

