―¡Sí!, mi padre ―dijo Manuel, me lo ha contado muchas veces, al entrar vio a un extraño, allí sentado tranquilamente, y aunque su primer impulso fue atacarle, al ver que su madre estaba tranquila, pues no hizo nada más que mirarle, sin entender qué estaba pasando, y sí que era alto, siempre en casa hemos bromeado con eso, pues le decíamos que “no parecía de la familia, alto y fuerte como un toro”. ―Y el otro más chico, se me acercó enseguida, para quitarme su lapicero, que tenía en la mano, pues era el que yo estaba usando ―siguió el padre de Rocío contándonos. ―¡Sí!, mi tío, creo que se enfadó mucho, porque mi madre le había dado las cosas de la escuela. Es que no le gustaba que nadie le tocara sus cosas, y creo que la lio tanto, que hasta le castigaron aquella noche sin cenar. ―Sí, as

