He permanecido en mi recámara esta última semana. Mi padre a decido que saldré hasta la boda de mi hermana. Me dice: No quiere que comenta más imprudencias. Lo he obedecido, porque todavía siento culpa por todo lo que pasó. Pero cada minuto que pasa me siento, más sofocada en verdad como: ¡Odio estar encerrada! Ya no puedo más. Me levanto, y decido ir a cabalgar, son las 4:30 a.m. A esta hora todavía no hay nadie en las caballerizas. Me cambio, y salgo. Enseguida siento cómo el aire en mi cara me llena de energía y vitalidad. Llego a las caballerizas y veo a mí «Libertad», me acerco y le digo: —Hola preciosa, perdón por no venir a verte, pero estoy encarcelada—sé que no me entiende, pero decirle por qué no vine a verla me hace sentir mejor, para mí esta yegua es muy especial. Salimos,

