El temblor en mis manos me inquieta y ya ni siquiera me molesto en limpiar mis lágrimas porque ellas no paran de bajar por mis mejillas. El silencio de Samuel me pone incluso muy mal y con su mirada perdida al frente me doy cuenta de que si, está procesando todo lo que le he contado de esa noche de mi cumpleaños número dieciocho. Se coloca de pie, intenta tomar camino lejos del apartamento pero al detenerse y darme el frente, vuelve a mí y se arrodilla, para tomar mis manos y dejar caer su cabeza en mis piernas. –Lo voy a matar, te juro por Dios que lo voy a matar. –Samuel, pero ni siquiera te he dicho quien... –Felipe –alza el rostro, me mira fijo. –Es él, ¿Verdad? –mi silencio se lo confirma. – ¡Maldita sea! –se coloca de pie y suelta un alarido que me desgarra el alma. – ¿¡Por qué

