ELENA
Corría por las calles con la bata del hospital, el viento helado golpeándome, pero no me importaba. Solo quería alejarme de ese lugar, de Dante, de todo lo que me mantenía atrapada. El dolor y el vacío en mi pecho eran lo único que me empujaba a seguir adelante. Sabía que no tenía un plan concreto, pero solo quería alejarme de su control, de esa vida que sentía como una prisión.
Llegué hasta la autopista y busqué con la mirada algún taxi, cuando un carro n***o con cristales polarizados se detuvo frente a mí. Mis sentidos se pusieron en alerta. El cristal del auto se bajó lentamente, revelando a un hombre joven de ojos oscuros y una sonrisa irónica en los labios.
—¿Vas a algún lugar? —preguntó, mirándome con interés.
Fruncí el ceño, desconfiada.
—¿Quién eres? —le espeté, sin ocultar mi desconfianza.
—Un aliado tuyo, si quieres. —Su sonrisa se ensanchó, como si estuviera disfrutando de la tensión en el aire.
—¿Dante te mandó? —pregunté, con los músculos tensos, lista para correr si era necesario.
La expresión del hombre cambió en un segundo, su rostro se endureció, y su mirada se tornó fría.
—No me hables de ese bastardo. Jamás estaría de su lado.
Mis defensas se levantaron aún más, aunque había algo en su tono que parecía sincero. Pero no podía confiar en nadie tan fácilmente.
—Entonces, ¿quién demonios eres? —repliqué, dando un paso hacia atrás, sin apartar la vista de él.
—Soy un nuevo enemigo de Dante. Si quieres alejarte de él, yo soy tu solución.
Un escalofrío me recorrió. Podía sentir que este hombre era peligroso, alguien que no dudaba en hacer lo que fuera necesario para cumplir sus objetivos. Mi instinto me decía que me alejara.
—No quiero tu ayuda —dije con firmeza, y di un paso atrás.
Sin decir una palabra más, me giré y comencé a caminar rápidamente, mis pasos acelerándose mientras sentía su mirada clavada en mi espalda. Pero antes de que pudiera alejarme lo suficiente, escuché unos pasos rápidos detrás de mí. Intenté correr, pero mi cuerpo todavía estaba débil por el parto, y antes de que pudiera reaccionar, tres hombres me rodearon.
Todo ocurrió en un instante. Sentí un pinchazo en el brazo, un dolor agudo que me hizo tambalearme. Mis piernas comenzaron a ceder, y la visión se me nubló.
Lo último que vi fue la silueta del hombre observándome, su sonrisa reapareciendo en su rostro justo antes de que todo se volviera oscuridad.