DANTE
Me quedé en silencio después de escucharla, tratando de asimilar sus palabras. Cada cosa que había dicho se sentía como una puñalada directa al corazón. Elena me miraba con esos ojos fríos y distantes, y en su expresión no había rastro de la mujer que una vez conocí.
Llevaba meses esperando este momento, imaginando cómo sería ver a nuestro hijo nacer, cómo sería ver a Elena sosteniéndolo en sus brazos, imaginando incluso que la distancia que había entre nosotros se cerraría con el tiempo. Pero ahora, frente a la realidad, entendía que estaba muy lejos de eso. Este no era el reencuentro que había soñado, y la Elena que tenía frente a mí parecía dispuesta a destruir cualquier esperanza que me quedara.
La miré, sin saber si el dolor o la ira era lo que me mantenía de pie.
—Así que eso es todo, ¿verdad? —dije, mi voz baja, cargada de resentimiento—. Todo este tiempo... todas las promesas que hicimos... no significan nada para ti.
Elena levantó la barbilla, desafiante. No había ni una pizca de compasión en su rostro.
—No, Dante. No significan nada porque no significaron nada desde el principio. Yo no quería esta vida, ni a ti. Y si alguna vez pensé que podría ser feliz contigo, ahora veo lo equivocada que estaba.
El dolor en el pecho era insoportable, pero no dejé que me viera flaquear. Tenía que ser fuerte, aunque por dentro estuviera destrozado.
—¿Y qué piensas hacer? —le pregunté, sin ocultar el veneno en mi voz—. ¿Vas a pretender que este niño no existe? ¿Vas a huir y hacer como si nada hubiera pasado?
Ella frunció el ceño, como si mis palabras fueran insignificantes para ella.
—Lo único que quiero es salir de aquí, Dante. Quiero que me dejes ir. Quiero alejarme de ti, de este niño, de todo lo que me ata a este pasado que solo me ha traído dolor. ¿Es mucho pedir?
La miré, sin poder creer lo que estaba escuchando. Sentí una rabia profunda, una furia que surgía de todos los momentos que había pasado sin verla, de todos los sacrificios que había hecho por ella.
—No, Elena —le dije, mi voz cargada de amargura—. No es mucho pedir. Pero no te lo voy a dar. Porque este niño es tan mío como tuyo, y no voy a dejar que huyas y me lo quites. Si quieres irte, vete, pero él se queda conmigo.
Por primera vez, vi una grieta en su expresión. Un atisbo de duda, de dolor... de algo que parecía humano. Pero fue solo por un segundo, antes de que volviera a mirarme con la misma frialdad de antes.
—Haz lo que quieras, Dante —murmuró, sin emoción—. Solo quiero desaparecer.
Las palabras retumbaban en mi cabeza mientras la veía salir de la habitación, dejando un vacío tras de sí que no podía llenar. Allí estaba yo, solo con nuestro hijo, sintiendo cómo mi corazón se partía en mil pedazos. La mujer que había amado, la madre de mi hijo, acababa de marcharse, dejándome con la promesa rota de una vida juntos y un futuro que, ahora, se sentía incierto y devastador.