Grietas

1316 Palabras

El sonido de la cerradura girando fue tan sorpresivo que, por un segundo, pensé que lo había imaginado. No. Era imposible. Aún faltaban dos días para que regresara. Pero entonces lo escuché. El clic familiar de sus zapatos en el mármol. La maldita forma en la que cerraba la puerta sin hacer ruido. Las llaves dejadas en el buró Me levanté de golpe, el corazón latiendo como un tambor desbocado. Corrí hacia el pasillo, casi tropezando con la maleta a medio cerrar. Y ahí estaba. Alexander. De pie junto a la entrada, con el abrigo aún puesto, sosteniendo su maletín en una mano. Cansado. Inmenso. Bello como una tormenta. Nuestros ojos se encontraron y, por un instante, nadie dijo nada y solo sonrió. —Llegaste antes —dije, con voz rota. —Tomé un vuelo nocturno. Dijiste que me extrañabas

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