CAPÍTULO TREINTA Y TRES Travis pulsa el pequeño timbre de perlas falsas. Suena una campanilla en el interior. Espera. Oye pasos suaves, la puerta se abre un poco, un ojo lo mira. Espera, el ojo lo mira, escucha. —Oh, Dios mío. Travis. Entra, entra. Está vestida con unos pantalones de chándal azules ajustados, una camiseta negra bajo la que se mueven sus tetas sin s*******r mientras salta. Travis se ríe. Sigue igual, piensa. —Siéntate. Siéntate. Nadie me dice nunca nada de ti, pobrecito. —Susie, estoy buscando a un par de tipos. Chicos vietnamitas metidos en las drogas. Creo que… —¿Qué m****a? Quieres que me mezcle con las drogas otra vez. Travis, creía que habías venido a verme —dice cruzándose de brazos, mirando hacia otro lado, haciéndose la dolida. —Lo hice. Vine a verte, pero

