Capítulo 2

1144 Palabras
CAPÍTULO DOS Travis sale de la comisaría. Olsen lo había golpeado con una pregunta tras otra. Como un delantero de rugby en un partido de estado, adulando una y otra vez. Travis aguantó los golpes con un «sin comentarios», y luego Lynch empezó con las acusaciones. —Eres un ladrón. Engañando a tu jefe. Una rata, robándole dinero. Una chica yace casi muerta. Tienes que decir algo. —Sin comentarios. Necesitaba un abogado. Ahn podría encontrarle uno. Y pagarlo también. La verdad es que está en la ruina y necesitaba los 120 dólares para seguir adelante hasta el día de paga. Su lista de malos hábitos lo tiene casi siempre al borde de la quiebra. En lo alto de las escaleras que llevan al concreto de Fitzroy Gardens, le cuesta un poco respirar. Se detiene y se agacha. No puede respirar, se esfuerza por coger aire. Se sienta sobre su t*****o jadeando. Avergonzado. No puede coger aire, se pasa la mano por el pecho, intenta aspirar aire, por fin, un respiro, unas cuantas respiraciones profundas más. Se arrodilla, se levanta. Se pasa el brazo por el pecho, inspira profundamente, luego exhala lentamente, contando, uno y dos y tres y cuatro y cinco. Lo repite en medio del parque dos veces más. Su respiración vuelve a ser normal. Suspira. Algo que ha aprendido del New York Times en Internet. Camina lentamente de vuelta al Cross. Gavin, el recepcionista nocturno, hace un empleo suplementario de distribuidor de metanfetamina, y Travis necesita un poco. Gavin le dará crédito. Tiene que encontrar a tres personas. Katya había estado con Perry cuando llamó. Pidiendo una habitación libre para Ann. Travis vio el signo del dólar. Enseguida supo que se embolsaría el dinero de la habitación para jugar y beber. Perry es una mala noticia, un hombre travestí. Travis no lo sabe bien; no le importa. Perry es también un traficante de heroína y distribuidor y, lo peor de todo, un proxeneta. Comercia con la miseria. Katya adora a Perry, que a su vez alimenta su hábito de la heroína con material gratuito. ¿Pueden haber conocido al atacante todo el tiempo? Encontrar a Katya. Encontrar a Perry. Encontrar al atacante. Porque no quiere que el tipo lo encuentre. Tal vez él estaba mirando ahora. Ese cuchillo oculto. Travis se apresura a cruzar la plaza, pasando por la fuente de El Alamein, con los ojos mirando a la izquierda y a la derecha hacia el desorden del Cross. La gente animada, dispara a su alrededor, en su espacio. Está helando. Lleva su portátil, con la correa de la bolsa del portátil sobre el pecho, lo que le hace parecer un oficinista o un friki o algo peor. Travis es de Melbourne. Tiene veintidós años. Cuando tenía diecinueve años, estaba en el punto de mira de todos los clubes de la Liga Australiana de Fútbol, iba a ser reclutado, una selección de primera ronda con seguridad, entre los cinco primeros, hasta que la noche antes de la preliminar su mundo se vino abajo. Se escapó a Sydney, obtuvo su licencia de agente de investigación privada tras hacer un curso en un salón de actos sobre un motel en Kingsford. Se dijo a sí mismo que iba a trabajar en el motel de mala muerte sólo hasta que pudiera permitirse ser investigador privado a tiempo completo. Podía encontrar gente. Tenía una especie de reputación para ello. Sólo que los trabajos se espaciaban demasiado. Esnifa dos líneas en la oficina trasera del Motel Cross. Se lleva dos bolsas de un gramo. Es hora de encontrar a esta gente. Su coche está estacionado en un estacionamiento de la avenida Ward en un edificio de departamentos. El propietario deja que el personal del motel se estacione allí. Es un amigo de Mick. Abre la puerta de su Triumph Dolomite Sprint blanca. Este modelo de Triumph es rápido. El anterior propietario le había dicho que también había algo extra bajo el capó, Travis no sabía nada de motores, pero la probó y voló. Era vieja y tosca pero rápida; el Halcón Milenario en las calles de Sydney. Salió disparado de la entrada a la avenida Ward y condujo tan rápido como pudo hasta Bondi. Ahn abrió la puerta de par en par, con un vestido n***o, pintalabios rojo y nada más. —¿Me vas a dejar entrar? Ella se hace a un lado. Él pasa lentamente por delante de ella hacia el pasillo. Ella cierra la puerta y se da la vuelta y le rodea el cuello con los brazos, le acaricia la cara contra el hombro y le besa en el cuello. Él sonríe y dice: —Bonita bienvenida. —Se inclina y la besa en sus labios rojos, y ella le devuelve el beso con fuerza, apasionadamente. Él la levanta, la empuja contra la pared y ella alcanza su camisa, desabrochando los botones, sacándola de sus pantalones, rasgando el cinturón. Se desprende. Le arranca el botón del pantalón. La correa de la bolsa del portátil se rompe y cae al suelo. Ella le agarra el p**o duro y le susurra al oído: —Cógeme ahora. —Él siente su humedad bajo el vestido y la penetra, con el t*****o apoyado en la pared y las manos de él clavando las suyas en la pared. Se cogen con fuerza, y él casi se resbala, se ríe a medias, pero sigue metiendo y sacando. Ahn se empuja contra él, y él empuja más fuerte, más rápido, chorreando sudor ahora, ardiendo. Ahn gruñe, él sigue empujando más fuerte, más rápido, ella bombea de vuelta, y él se corre dentro de ella pero se mantiene duro, empujando una y otra vez para que ella pueda c******e. Él le suelta las manos y ella le agarra el pelo, la cara, gimiendo en voz alta, él le agarra el t*****o y le araña la piel con las uñas, y ella se corre con fuerza, y los dos se desploman en un montón en el pasillo, y ella dice—: Oh, m****a, eso ha estado bien. Travis no dice nada, recupera el aliento. Mira al frente, la velocidad, corriendo con fuerza en su cerebro, por todas sus venas, casi electrificada, pero sabe lo que tiene que hacer. —Ahn, dame las llaves de la casa de Billy. Necesito una semana de adelanto en mi cuenta bancaria. Te enviaré un mensaje con los detalles. Necesito un abogado para mañana. Lo siento, tengo que irme. Necesito encontrar a Katya. —La prostituta. ¿Por qué? ¿Qué ha hecho? —Mejor que no sepas nada. Trescientos al día. Mañana o esta noche. Los primeros siete días por adelantado. Se levanta, se sube los calzoncillos, todavía semiduro, se sube los pantalones, se mete dentro. —Ahn, las llaves de la casa de Billy. Me tengo que ir. —No te he visto tan asustado, tan preocupado, desde Melbourne. —Las llaves, Ahn, por el amor de Dios. —Está bien. —Se levanta y camina rápidamente hacia su dormitorio para tomar las llaves.
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