Me llevo la taza de café a los labios sin apartarle la mirada. Ella sigue jugando con la comida de su plato. No sé cuántas veces ha cortado el tocino. No sé qué más necesita separar los huevos del pan tostado o cuantos pinchazos le dará al jamón asado antes de levantar el cubierto y dirigirlo hacia su boca. Cuatro. Los llevo contados. Apenas cuatro bocados le ha dado al desayuno con al menos unos quince minutos de diferencia entre cada uno y sin ánimos de reducirlos. Más bien, parece que está aumentando esos minutos, porque hace un momento vi la hora y habían pasado los quince. Quizás ya estén en los veinte, tal vez en veinticinco. Como sea, ella sigue jugando con la comida sin apartar la vista del cubierto. Yo desvío la mirada y vuelvo a dar una ronda por el jardín que logro ver desde a

