Salgo de la camioneta para entrar a la mansión, sintiendo sobre mis hombros el peso de todo lo sucedido en lo que va de la noche. No es tanto por el combate cuerpo a cuerpo que tuve con mi hermano en ese ring hasta que los dos cayéramos desplomados, sin aliento, sin fuerzas. Eso no tiene nada que ver con el peso que siento, aunque tampoco es que no sienta en mi carne los estragos de ese combate. Me duelen las costillas, los puños de haber golpeado tanto. El cuello también me duele y puedo apostar que yo soy un reflejo de cómo se siente mi mejor amigo. Él ya venía con los estragos de una pelea. Una masacre, más bien. Apuesto que se siente peor que yo, pero lo bueno de todo esto, es que hablamos. Hablamos de toda la mierda que está sucediendo a nuestro alrededor. Entre golpes, derechazos,

