Los pasos de Sebastian Crockford resonaban al cruzar el oxidado puente metálico del ferrocarril. Una niebla acerada se había extendido por Seatown y ya no podía ver los trenes que se arrastraban lentamente por debajo de él, aunque sí podía oírlos. Parecían chirriar y gemir. Bajó con cuidado los escalones y se detuvo al pie para orientarse. A lo largo de Lothian Road, las manchas de las farolas se perdían en la distancia. Crockford se dirigió hacia la calle adoquinada, pasando junto a las hileras de casas adosadas parcialmente derruidas que parecían dientes rotos a la luz mortecina. Casi pudo distinguir una radio que emitía el último episodio de "Hello Cheeky". Era el programa de humor favorito de su mujer y sólo pensar en ella le hacía hervir la sangre. Crockford apretó los dientes y acel

