A la mañana siguiente Esmeralda despertó envuelta en una nube de algodón, suspiro recordando la noche anterior y se sonrojó. ¿Le habría pedido que entrara con ella al hotel? Se tapo con las sábanas hasta la cara y sonrió. Claro que lo hubiera hecho, si no hubiera estado segura de que él se estaba conteniendo. Esperaba que fuera porque era un caballero y quería esperar a conocerse un poco más. Ella llevaba ya tres días en la isla, lo que significaba que solamente tenía dieciocho días más antes de tener que irse finalmente a su hogar.
Miro el reloj de su celular, dándose cuenta de que aún era temprano y tenía tiempo para llegar a su taller de cocina. Por lo tanto pidió unos huevos revueltos y tostadas para desayunar algo ligero, se baño, y se vistió con un vestido rojo un poco largo holgado que disimulaba sus curvas anchas. Ese día calzo unos zapatos "slip on", dió un último vistazo a la playa desde su ventana, imaginándose ahí la noche anterior con Alistaír.
Luego bajo a recepción, estaba leyendo y contestando unos mensajes de sus amigas Lisa y Melina cuando al escuchar una voz autoritaria la piel se le puso de gallina:
—No sé qué creen que están haciendo, pero quiero que el cliente termine muy satisfecho con su estancia. Si veo tan solo un punto por debajo de nuestro récord, vayan buscando dónde trabajar. Es increíble: les pago tanto como a un licenciado, los capacitamos, damos oportunidades, bonos, viajes… es inaceptable, Zamira. ¿Entendiste todo?
Alistaír estaba echándole bronca a la pobre recepcionista, quién estaba claramente asustada, no podía siquiera mirarlo a los ojos. A Esmeralda aquello le enfureció. Ya sabía lo que era ser tratada peor que la suela de un zapato, insultada y amedrentada. Él podría ser todo lo guapo, sexi y rico que quisiera, pero no estaba bien. Rápidamente se acercó a ellos y aunque sabía que tal vez no debía meterse, no pudo contenerse al decir:
—No seas un canalla —dijo con toda la dureza de la que fue capaz en reunir.
Él se percató de su presencia y al oírla decir eso, en sus ojos brillo peligro, la miraba con una ceja enarcada y una mueca de disgusto.
«¡Pues que le den!», pensó enfurecida.
—Hola, Esmeralda —su voz era muy fría—. ¿Cómo dormiste?
Ella alzo su barbilla.
—Perfectamente, como puedes mirar.
Su boca se curvo en una media sonrisa, aunque no había nada amigable en aquel gesto, todo lo contrario, la instaba a huir rápidamente antes de que la bomba termine de estallar. Pero como la estúpida que era, siguió dirigiéndole una mirada retadora, que se atreviera a hacerle lo mismo, ya verían quién ganaba.
—Haz lo que te he dicho, Zamira, cariño —dijo Alistaír con dulzura. La recepcionista se puso colorada y asintió con efusividad, lanzándole a Esme una mirada de súplica.
Luego él la tomó del brazo y ella se estremeció mientras la guiaba fuera del lugar, en donde estaba el carro de Alistaír. Con suma rapidez y sin darle tiempo a protestar, la metió dentro en el asiento del copiloto. Fue hacia el otro lado del auto y se metió, no dijo nada mientras arrancaba y se dirigían a rumbo desconocido. Pasó un rato en silencio antes de decir:
—Estás molesto.
Él apretó el volante con fuerza y soltó una pequeña risa.
—Sí y no. Me ha molestado que te entrometas cuando yo doy órdenes a mis empleados. Pero también me ha encantado y excitado esa mirada desafiante, agápi mou. Me encanta verte molesta y eso es algo que me saca de quicio —admitió.
Ella tembló desde su asiento y tartamudeo:
—E-eso… Y-yo… bueno… —aspiro aire con profundidad antes de poder hablar con claridad, ese hombre y sus cambios de humor tan raros la ponían al límite—. Escucha, la verdad es que he sido tratada igual o peor que ella, incluso haciendo lo mejor, tratando de hacer mi trabajo con eficacia. Y por hombres gritones, machistas y amenazantes. Es horrible. En cuanto lo he visto me entró una especie de coraje, sentí como si a mí también me pasara. Sé que suena estúpido...
—No —la interrumpió con firmeza—. Tienes razón. En el futuro voy a mejorar eso, simplemente en la compañía familiar estoy acostumbrado a que así se den órdenes, a veces cuesta recordar que es un hotel y no la industria naviera. Creó que ha sido una intromisión aceptable y muy razonable, cariño.
Ella suspiro aliviada y un tanto nerviosa por sus palabras.
—Gracias por entender, Alistaír. Me alegra que te lo hayas tomado tan bien —Esmeralda miro por la ventana—. ¿A dónde vamos? Tengo clases de cocina...
—Bueno, eso ha cambiado, agápi mou. Hoy iremos a otro lugar, si no te molesta —luego volvió a hacer esa mueca tan linda con los labios—. Perdón por tomarme libertades, te puedo llevar de regreso si gustas...
Puesto que era eso o tirarse del carro, asintió, ciertamente estaba ansiosa por pasar más tiempo con él.
—Me encantaría —aceptó ella.
Luego de un rato conduciendo, diviso que llegaban a una especie de villa, porque se ponía más boscoso el camino, ahí se detuvieron frente a unas rejas que protegían el lugar. Alistaír pulsó un botón y las rejas se abrieron sin hacer casi nada de ruido, entraron y las rejas se cerraron detrás. Entonces observo la casa, muy del estilo de el: discreta, elegante y muy hermosa. Se notó que le gustaba la privacidad y pensó en cuántas más como ella habrían entrado ahí, sintiendo la misma emoción. Aquello le hizo sentir muy mal.
—Es muy bonita —admiró en voz baja.
—Sí, me gusta tener mi propio espacio, lejos de los negocios y todo eso. Vamos.
Bajaron del coche y también le encantó el jardín, que era bien amplio. A los costados había una piscina y en medio del lugar una fuente de mármol. Solamente pudo pensar en lo delicioso que quería darse un baño allí. Entraron en la casa y justo se quedó muda. Estaban en un lugar apartado y aparentemente solos. ¿Sería posible que…?
—Esmeralda, espero que te sientas agusto. Y espero que me perdones, pero no soporto más la ansiedad de besarte.
Ella abrió los ojos con sorpresa, no le dió tiempo a nada cuando Alistaír le sujetó la nuca con la mano y la atrajo hacia él, echándole la cabeza hacia atrás. Con los labios acarició el pulso que latía en la base de la garganta y ella se estremeció.
Entonces la boca masculina cubrió la suya y se apoderó de ella con tanta fiereza y tanta exigencia que algo en su interior se rompió, y Esme sintió la urgente necesidad de sacar una bandera blanca y gritar que se rendía.
Las manos de Alistaír le envolvieron los brazos, se deslizaron por los hombros y después moldearon su cuerpo con el fino vestido, marcando la forma de los senos, del estómago, de la cintura, hasta que una mano se colocó en sus pechos.
Esmeralda se movió contra él, rozándolo con las caderas, buscando ciegamente aquello que su cuerpo le urgía a conseguir. Aquello que nunca había sido capaz de experimentar:
El sexo.
La dominación.
La rendición.
Después los dedos de él descendieron por toda la columna, desde la nuca hasta las nalgas, inflamando sus sentidos, haciendo arder todas sus terminaciones nerviosas.
¡Cómo le gustaba sentir las manos de Alistaír en ella, sus caricias, el roce y la presión de sus dedos en sus puntos más sensibles!
Fue entonces que murmuró, entre una nube de excitación:
—No tengo mucha experiencia, odiaria decepcionarte.
Él gimió mientras se pegaba a ella.
—De ninguna maldita manera, cariño. Me vuelves loco.
Alistaír le deslizó el vestido rojo por los hombros femeninos e impacientemente se lo quito por completo, para descubrir el cuerpo suave y casi moreno.
Ella jadeó al sentir el calor de sus manos en la piel, en el pecho, en los pezones, y entonces él perdió también el control y algo primitivo y salvaje se apoderó de los dos.
Entonces él la alzó del suelo y la apoyó de espaldas en el borde de un sillón.
Le separó los muslos y la miró.
—Me gusta mirarte —dijo, manteniéndola inmóvil y bebiendo de ella con los ojos.
Después se arrodilló a sus pies y se colocó entre sus muslos.
Esmeralda se estremeció al sentir la boca que le acariciaba entre las piernas, por encima del tejido casi transparente del tanga que apenas la cubría.
La boca de el se deslizó sobre el satén húmedo, y ella jadeó. Las piernas le temblaban mientras él acariciaba con la lengua el pequeño botón rígido donde se concentraban todas las terminaciones nerviosas.
—Alistaír —gimió ella, deseando sentir la lengua sobre su piel desnuda y caliente.
Pero él ignoró la súplica y continuó torturándola con los pulgares, siguiendo el borde del tanga, encontrando los huecos donde los muslos se unían a su cuerpo, jugando con ella como si fuera una marioneta, que bailaba y se movía con cada caricia de sus manos y su boca.
Por fin, con mano experta, Alistaír hizo a un lado la tela del tanga y la dejó totalmente expuesta a él.
Ella jadeó entrecortadamente. Tenía la piel ardiendo y las mejillas encendidas.
Alistaír alzó la cabeza morena y recorrió con la mirada lenta y cargada de deseo todo el cuerpo de Esmeralda, deteniéndose en la firmeza de los senos, el movimiento irregular del diafragma, las finas caderas y los muslos separados. Mirándola a la cara, recorrió el sexo húmedo con las puntas de los dedos, absorbiendo los sobresaltos y tensiones de los músculos femeninos que reaccionaban a sus caricias.
—Alistaír —repitió ella, en un jadeo grave y ronco.
Esta vez él respondió inclinándose hacia ella, cubriendo la cálida piel femenina con los labios, besándola y succionando los pliegues cálidos y ardientes, a la vez que deslizaba las manos bajo las nalgas femeninas y atraía su sexo hacia él.
Tantas sensaciones, tanta pasión… Esmeralda se estremeció y enredó los dedos en sus cabellos, sujetándose a él mientras la lengua de Alistaír la acariciaba y la excitaba, más ardiente y más húmeda que nunca, y los dedos masculinos jugaban con la media de seda que le cubría el muslo.
Esmeralda se arqueó hacia él a medida que la presión en su interior aumentaba, y el clímax empezaba a ser algo tangible y real. Hundió las manos en los cabellos masculinos. Sentía el implacable fuego del deseo.
Era suya, completamente suya.
Le pertenecía
Era su querida, su mujer.
«¿Qué demonios acabo de pensar?», se preguntó, asustada por el camino se sus pensamientos. Los cuales sin duda no tuvo tiempo se asimilar por el tremendo placer que sentía entre sus piernas.
Y estaba allí, alcanzando el clímax de la pasión mientras la boca de Alistaír seguía acariciándola.
Entonces respiro con dificultad, él le dió un suave beso en los labios y murmuró algo que ella no escucho, estaba flotando y sus oídos se encontraban tapados fruto del placer que había experimentado. No se dió cuenta cuando se fue pero regreso con un paño húmedo, la limpio, le coloco sus bragas y la levantó para colocarle nuevamente el vestido.
—Perdón si fue muy pronto, Esmeralda. Sinceramente no soportaba más las ganas de tocarte y oírte gemir —admitió él.
Ella asintió, sonrojada.
—Me ha gustado, de verdad. Creo que ha sido una experiencia maravillosa —se colocó un mechón detrás del cabello.
—Y falta más, agápi miu —prometió—. ¿Tienes hambre? Podemos cocinar algo rápido.
Ella negó con la cabeza e hizo una mueca, respirando algo entrecortado.
—No tiene mucho que desayuné. Pero no me negaría a relajarme en esas ricas piscinas, hace un calor terrible...
Él se acercó, la beso tan sensualmente que pensó que haría otro movimiento... Pero se separó tan pronto que casi le ruega que siga. Él le tomo la mano y la guío a las escaleras.
—Te puedo dar una camisa mía para que entres a nadar o a meter tus deliciosos pies en el agua —le explico—. Resultará más agradable no meterte con tu vestido.
Echo un vistazo y se dió cuenta de que estaba todo casi vacío, no se escuchaban ruidos y las puertas de los cuartos estaban cerrados a excepción de uno.
—¿Eres el único que vive aquí? —luego pensó en algo que le paralizó el corazón—. Oh, por favor dime qué nadie podría haberme escuchado…
Alistaí rió con suavidad.
—Solo estamos tú y yo, tranquila.
Ella respiró aliviada, algo más tranquila con la seguridad de que nadie podría haberlos visto. Al ir pasando por las habitaciones, se quedó rezagada mirando una en particular, de hecho fue porque estaba medio abierta. Lo primero que notó fue que era muy femenina, tenía decoraciones que ella misma le hubiera encantado poner. Incluso la cama tenía un dosel de princesa en color rosa, pero lo que le puso nerviosa fue la ropa que estaba en la cama, eran un vestido y unas braguitas de mujer adulta. A Esme le faltó el aire. ¿Qué mujer dormía allí? Vió que él seguía avanzando y antes de que se diese cuenta de que estaba husmeando, camino con rapidez a su lado. Algo estaba mal, él le había mentido. Porque de otra forma o era de una amante que dejó sus ropas, tenía una hermana mayor... Pensó en muchas excusas, aunque ya estaba segura de algo muy importante, algo que la tenía demasiado preocupada.
Ella estaba segura de algo, incluso si él no se lo dijo.
Una mujer vivía con él.
¿Por qué le mentiría?
Pero incluso con esa duda en la cabeza, ciertamente no pudo decir ni mú. ¿Qué tipo de relación tendrían? Eso no estaba claro, y mientras no lo estuviera no podía hacer preguntas como esas o hacer una escena de celos locos, no quería parecer una mujer conflictiva u obsesiva, primero tenía que saber qué terreno estaba pisando antes de tomar actitudes que en ese momento no le correspondían, además, podía echar a perder lo que apenas y estaba empezando, no quería que terminase abruptamente cuando su interior le urgía a conseguir más de Alistaír, como la cafeína, se hacía adicta a él... Y estaba dispuesta a tener más. Quería experimentar lo que nunca le dió la oportunidad en el pasado, quería explorar los placeres que se había negado anteriormente.
Quería entregarle su virginidad a él, su corazón, su mente y su cuerpo se lo pedía a gritos: necesitaba a ese hombre convertido en uno con ella, ser su mujer y estar en la cima del cielo aunque sea por unos instantes. Estaba segura que muchas mujeres morirían por una oportunidad así.
¿Qué podía salir mal por probar un poco de pecado?
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La camisa de Alistaír que ella usaba era bastante cómoda, le llegaba hasta por los muslos y dejaba ver sus piernas blancas. Sonrió mientras encontraba gracioso tener el color de piel como un «chocoflan», así le decía su abuela Sadie. Realmente era clara de color (no tan pálida) pero con los efectos del sol existían partes de su piel que estaban cafés y parecía ser morena. Aunque eso jamás le importo, realmente no la tenía muy preocupada excepto cuando estabas en la casa de un griego super sexi y elegante que salía con mujeres de un solo tono de piel y delgadas.
Remojo sus pies en la piscina y suspiro, esperando a Alistaír, quien estaba en una charla de negocios con su asistente. Mirando el agua cristalina, no dejaba de sacarse de la cabeza que alguien más vivía allí y él se lo omitió a propósito. No tenía sentido, era ropa de una mujer adulta y el cuarto parecía usarse con habitualidad, dado el desorden. No sé imaginaba a Alistaír dejando algo así a menos que fuera de otra persona.
Y también pensó en lo que había pasado en la sala, como la hizo sentir, el primer orgasmo de verdad que había tenido en su vida. De cierta forma le avergonzaba tener que admitir delante de él que en realidad ni siquiera llegó a ese punto con otros hombres, no dejaba que nadie vaya más allá de eso porque todos siempre lo hacían ya que no habían más opciones y cuando no cedía en darles su cuerpo le decían “maldita frígida” y tomaba eso como una buena decisión, si eran capaces de enojarse por su decisión.
Con Al era diferente, le hacía sentir hermosa y deseada, que no era porque no habían más opciones porque estaba muy segura de que tenía todo un repertorio a su disposición, sino porque realmente la encontraba atractiva y era eso lo que le daba la confianza de dejarse llevar.
Su abuela Sadie la miraría con una sonrisa pícara. Lisa y Melina querrían saber todos los detalles y Ben, su mejor amigo le diría que ya era hora. De hecho estaba casi segura que todos estarían felices de saber que estaba viviendo aquello, solamente con verla feliz estarían de acuerdo. Por eso aunque no tenía muchas personas a su alrededor sabía que los que estaban la apreciaban enserio. Que se preocupan de manera genuina.
Pateó el agua y las gotas hicieron ondas en el agua. ¿Tardaría mucho Alistaír? Ya sentía que la espera se volvía eterna.
Se miró a sí misma y se dió cuenta de que la camisa lograba retratar sus curvas, los generosos pechos y las amplias caderas, aunque también mostraba que tenía una cintura estrecha, lo que volvía su cuerpo muy raro, muy robusto. Hacía notar que no estaba tan gorda como parecía. En su hogar solía usar cosas holgadas y era lo que la hacía ver enorme, porque en verdad no era tan gorda solo «de huesos anchos» como diría la abuela. Pero prefería que pensaran que era gorda a ser llamada «diosa de la fertilidad», y que los hombres le dieran miradas lascivas y no de verdadera apreciación, solo les gustaba ver sus enormes pechos, no más. De ahí en fuera no valía la pena mirarla dos veces.
Ya sabía que tenía que dejar de pensar de ella misma así, pero no podía evitarlo. Su autoestima no estaba en el mejor momento de su vida, ya había pasado por muchas bromas respecto a su físico y obtener esas miradas de fuego de Alistaír le sabían a gloria.
—Estás muy pensativa, cariño. ¿Sucede algo? —era él que había regresado. Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se dió cuenta de que volvía.
Ella negó con la cabeza.
—Son simples malos recuerdos que tengo de mi infancia y adolescencia, pero no hay mucho que pensar. Las cosas fueron como fueron y ya —respondió suavemente.
Él se sentó al lado de ella en la piscina.
—Puedes contarme lo que quieras, Esme. Estoy aquí.
Esmeralda se volteó a mirarlo, sus ojos se encontraron y quedó hechizada bajo el efecto de sus poderosas facciones. ¿Algún día conseguiría dejar de quedarse sin aliento?
Nerviosamente jugó con el dobladillo de la camisa y chapoteo los pies en el agua. Ella consideró su pregunta y se quedó pensativa tratando de decidir qué es lo que podía contarle a Alistaír. Siendo sincera nunca había tenido tenido o sentido la necesidad de contarle a alguien más sobre sus problemas, generalmente le gustaba guardarse los problemas para sí misma y no preocupar a nadie más. Pero luego pensó: «Bueno. Al fin y al cabo dentro de tres semanas no volvería a verlo. ¿Qué más daba?»
Así que lentamente comenzó a contarle cómo había sido su infancia llena de burlas hacia su físico, los comentarios de que era una diosa de la fertilidad y lo insegura que se sentía con sus curvas. Decidió omitir las partes en las que casi quería desaparecer y lloraba todas las noches al volver de la escuela porque pensó que no era tan importante y además le avergonzaba contarle eso. Lo que le gustó fue que él se quedó completamente quieto y prestando atención, en ciertos momentos asentía con la cabeza y ella seguía con el relato.
El sol iba cayendo poco a poco pasando así de la mañana a la tarde, la verdad es que se imaginaba que sucederían otras cosas más, bueno… Candentes. Pero ahí estaba, platicando con él en la piscina y poco le importó si le afectaría no haber ido ese día al taller de cocina porque si era totalmente sincera consigo misma, estaba muy feliz y cómoda de estar a su lado desvelando su corazón.
Pasó el tiempo y cuando ella mencionó que tenía un poco de hambre él simplemente sacó el teléfono e hizo una pequeña llamada, luego llegó una señora que intuyo era la cocinera de la casa y les dejo unos pequeños emparedados, se fue por un camino que no era la casa y desapareció. No sabía por qué pero también le contó que estaba trabajando vendiendo seguros de autos aunque había estudiado una carrera para hacer otra cosa, le mencionó lo infeliz que se sentía en ese trabajo ya que era acosada, burlada, presionada y amenazada. Fue entonces que él le sugirió que se cambiase de trabajo inmediatamente y de hecho le mencionó que en su empresa podría llevar a cabo las actividades que había estudiado. Ella se quedó callada y prefirió no contestar.
Después él también comenzó a contarle su parte: dijo que la empresa familiar había sido creada por su abuelo en el año 1970, que estuvo trabajando con su abuela 29 años hasta que la ocupó su padre y 15 años después él le sucedió; desde entonces él lleva a flote la compañía. Le contó que ahora sus abuelos estaban descansando en Londres lejos de todo lo que implicaba el trabajo, disfrutando de los frutos de todos sus años de esfuerzo y sus padres por el contrario vivían en Atenas a un ferry de distancia nada más. Le agradó que también Alistaír le contase ciertas cosas de su vida que ella desconocía. Lo que más le sorprendió es que le revelara que también tenía un segundo nombre, bastante curioso por cierto. «Tyrone» como el de la caricatura “Los backyardigans” omitió decirle esto porque le daba muchísima risa imaginarlo como un pequeño alce naranja.
Ya estaba la luna en el cielo cuando terminaron de hablar.
—Es muy fácil hablar contigo. Gracias por escucharme, sé que no tenías que hacerlo.
De imprevisto él alza una mano y le acaricia el rostro, le da un beso en la frente y con una pequeña sonrisa le dice:
—Yo te escucharía por horas sin pestañear, agápi mou.
Entonces presa de un impulso acercó su rostro al de él y lo beso. Rodeo su cuello con sus manos y él a su vez le rodeo la cintura con los brazos… Comenzaron a lidiar una batalla ardiente de besos, las manos de él recorriendo su cuerpo y las de ella jalandole del cabello. Luego la tumbó de espaldas en el piso, se trepó encima de ella y le puso los brazos por encima de su cabeza, se separó unos centímetros de sus labios y la miró a los ojos.
—No tienes idea de cuánto te deseo cariño, ahora mismo —susurró con urgencia.
Y ella pensaba exactamente lo mismo.