La noche había caído sobre el hospital secreto. El pasillo estaba en penumbras, solo iluminado por las luces de emergencia. Esteban, oculto bajo una bata de médico y un tapabocas, se deslizaba hacia la habitación de Michelle. En su bolsillo cargaba una jeringa con una dosis letal de potasio; no
podía arriesgarse a que ella hablara.
Sin embargo, lo que Esteban no sabía era que Karla, incapaz de pegar un ojo por el dolor de sus quemaduras y la ansiedad, se había escabullido de su
propia habitación. Cojeando y con el brazo en cabestrillo, Karla había entrado
minutos antes en la unidad de cuidados de Michelle para velar su sueño.
Al escuchar el sonido de la cerradura electrónica, Karla reaccionó por puro
instinto de supervivencia. No tenía su arma, así que se deslizó con dificultad
dentro del pequeño baño de la habitación, dejando la puerta apenas entreabierta
para observar.
Esteban entró. Se acercó a la cama de Michelle. La luz del monitor cardíaco
bañaba su rostro de un azul fantasmal. El traidor levantó la jeringa, listo
para inyectarla en la vía del suero.
Karla se quedó paralizada dentro del baño. A través de la r*****a de la
puerta, solo podía ver la silueta de un hombre alto recortada contra la
luz azul de los monitores. El intruso se movía con una confianza escalofriante,
como si conociera perfectamente el hospital.
Ella no pudo verle la cara por el tapabocas y la gorra quirúrgica, pero vio
el destello metálico de una aguja en su mano. El miedo la atenazó: estaba
herida, sin armas y atrapada. Cuando el hombre se retiró apresuradamente por el
pasillo al oír pasos afuera.
El silencio volvió a reinar. Karla salió del baño temblando, con el sudor
frío recorriendo su espalda.
Se desplomó en la silla junto a la cama de Michelle y tomó su mano ilesa, apretándola con una ternura desesperada.
Casi te pierdo otra vez... —susurró Karla, dejando que las lágrimas cayeran
libremente—. Michelle, mi amor, por favor despierta. Necesito volver a sentir
tus manos, aunque sea para que me regañes. Muero por volver a probar tus labios y escuchar un "te amo", aunque sea la última cosa que escuche en mi
vida. Te amo, Mich... más de lo que fui capaz de decirte antes de irme.
Karla sabía que no podía quedarse allí sentada esperando a que el extraño
volviera. Si ese hombre regresaba, ella no podría defender a Michelle en su
estado actual. Miró hacia el baño: la pequeña rejilla de ventilación era su
única opción para salir sin ser vista por las cámaras del pasillo o por el
asesino que andaba suelto.
Con un gemido de puro dolor, Karla arrastró una silla al baño. Usó su brazo
derecho para impulsarse, mientras el izquierdo, quemado y vendado, le enviaba punzadas de fuego a todo el cuerpo.
—¡Ahg! —ahogó un grito mientras pateaba la rejilla.
Logró meterse en el estrecho conducto metálico. El frío del metal contra
sus quemaduras era una tortura, pero la adrenalina la mantenía moviéndose. Se
arrastró por el ducto, guiada por las luces que se filtraban desde abajo, hasta
que llegó a la vertical de la sala donde Sol solía trabajar con sus
computadoras.
Con un golpe seco, Karla cayó sobre un montón de cajas de suministros en la
oficina técnica de Sol.
—¡¿Karla?! —gritó Sol, saltando de su silla y tirando casi su café—. ¡¿Pero
qué haces?! ¡Deberías estar en la cama! ¡Estás sangrando por los vendajes!
Karla se agarró a la mesa de Sol, tratando de recuperar el aliento, con los
ojos desorbitados por el terror.
—Sol... alguien... alguien entró en la habitación de Michelle —logró decir
entre jadeos—. Un hombre. Tenía una jeringa. Iba a matarla.
Sol se puso pálida y sus dedos volaron inmediatamente al teclado.
—¡Estoy revisando las cámaras del pasillo ahora mismo! —Sol frunció el ceño mientras miraba los códigos—. Espera... los últimos cinco minutos han sido borrados. Alguien eliminó el rastro de video desde la central.
Karla miró a su amiga con horror.
—No fue un extraño de la calle, Sol. Alguien con acceso total al sistema
intentó asesinar a Michelle frente a mis ojos.
Cuando Sol y Karla (quien apenas podía mantenerse en pie por el esfuerzo de los conductos de aire) irrumpieron en la unidad de cuidados intensivos, se detuvieron en seco. Las luces estaban encendidas. Michelle estaba despierta, sentada con dificultad en la cama mientras el Doctor Aris le revisaba las pupilas.
—¡Michelle! —gritó Sol con un alivio que le inundó el rostro—. Gracias a
Dios estás despierta.
Michelle giró la cabeza lentamente. Su rostro estaba pálido y sus ojos,
aunque cansados, mantenían esa dureza característica. Su mirada pasó por Sol y
se detuvo en Karla, quien estaba sudada, con los vendajes manchados de sangre y temblando.
—Sol... —la voz de Michelle era un susurro rasposo—. ¿Qué está pasando?
¿Por qué entran así?
—Alguien intentó matarte hace diez minutos, Mich —soltó Sol rápidamente—.
Karla estaba en tu habitación y vio a un hombre con una jeringa. Alguien borró
las cámaras. No es seguro aquí.
Michelle frunció el ceño y clavó sus ojos en Karla. El silencio se volvió
asfixiante.
—¿Tú qué hacías en mi habitación, García? —preguntó Michelle con una
frialdad que dolió más que las quemaduras—. Se supone que estabas bajo observación en el otro ala.
Karla se puso roja, luego pálida. Sus manos empezaron a juguetear con el
borde de su bata de hospital.
—Yo... yo no podía dormir —balbuceó Karla, bajando la mirada—. Solo
quería... quería asegurarme de que estuvieras bien. Sentí que algo andaba mal.
Michelle mantuvo el silencio un segundo más de lo necesario.
—No eres mi guardaespaldas, García. Eres una subordinada. No quiero que
nadie se salte los protocolos de recuperación —Michelle hizo una mueca de dolor y señaló la puerta—. Vete a tu habitación. Ahora. Déjame a solas con Sol.
Karla sintió como si le hubieran dado una bofetada. Sus ojos se llenaron de
lágrimas que luchó por no dejar caer. Sin decir una palabra, asintió levemente
y salió del cuarto arrastrando los pies, con el corazón hecho pedazos.