***Camila*** Pasé la noche llorando. No de forma ruidosa ni desesperada. Lloré como se llora cuando el alma duele: en silencio, abrazada a la almohada, con la sensación de vacío creciendo como un pozo sin fondo dentro del pecho. Cada vez que cerraba los ojos, sentía sus manos recorriéndome, su voz diciendo que era una despedida, su mirada derrotada alejándose de mí. Y yo… sin fuerzas para detenerlo. Cuando por fin el cansancio me venció, no sé cuánto dormí. Solo recuerdo el calor del sol colándose por la ventana y el sonido de la puerta de mi cuarto abriéndose. —¿Camila? Era Valeria. Intenté moverme, pero apenas si podía incorporarme. Mis ojos estaban hinchados. Mi garganta, cerrada. —¿Qué pasó? —preguntó, acercándose de inmediato. Su voz no era suave. Era urgente. Directa. Su forma

