La efímera libertad del paseo tuvo un precio. Dorian, aunque satisfecho con la sumisión de Althea, no era un hombre que descuidara los detalles. El "escalofrío" que ella había sentido, el destello de algo más en sus ojos, no había pasado desapercibido para él. La semilla de la duda, una vez plantada en su mente paranoica, comenzó a germinar. Dos noches después, mientras Althea intentaba, con extrema precaución, extender sus sentidos más allá de la torre—buscando ese eco de roca firme que había sentido—, la puerta de sus aposentos se abrió de par en par sin previo aviso. Dorian estaba en el marco, y no venía solo. Tras él, dos guardias de la Guardia del León sostenían brutalmente a un joven con la cabeza gacha y la túnica desgarrada. Era Liam. El corazón de Althea se detuvo en seco. —Mi

