El aire en los conductos de ventilación era denso y polvoriento. Rylan se movía con la agilidad de un felino, cada uno de sus músculos tensos como resortes. El tenue hilo de conexión con Althea era ahora su único faro, un latido de angustia que lo guiaba a través del laberinto de metal. Abajo, en su celda, Althea sentía la presencia acercarse como una tormenta que se avecina. Cada fibra de su ser gritaba para mantenerse quieta, para no delatarlos. El Inhibidor estaba ahora visiblemente nervioso, sus ojos escudriñando cada centímetro de la celda, la presión mágica sobre ella fluctuando con su creciente paranoia. Fue entonces cuando se oyeron los gritos. Lejanos, al principio. Provenían de los niveles inferiores, cerca de los túneles. Confusión, choque de metal. Los hombres de Rylan había

