Asia El trayecto hacia las afueras se sintió como un viaje a través de un túnel oscuro hacia lo desconocido. El rugido del motor de la camioneta blindada era lo único que llenaba el habitáculo, un sonido constante que, lejos de molestarme, me arrullaba en mi estado de shock. Miraba por la ventanilla cómo las luces de la ciudad de la que tanto había querido escapar se convertían en meros puntos en la distancia, hasta que fueron tragadas por la negrura de los campos. Lukas no me hablaba, pero sentía su mirada sobre mí de vez en cuando, cargada de una intensidad que ya no me parecía amenazante, sino protectora. El vestido rojo, que horas antes era mi estandarte de guerra, ahora se sentía como una piel extraña y fría que deseaba quitarme. La tela de seda me recordaba mi imprudencia, la forma

