Asia El silencio de la casa no era paz, era una ausencia de sonido pesada, casi sólida, que se instalaba en los rincones del salón como el polvo que nadie se atreve a limpiar. Me quedé inmóvil en el borde del sofá de cuero, con el teléfono aún caliente contra la palma de mi mano. La llamada de Lucas había durado menos de tres minutos, pero había sido suficiente para reescribir las reglas de mi existencia por milésima vez. —No vas a ir —había dicho él. Su voz no era un grito, era algo peor: un decreto absoluto—. He dicho que no, y punto. No se hable más. Solté un suspiro tembloroso y dejé caer el telefono sobre el cojín. La hipocresía de Lucas me quemaba en el pecho. Momentos antes en la oficina, lo podía imaginar actuar su papel de "jefe del año" frente al italiano. Había visto cómo s

