A la mañana siguiente, me desperté algo aturdida. Me dolía la cabeza como nunca, me quejé ante el dolor. Por el rabillo del ojo, ví una persona dormida a mi lado. Al verlo mejor, era Leandro. ¿Había pasado algo con el? —Leandro...¡Leandro! —le grité. —¿Nat? —dijo con voz somnolienta. Y recordé, que le había dicho que se quedará, le había reprochado que me había abandonado. Suspiré. No recordaba nada más. —¿Qué hice anoche? —sostuve mi cabeza, y una arcada me hizo correr al baño. —¿Estás bien? —preguntó Leandro desde la habitación. Volví a la cama, tapándome hasta las orejas. Leandro me miro divertido. Pero en un momento dado, sus ojos se volvieron tristes e intento salir de la cama. Lo tomé de la mano. —No te vayas—hice un puchero. —Nat... tengo que irme a casa, tengo que acomo

