CAPÍTULO V. EL CAMELLO
Ahora voy a contar un suceso que aconteció a esta niña cuando tenía cinco años cumplidos. Llegó al pueblo una caravana con mercancías que marchaba de paso, aunque aprovechaban para parar y hacer negocios, de tal manera que dejaban en el pueblo las cosas que les compraban y a cambio se llevaban ganado y comida, sobre todo miel, que se recogía por aquellas tierras y que tenía un sabor muy especial, pues la hacían las abejas de unas flores que por allí crecían.
Llegaron en camellos y para MARÍA era la primera vez que los veía, y le parecieron tan diferentes, que se puso delante de uno de ello y abría la boca igual que el animal y éste mirándola pareció que simpatizó con ella, pues fue y la sacó la lengua, y la niña viendo que la volvía a meter corrió al hombre que los estaba guardando, y gritando le dijo que el animal tenía una gran serpiente que se la había tragado. El camellero asustado acudió rápidamente a ver al animal que le indicaba y lo que vio fue la lengua del animal que la sacaba otra vez, mientras la niña le decía:
―¡Quítasela que le va a sentar mal!
Bueno, esta anécdota no hubiera tenido más importancia si no es porque al camellero le hizo gracia la niña, y le dijo si quería dar una vuelta en camello, y la subió al animal y ella feliz de estar a tal altura.
Tenemos a MARÍA subida en lo alto del camello, mirando a todas partes y sin tener miedo, y el hombre viendo que no lo tenía le dijo:
―Ven que vamos a dar un paseo.
Cogió el camello por la brida y MARÍA arriba gritando como si de un muchacho se tratase, a todo el mundo le decía que se apartase, y llegando a un punto salió un perro ladrando y corriendo alrededor del animal, el camello se asustó y emprendió la huida de aquel fiero animal que no medía ni medio metro.
MARÍA iba gritando de miedo arriba, aunque en realidad, no lo tenía, si no que la situación había cambiado, el hombre en vez de ir delante del animal, iba detrás corriendo y llamándole; en un momento determinado el animal llegó a un sitio donde tenían la miel en vasijas de barro preparadas para llevarse la caravana y no viendo por donde pasar el animal decidió saltar por encima, y allí quedaron el animal y MARÍA encima de las vasijas, la mayor parte de ellas rotas. Todo lo vieron los que allí estaban negociando y también cómo venía el dueño que se asustó con el estropicio provocado y cambió su tono de voz y la dirección de sus gritos, si antes llamaba al camello ahora reñía a la niña por habérselo llevado diciendo:
―Ver lo que ha hecho, todo este estropicio lo va a tener que pagar la familia de la niña.
Y se armó tal revuelo que unos vecinos llamaron al padre de MARÍA, que era el juez del pueblo, y él viendo a la niña llena de miel se la fue a llevar de allí mientras escuchaba las quejas del camellero y como MARÍA nada decía, le dijo:
―Esta tarde tendremos un juicio, si la niña es culpable su familia pagará lo que se debe, pero ahora déjala que se marche, pues está asustada y tiene que cambiarse.
Llegando a casa su madre al verla se asustó y rápidamente la ayudó a limpiarse, pues veréis que MARÍA tenía tanta miel encima que le salía de entre las orejas.
Aquella misma tarde se celebró el juicio, y el camellero iba acompañado del principal de la caravana y con algunos compañeros, y la niña de su madre, el principal del pueblo y algunos vecinos, y cuando el Juez empezó la sesión dijo:
―Quiero que sepáis antes de empezar que soy el padre de la niña, pero que en todas partes he sido siempre justo y aunque me perjudique lo seré si es menester.
El camellero empezó a protestar haciendo grandes espavientos con las manos y el Juez, le dijo:
―Tienes mucho que decir antes del juicio, veremos cuando te toque el momento de hablar si das las mismas pruebas y razones como ahora gritas.
Parece que esto calmó un poco al camellero el cual se calló, y como el padre quería ser justo, dijo:
―Procederemos de la forma siguiente, primero haremos hablar al camellero, y que nos cuente toda su versión, luego todos sus testigos que se aproximen, para escucharlos uno a uno; luego escucharemos a la niña y a todos los que en su favor puedan declarar.
El camellero mirando a los testigos de ella, hombres del pueblo, estuvo conforme, ya que se decía "Una niña no me va a poder a mí, pues tengo la razón".
Cuando le tocó hablar contó un cuento bien montado y que los demás camelleros menos uno, que era el principal de la caravana confirmaban con la cabeza, y así dijo:
―Estando con los camellos de guardia, llegó la niña, y se puso a hacer muecas a uno de los camellos metiéndose con este, yo viendo molestar al animal la dije que se marchara, a lo que ella pareció hacer caso, pues se marchó, y yo me fui a otro lado cuando al momento escuché gritos de la niña, y cuando acudí me dijo que el camello tenía una serpiente en la boca, y alarmado le miré, resultó que únicamente era la lengua del animal ―Y en este punto todos rieron.
MARÍA se abrazó a las piernas de su madre, pues pensaba que no todo marchaba bien cuando se reían así, y el hombre continuó diciendo:
―Después de eso la volví a echar de nuevo de allí, y me volví a dar una vuelta entre los camellos, mientras tanto ella debió de volver, debió de subirse encima del camello aprovechando que este estaba sentado ―Cuando la niña protestó.
―¡Silencio! ―la dijo el Juez.
Y se calló avergonzada de que la tuvieran que reñir delante de los demás, y dijo muy bajito:
―¡Perdón! ―Y se quedó al lado de su madre escuchando, pero sin interrumpir.
El hombre viendo la regañina del juez y sintiéndose seguro de que estaba convenciendo a todos los presentes continuó diciendo:
―La niña una vez arriba, había azuzado al animal, pegándole con los talones o con un palo, esto no lo sé con seguridad, lo que sí vi fue cómo se llevaba al animal corriendo, y yo salí detrás corriendo para pararla, pero cuanto más corría, la niña más gritaba y el animal aumentaba la velocidad, hasta que llegó a un lugar donde estaban los tarros de miel que estaban acumulados para comerciar con ello, y como el animal iba tan rápido no pudo frenar y los destrozó y la niña que estaba subido sobre su lomo cayó encima de la miel.
Esto fue lo que dijo aquel hombre, y que luego todos sus compañeros confirmaron su narración, todos menos el jefe de los camelleros, que veía más que los demás y que se había preocupado por enterarse de la verdad, y que sabía que si los del pueblo se disgustaban con ellos nunca más les venderían la miel, que era única, y con las que ganaban verdaderas fortunas con ellas.
Estando en esto el Juez, que había observado el silencio de aquel hombre, le preguntó:
―Como jefe de este hombre y dueño del camello, ¿tienes algo que añadir a lo ya dicho?
El hombre con voz serena mirando directamente al juez le respondió diciendo:
―Me reservo mis palabras para el final, cuando haya escuchado a ambas partes.
A continuación, llamaron a MARÍA, y ella contó la verdad, pero siendo continuamente interrumpida por el hombre, que protestaba diciendo:
―¿Cómo es posible siquiera escuchar a esta niña que miente porque estaba asustada?
El Juez algo molesto por las interrupciones y una vez que la niña había declarado llamó al principal de la comunidad y le dijo:
―Quiero que como responsable de la comunidad y junto con el principal de los camelleros, vayas por todas las casas del pueblo y preguntes a los vecinos si en algún momento han visto mentir a esta niña, si alguno dice que sí, quiero que le traigas para que nos lo cuente a todos.
Así lo hicieron, marcharon los dos hombres y al cabo de un rato largo, los dos volvieron y dijo el principal de los camelleros:
―Ninguno a los que hemos preguntado ha visto a la niña decir ni una sola mentira, dicho esto quiero añadir que yo la creo.
Todos se quedaron asombrados, y el responsable de la caravana que también era justo, continuó diciendo:
―Veréis que no es fácil para mí decir de lo que me he enterado, pues ha sido motivo de confianza entre mis hombres, y quiero que ellos mismos entiendan que siempre se ha de decir la verdad aunque ésta nos perjudique en apariencia, ya que la verdad tiene dos caras una delante de los hombres y otra delante del ALTÍSIMO ―Todos los presentes estuvieron conformes y asintieron con la cabeza―. Lo que ha contado la niña es la verdad, y han sido unas circunstancias especiales las que han ocasionado estos acontecimientos, pues la intervención del perro asustó al animal, así que si queremos buscar culpables, tendremos que hacer venir al perro y que nos cuente su versión de los hechos.
Todos rompieron a reír, con lo que se liberó parte de la tensión que se había estado acumulando en las declaraciones anteriores, terminado de decir esto continuó:
―Ahora toca determinar la sentencia, veremos qué tal juzga el que aquí tenéis, que participa como Juez y como padre.
―De eso no tendrás queja, pues en muchos lugares saben de mi rectitud a la hora de juzgar, pero antes de dar mi veredicto déjame un momento que me retire a orar ― Dicho esto el Juez se retiró.
El jefe de los camelleros extrañado por que se hubiese ausentado el juez, preguntó a un vecino que tenía al lado:
―¿Y ese ahora dónde va?
―Nunca dice su parecer sin haber hecho primero oración, y mira que en verdad es siempre justo lo que sale de su boca, aunque vaya como en este caso en contra suya ―respondió el vecino.
―Veremos como lo hace esta vez, pues no es fácil, ser juez y parte al mismo tiempo ―repuso el jefe de los camelleros.
Y el Juez salió y poniéndose delante de todos dijo en voz alta:
―Veréis que se me ha inspirado la solución a este caso, en la que tenemos cuatro partes, una, el camellero, …
Al escuchar esto empezó el hombre a protestar diciendo que era injusto, que él era inocente y todos le dijeron que se callase y dejase hablar al juez.
―Otra la niña ―continuó el juez―. Una tercera el dueño del camello y por último otra distinta el dueño del perro.
Todos asintieron menos el dueño del perro, que empezó a quejarse diciendo:
―No, si ahora va a resultar que el que tengo que pagar soy yo, que estaba en el campo y de nada he participado.
Y todos le dijeron que se callase, una vez los ánimos se calmaron y se volvió a instaurar el silencio el Juez continuó diciendo:
―El camellero, tiene parte por no cumplir bien su misión, que consistía en que nadie se acercase a los camellos, y que no se les molestase; la niña tuvo parte, por ser la que, aunque sin saberlo, provocó todo el estropicio; el dueño de los camellos tiene parte, pues es responsable del animal y de todo lo bueno o lo malo que haga así como de la gente que pone a cuidarlos: y el dueño del perro por la misma razón, pero como aquí estamos entre amigos y queremos cuando termine este juicio seguir siéndolo, en provecho de todos, pues si nos enfadamos perdemos los dos el negocio que tenemos entre manos, diremos que vamos a repartir los gastos que se han tenido de esta forma.
»Primero, las abejas tienen que dar más miel, y como hay en reserva ya está recogida, segundo el alfarero tiene que fabricar más cacharos, y como están hechos y en conserva tampoco es problema, luego el camellero tendrá como castigo el limpiar todos los destrozos, ya que la miel atraerá a muchas moscas y podremos tener problemas con ello, y la niña le ayudará, pues también es parte en el destrozo que ha habido. En cuanto a los gastos los tendremos que repartir, entre el jefe de los camelleros, el dueño del perro y yo mismo, como padre de la niña, pero como el dueño del perro, tampoco estaba en el pueblo, no tiene gran responsabilidad por ello, así que diremos que pague un décimo de todo y el resto lo repartiremos entre nosotros dos.
El juicio les pareció bien a todos, menos al camellero y al dueño del perro, pero todo resultó bien, al camellero le ayudaron, no solo la niña, si no todos los del pueblo. Con respecto al hombre del perro, sucedió que el principal de los camelleros, se acercó al principal del pueblo y le dijo:
―Lo de este hombre lo pago yo, pues no está bien que pague sin estar en el pueblo ―Y continuó―. En verdad tenéis aquí un Juez que es digno de estar entre los principales de la capital, ¡os felicito por ello!, pero decirme, pues parece que se ha olvidado de algo, ¿quién paga los gastos del juicio?
―¡Eso es parte de nuestra hospitalidad! ―le contestó el juez al escucharle.
―¡No es justo!, pues en ese caso tú pierdes por dos partes, y si has sido justo por ello, no puedo permitirlo, así te diré que te quiero corresponder con la misma justicia, y que como estoy de acuerdo con tu sentencia, te pago los costes del juicio que son la misma cantidad que tú tengas que pagar ―replicó el dueño de la caravana.
Esto asombró a todos menos al Juez, que esperaba algo parecido según comentó después y cuando se le preguntó, éste contestó:
―Es un hombre temeroso del ALTÍSIMO, y por lo tanto trata de ser justo en las cosas de esta vida, así pues, tenía que dar algún paso, para subir un poco más, y lo ha hecho.
Aquel día fue día de fiesta, y todos estaban felices por tener gente de tal calibre y de confianza. Ver que aquella amistad entre el jefe de los camelleros y el Juez duró toda la vida, y que cuando pasaba cerca le visitaba como amigo, e incluso el Juez que tuvo que marchar en una ocasión a tierras lejanas estuvo aposentado en casa de su amigo por una temporada.