Terminé todo a tiempo, me perdí de un fin de semana completo, pero ya estoy lista. Me siento tranquila, pude ponerme al día. Mi odioso jefe online, me envió un mensaje medio complicado, pero no le hice caso. Voy al salón de belleza. Necesito un cambio radical, me voy a cortar mi cabello, con esto de la pandemia, ni eso he podido hacerme.
—Fabi, tanto tiempo. –Blanqueo los ojos al ver a mi tía en la tercera silla. Si lo hubiera sabido no venía. Es algo así como que intensa.
—No sé porque dices “tanto tiempo” cuando te la pasas en mi casa metía. –Mi tía lleva su mano al pecho indignada mientras las mujeres que estaban allí ríen fuerte.
—Ave María purísima, Fabiola. ¿Cómo dices eso? – Saludo a mi amiga Kathy.
—Olvídalo tía Raquel. – Estoy de tan buen humor que no quiero ni pelear con la loca de mi tía política–. Kathy ya sabes, puntas y secado.
Mi amiga me pone la capa para comenzar a recortar.
—¿Y es verdad eso que ahora eres asistente de un ruso? ¿Qué te la pasas escribiendo cartas? –Respiro profundo, a mí nadie me va a dañar mi día y mucho menos mencionando al demonio de mi jefe.
A veces me acuesto pensando en su pobre vida, del trabajo a la casa. No es como esos papis que describen en las novelas, esas románticas, que son así bien ricos, brazos fuertes, ojos claros, cabello n***o y sedoso. Suspiro cansada, ese sería mi hombre ideal. Ah no, pero me tiene que tocar uno calvo, gordo y feo. Qué vida tan cruel me tocó vivir.
—Sí tía, y me va muy bien. –escupo ya un poco más enojada. Sé que lo hace para crear bochinches y habladurías.
—¿En serio? —Pregunta Kathy y asiento—. Cuéntamelo todo. ¿Tú sabes ruso? —Pregunta y niego.
—No tengo ni idea de cómo se dice hola. – rio fuerte.
—Pues me imagino que si sabes inglés. –habla un poco incrédula.
—El inglés lo mastico, no lo hablo, pero lo entiendo. No sabes, vi Lucifer en inglés casi completa pues no la habian traducido pero Tom Ellis valía mucho la pena. Estoy casi experta con mis series de Netflix. —comento orgullosa de mí y mi forma de aprender inglés. Bueno, en realidad si vi la serie, pero solo por el Lucifer, ese Tom está como me lo recetó el doctor.
—Loca, ¿cómo has hecho? – pregunta mi amiga y cosmetóloga.
—Fácil, con mi súper traductor. –Escupió el agua que se había acabado de beber–. Huácala, puerca, no podías escupir para otro lado tenía que ser mi cara. —Limpio mis ojos. Estás cosas solo me pasan a mí y más con eso del COVID, de seguro ya estoy contagiada por su culpa.
—La culpa es tuya, como me dices eso así. –La miro sin entender—. Cómo confías en el traductor de google. Tú sabes que eso no funciona al cien por ciento, ¿verdad?
—Eh… —Me rasco la cabeza— Bueno… —Me siento en la silla— yo… —La miro con los ojitos del gato con botas—. Necesito el trabajo y no me ha dicho nada.
—Aún –concluye el ave de mal agüero de la Kathy.
—¿Cómo que aún? No se va a quejar, mi trabajo queda impecable. Soy toda una profesional. —digo indignada, ¿Cómo se atreve a dudar de la calidad impecable?
—Bien, pero yo te daré un consejo amiga porque te quiero. Busca aprender ruso o inglés, si puedes los dos, perfecto. – pienso en lo que dice, es cierto debería buscar un curso, porque a veces no entiendo nada.
—Lo tomaré en cuenta, gracias por el consejo. –Le doy una sonrisa amable. Bueno la sonrisa no la vio ya que tengo la mascarilla en la boca, pero la intención es lo que cuenta.
—Lo hago con mucho gusto, ya sabes por eso de no perder la costumbre. –Blanqueo mis ojos.
—Si, bien, como digas, mejor a lo que vine, recórtame. –Comenzó a mover su mano.
—¿Supieron que Tito se casó? –Me atraganto con la saliva. Tito es el chico más apuesto del barrio, siempre tan educado y decente, mira que muchas veces estaba de resbalosa, pero él siempre me respeto. Siempre guardé mi virginidad para él. Es un buen hombre.
—¿Qué tito, Milagros? –pregunta la otra cosmetóloga.
—Tito, mi sobrino mayor. El hijo de Epifanio. – No puede ser, ¿Donde yo andaba metía? ¿Cómo es que este papi chulo se me casó? Si yo lo quería para mí. Siento que mi corazoncito se me rompe.
—No, no lo sabía ¿Quién fue la agraciada? – pregunto en cuánto me repongo.
—No querida, agraciado, terminó gustándole los nenes. –Abro la boca en 0. Chuito porque no me llevas ya. Esto no es justo, con razón siempre tan recto. Quiero llorar y yo tan patética, guardando mi virginidad para él y mira cómo me salió. Respiro profundamente, no quiero que se den cuenta de lo que me afecta.
En el salón de belleza además de la desilusión que me lleve porque tito se casó, también me enteré que Marilú, salió preñada del primo Joseph. Entre otros chismes de barrio que contó mi tía tan instruida en la vida de los demás.
Llego a mi casa, voy directo a mi habitación y enciendo la computadora. Me tiro en la cama en lo que enciende. Me quito mis zapatos y el sostén.
—Dios, esto si es vida – digo en cuanto tiro el sostén al lado del canasto de ropa. Me siento más relajada en la silla frete a la computadora. Veo que tengo seis mensajes, este hombre no puede hacer otra cosa que no sea trabajar. Allá no existen los días libres.
Me pongo a trabajar antes de que me envíe un mensaje para que me dé prisa.
Abro la primera, es una carta fácil, era de español a ruso. Me pongo a pensar en lo que me dijo Kathy. Ella tiene razón, ahora mismo si supiera no tiene razón que usar el traductor. Me voy a poner en eso. Busqué tres aplicaciones que enseñan ruso e inglés. Comienzo a traducir la carta, escuchando como se dicen cada palabra. Esto es más difícil de lo que pensé.
Sigo haciendo mi trabajo, envié la primera carta, la segunda no era más que una nota
Señorita Hernández
Le escribo porque me han dado algunas quejas. —recordé lo que me dijo Kathy de la traducción. Quiero que me trague la tierra y me escupa lejos. De seguro es eso. ¡Qué vergüenza! No, no, no. Mejor que no me trague, va y me escupe en la oficina del demonio, con la suerte que tengo—. Tenga en cuenta que las letras deben ser de un tamaño muy grande para que se puedan leer desde teléfonos. Además, el color de las letras debe ser el adecuado para que sea visible y leíble. Por ejemplo, el fondo de la carta es claro, las letras no pueden ser blancas, grises o de un color claro, porque serán difíciles de leer. – respiro aliviada y río. ¿Me lo estará diciendo por que le puse letras rosa pálido a las cartas? Es que se ven más bonitas de colores. Bueno me tocara ponerlas negras otra vez. Suspiro y vuelvo a mi trabajo.
Termino de hacer mi ardua traducción. Es tan estresante no saber qué escribes. Solo le doy copiar, traduzco y vuelvo a copiar para enviar al demonio de mi jefe, que no sé de dónde saca tantas cartas, juro que lo hace solo por j***r.
Me tiro en mi cama, me duele la espalda. Mis músculos están cansados de estar sentada frente a esa computadora. Parece que esas cartas mutan. Le envío una y me envía dos, le envío dos y me envía cuatro. Arrastro mis pies hasta la cocina donde encuentro a mis hermanas.
― ¿Y, cómo va todo? – pregunta la Rosario, ella es menor que yo por dos años. La pequeña es Dilanis, es la más malcriada. Llegó al mundo cuando yo tenía diez años y Rosario ocho. La adoptamos como si fuera nuestra hija al principio. Pero cuando fue creciendo se la devolvimos a nuestros padres. Es un pequeño demonio de Tasmania.
―Estoy harta. ―dije tirándome en la silla del comedor. –Juro que cierro los ojos y solo veo palabras en mandarín y ruso, no puedo más.
―No creo que sea tan difícil, solo es traducir. –Las miro con odio. No saben que es estar horas sentadas frente a una computadora escribiendo cosas que ni tú entiendes.
―Si, lo dicen ustedes porque no hacen nada, pero les juro que ese hombre me odia. Esas cartas mutan, si supiera lo que allí está escrito al menos, pero nada, no entiendo ni la fecha. Y eso si es que tienen por qué no entiendo ni pio.
―Renuncia y se acaba tu problema. –dice Dilanis.
― ¡Tú estás loca! –Me levanto de la silla―. Después que yo me he chavado tanto haciendo cartas voy a darle el gusto al ruso. Ni lo sueñes. ―Me cruzo de brazos. Pero que se creen estás no he sufrido tanto para dejarme vencer de un viejo amargado, sin vida social y de seguro s****l tampoco. Así como la mía.