El licenciado no me falló, hizo todo justo como lo que discutimos el otro día. No esperé a que pudiera salir tan pronto. Ese hombre aparte de ser atractivo, es muy bueno en lo que hace. Tan pronto me dejen libre hoy en la tarde, le pagaré por todo lo que ha hecho por mí. Me siento en deuda con él. Es la segunda vez que me ayuda y espero sea la última. No pienso volver a este lugar nunca más.
Me encontraba en el pasillo de siempre, cuando noté que las dos guardias se alejaron de la puerta que da hacia el comedor. Por lo regular siempre se queda una mientras la otra da la ronda. Esto no me gusta. Confirmo en instantes lo que posiblemente estaba sucediendo, cuando vi a la mujer armada del otro día. Había estado alerta durante estos días, ya que esas mujeres habían estado merodeando, pero no se atrevían a acercarse. Lo único que no esperaba es que ya estuvieran enteradas de mi salida. Tal parece que las guardias se han dejado comprar de estas mujeres. El abogado me dijo que debía evitar a toda costa las peleas, pero lamentablemente esta vez no pienso dejarme amedrentar.
—¿Qué las trae tan revueltas? Díganme una cosa. ¿Cuánto les pagó Manuel? —las enfrenté.
—No sabemos quién es Manuel ni nos importa, pero tú tienes una deuda pendiente con nosotras. La última vez nos interrumpieron, pero esta vez no será así.
—¿Y tienen que venir cuatro contra una? ¿Acaso una no puede darme la talla? Anda, ¿quieren pelear? Pues vengan, pero a puños. ¿Quién tiene los ovarios bien puestos como para tirar para adelante? ¿Quién quiere ser la primera en quedarse sin dientes?
En el momento que dejó visible el mismo destornillador del otro día, lo sacudió y me señaló con él.
—No tenemos tiempo de jugar. Te arrancaré esas agallas de raíz.
Un grupo de confinadas corrieron por el pasillo, interrumpiendo de nuevo nuestro enfrentamiento. Se abalanzaron encima de ellas y a mí no me hicieron nada. De hecho, alguien me agarró el brazo, intentando hacerme correr con ella y ahí fue que vi a la misma mujer que el otro día también interfirió. Es la segunda vez que lo hace y no entiendo la razón.
—Es la segunda vez que te metes en mis asuntos. ¿Por qué tan pendiente a mí? ¿Acaso te gusto? — me detengo en medio del pasillo—. Si ese es el caso, déjame decirte que no me gustan las mujeres. Estás perdiendo tu tiempo conmigo.
—Tranquila, ese no es el caso. No quería ser testigo de otra víctima más, eso es todo. Estoy hasta la madre de ese grupito.
—Me alegra saber que ese no es el caso. Aunque pude haberme defendido sola, supongo que de nuevo debo agradecerte; a ti y a esas mujeres que estaban contigo.
—No tienes que hacerlo si no quieres. Solo me gusta mantener el orden por aquí, nada de otro mundo. Escuché que estás a solo horas de salir en libertad. Felicidades.
—Es la última vez que nos veremos, porque a este hueco no vuelvo.
—El mundo es demasiado pequeño, quién sabe si cuando salga nos crucemos de nuevo.
—Lo dudo mucho, pero si ese fuera el caso, tal vez te invite unos tragos.
—Suena bien.
Esta mujer no se ve que sea mala, pero como de cualquier malla sale un ratón, prefiero mantener distancia de todas.
En mi salida, mi abogado se encargó de traerme a mi casa. Quedé en pagarle en una semana. Ya bastante ha hecho por mí, así que deberé pagarle bien. Nada mejor que respirar aire fresco y estar fuera de ese lugar. Siento como si me hubiera caído un tractor encima y estoy bien agotada por haber estado luchando con mantenerme con un ojo abierto y el otro cerrado.
La casa estaba patas arriba, llegué a pensar lo peor. Tal vez la gente de Manuel tenga a Arturo al no haber logrado hacerme algo a mí en la cárcel. Esto no puede estar pasando. Entré a la habitación y todo estaba por los suelos. Lo más extraño es que las pertenencias de Arturo no estaban por ninguna parte. Iba a verificar la caja fuerte, pero antes de hacerlo, quise acercarme a la cama, ya que había una tarjeta color crema sobre ella y tan pronto la cogí en mis manos, algo dentro de mí se desmoronó. Capté inmediatamente lo que estaba pasando y no era precisamente lo que creí en un principio. Era una invitación a una boda, de nada más y nada menos que de Arturo, pero el nombre que aparecía en ella no era el mío, sino el de esa mujer de la que tanto negó que tenía una relación. Mi mundo se vino abajo. A pesar de ver esto, quería pensar que se trataba de una broma de mal gusto. ¿Quién pudo haberme dejado eso ahí y con qué propósito? Esto no me cuadra. Solo han pasado unos días, ¿en qué momento hizo estos planes?
Busqué la caja fuerte, de la cual solo él y yo teníamos la combinación y estaba abierta y vacía. Todo el dinero que había ahorrado para cumplir nuestros sueños de abandonar el negocio por una vida normal, de casarnos y todos esos ridículos deseos, se esfumaron en una fracción de segundo. Mi corazón dolía, las lágrimas estaban al borde de mis ojos, pero está prohibido derramar una maldita lágrima por ese infeliz. Me usó como se le dio la gana, hasta sacarme el vivir. Todo lo que me tocó pasar para estar a su lado y ese malnacido fue capaz de traicionarme de esta manera. ¿Dónde quedaron esas promesas de irnos juntos, el amor que me juró, los sacrificios que me costó nuestra relación? Tanto nadar para morir en la orilla. Mi padre me lo dijo muchas veces, pero no quise creerle o más bien me hice la sorda por el amor que le tenía. La traición se paga con sangre y con ella misma voy a llenar este agujero que me hizo en el pecho. Él y esa maldita perra van a conocer quién es Sara Aguirre. Conmigo nadie juega y vive para contarlo.
—Por ti y por este puto dolor que siento ahora mismo, le daré la oportunidad a Arturo Colón y Luciana Escamilla, de celebrar su unión por todo lo alto, pero luego de cruzar las puertas del infierno, papá.
Lo único que encontré en el agujero que había hecho en la pared por si acaso debíamos salir huyendo, fueron dos mil dólares en efectivo y el arma que me regaló mi papá con el peine de treinta. Tal parece que se le olvidó buscar aquí. No tengo muchas municiones, así que deberé ahorrarlas y usarlas únicamente en caso de emergencia. Ahora que salí, probablemente la gente de Manuel vengan a buscarme aquí. Al único que puedo acudir es a Jacob. Es hermano de Arturo, pero es un cobarde y sé que hará todo lo que le pida.
Recogí algunos trapos que no estuvieran dañados y los guardé en una maleta. Me cambié de ropa y guardé el arma en mi pantalón. Tenía que salir pronto de la casa, antes de que pudiera ser sorprendida. Aunque más sorprendida de lo que me encontraba, era imposible. Llamé a un Uber para que me recogiera cerca del parque y me trajera al taller de Jacob. Le pedí que me dejara una calle antes para sorprenderlo. Sé que él también debe estar al tanto de lo que pasó y voy a ajustar cuentas. Conozco un atajo que me permite entrar por detrás del taller. A esta hora debe estar solo y arreglando esas chatarras.
En efecto, cuando entré, estaba arreglando un auto y solté la maleta con cautela en el suelo, tratando de hacer el más mínimo ruido posible y me agaché detrás del mismo auto. Me acerqué sigilosamente, hasta que en un descuido de su parte, llevé mi mano por alrededor de su cuello y acerqué el arma a su cabeza.
—Calladito te ves más bonito. ¿Cuánto tiempo sin vernos Jacob.
—¿Sara? — levantó la llave inglesa y le aconsejé que la bajara.
—Te aconsejo que la bajes, me puedo poner nerviosa. Dime, ¿por qué tan alegre de verme, cuñadito? ¿Tanto me extrañaste? Bájala, porque mira que morir con un balazo en la cabeza sin despedirte de tu mujercita, va a ser difícil para ella.
Bajó lentamente la llave inglesa y luego la lanzó lejos nuestro.
—Muy bien, así me gusta. Te creí más inteligente y menos pendejo, pero me equivoqué contigo — lo empujé hacia el lado contrario a donde estaba la llave y volví a apuntarle.
—¿Por qué has venido a buscarme con esa arma, cuñadita? ¿Qué está pasando? — su cara de espanto es entretenida.
—Tu descaro me está hirviendo la sangre.
—¿Por qué lo dices? ¿Qué está pasando? ¿Pasó algo con mi hermano?
—Lo de pendejo lo llevan en la sangre. Me has traicionado, de la misma manera que la rata de tu hermano. Cuéntame, ¿pensaron que me quedaría para siempre encerrada en el bote mientras ustedes hacían su vida con el dinero que tanto trabajo y sacrificio me costó?
—No sé de qué estás hablando, Sara.
—No hace falta que sigas fingiendo. Tú siempre estás al tanto de cada paso que da tu hermano. ¿Sabes qué es lo más jodido? Que he hecho más por ti, de lo que él mismo ha hecho y así me pagas. Yo te ayudé a traer a tu mujer de su país. Si está viviendo contigo es gracias a mí. No soy de sacar las cosas en cara, a no ser que las cuentas aún no hayan sido saldadas. En tu caso, aún te falta mucho por pagar — le apunté a sus genitales y se tapó con las manos.
—¡Espera, Sara! Te juro que yo no sabía de sus planes hasta ayer que me lo dijo todo. Él planificó esto a las espaldas de todos. Tienes que creerme. Jamás te fallaría.
—¿Jamás?
—Jamás. Yo estoy en deuda contigo, ¿cómo podría fallarte de esa forma tan cobarde?
—Demuéstralo.
—Dime cómo y te juro que lo hago.
—Me ayudarás con el regalo que le quiero preparar por su matrimonio, pero para eso necesito que me consigas la escopolamina con ese contacto que tienes.
—¿Qué? ¿Vas a matar a mi hermano?
—Corrección; vamos. Quieres demostrarme que no me traicionaste y que te sientes en deuda conmigo, ¿no es así? Bueno, esta es tu única oportunidad.