Me costó escapar de ese desayuno, la excusa, como siempre, cuidar a Flor. A estas horas de la tarde no sabía nada de Reynaldo y Chico tampoco regresaba. No volví a preguntar por ellos. No sé que expresión ponía yo angustiada sin saber de Reynaldo. Rogaba a Dios que llegara, que volviera a la casa. Nunca había pasado tantas horas sin saber de él, para cuando el sol brillaba en lo más alto yo ya me comía las uñas mirando por la ventana. Escuchaba a Eugenio dar órdenes a fuera y a Consuelo taconear por el pasillo muy cerca de mi puerta. Ismenia apareció y no pude contenerme. –¿Saben algo de Reynaldo? –Le pregunté, ella negó con la cabeza. –Solo que está con el señor Chico–Respondió piadosa. –Pero estoy segura de que él regresará, señora. –No lo sé. –Seguí masticando mis uñas. –Presient

