Así fueron pasando los años. Llega el día de mi graduación y mis padres aparecen en ella; después de culminado el acto, se acercan a mí a felicitarme.
—Mi niño, pero mira qué hermoso estás, eres todo un hombre.
—Sí, mamá, así es. Hasta que llegó el día, ¿no?
—Así es, hijo. Felicitaciones por ese grandioso título —habla papá, orgulloso de mí.
—Gracias, papá —y los abrazo a los dos.
—Hijo, he reservado en un restaurante para que vayamos a celebrar este triunfo.
En eso se acerca Victoria, una chica con la que llevo algún tiempo saliendo. Nada serio porque, al igual que Caterin, se fue a meter a mi habitación buscando lo mismo de mí; solo que esta ha repetido muchas veces y por eso se cree especial, aunque además de tener sexo nos hemos hecho buenos amigos y sabe de mi historia con Emili.
—Bebé, los chicos nos están esperando… —y luego ve a mis padres—. Ay, disculpa, no sabía que tenías compañía.
—Hola, sí, somos sus padres. ¿Tú quién eres? —averigua mamá.
—Soy su… una amiga, ¡Victoria! Mucho gusto —y les da la mano a ambos; mis padres quedan encantados.
—Qué bueno saber que tienes amigas, hijo. ¿Por qué no la invitas a almorzar con nosotros? —dice papá.
—No creo, papá. Ella tiene otros planes en los que yo también estaba incluido, pero iré después de almorzar con ustedes.
—Oh no, pero puede irse contigo después de que almorcemos, claro, si ella no tiene problemas en venir con nosotros.
—No, yo no tengo problemas, señora…
—Por favor, no me digas señora, ¿sí? Solo Amanda.
—Ok, Amanda.
Y yo me quedo asombrado por lo rápido que actúan las mujeres. Bien, ya estamos en el restaurante en una comida amena y brindando por mi graduación, cuando de pronto mi madre invita a Victoria al tocador, dejándome solo con mi padre.
—Hijo, ¿qué piensas hacer ahora que te graduaste?
—Lo primero que pienso hacer es regresar, papá, tengo cosas que solucionar —y lo veo nervioso.
—Hijo, tengo algo que decirte —lo miro intrigado—. Como sabes, tengo una compañía aquí a la cual le está yendo muy mal últimamente. Necesito que ahora que te graduaste te hagas cargo de esta, al menos por unos años hasta que logres recuperarla.
—Pero papá, ¿cómo me pides esto? Si sabes que lo que más deseo es regresar y arreglar las cosas con Emili.
—Por Dios, hijo, todavía sigues con el empeño con esa mujer.
—Sí, papá, todavía sigo con el empeño con ella.
—Hijo, ya Emili no es la misma niña dulce y recatada que era antes; ella se ha vuelto un poco "alegre", por decirlo así.
—¿Cómo que alegre, papá? ¿Qué quieres decir?
—Juan, se han dicho muchas cosas feas de ella. Al parecer se la pasa con uno y con otro; lo mejor será que te olvides de ella porque ya no es una mujer digna de ti.
—No creo eso, papá, ella no es así…
—No era así, hijo, pero después de lo sucedido hace años, cambió todo en ella. Se la pasa de fiesta en fiesta, se pierde por días, la han visto con uno y con otro; en fin, sus padres no saben qué hacer con ella.
—No puedo creerlo, papá. Mi dulce niña…
—Lo mejor por los momentos es que no regreses, Juan. Quizás los Garbosa te culpen por la actitud de su hija y quieran perjudicarte, y eso sí que no lo permitiría. Así que lo mejor para todos es que te quedes a manejar la empresa que tenemos aquí.
Y así lo hago. Papá logró convencerme de quedarme a manejar la empresa, la cual ya hace dos años que manejo y ha salido a flote con mucho más capital del que tenía antes; se puede decir que soy bueno en esto.
Después de enterarme de todas esas cosas sobre Emili, entendí que ella ya no me quiere y que es tiempo de que me dé una oportunidad con una mujer, y esa mujer ha sido Victoria. Tenemos ya más de dos años juntos, pero ha sido imposible olvidar a mi dulce Emili; así que regresé a mi país para conseguir las pruebas para limpiar mi nombre ante todos y así demostrarle que todo lo que pasó no fue mi culpa. Y aquí estoy, en este cuarto de hotel sin poder dormir, ya que verla de nuevo movió todo en mí, y más por ver la bella mujer en la que se ha convertido.
***************************************************
Al siguiente día me levanto muy temprano y salgo a trotar. Quiero tomar las riendas de mi vida y empezaré por hacer ejercicio para sentirme renovada. Me visto con una sudadera negra y un mono ajustado que resalta mis atributos, además de mis tenis preferidos. Salgo del edificio y me coloco mis audífonos para ir escuchando música de mi teléfono mientras troto.
Voy a trote lento porque hace mucho que no lo hago; no sé cuántos kilómetros avanzo, pero al pasar por una esquina choco con alguien y caigo al piso doblando mi tobillo. Mi teléfono sale volando y se rompe en mil pedazos; yo solo me puedo quejar por el dolor de mi tobillo…
—Lo siento, disculpa, corazón, no te vi —dice la persona con quien choqué.
—¡Estúpido! ¿Cómo no me vas a ver? ¿Acaso andas dormido? Ahora no puedo mover mi pie. ¿Cómo me voy a ir a mi apartamento?
Y se hace el silencio. Cuando subo la mirada, está él ahí, observándome perdido, y luego yo me pierdo en su mirada. Intento pararme, pero mi pie no me ayuda, me duele demasiado.
—Ven, déjame ayudarte, Emili…
—No me toques, estúpido.
—Tengo que tocarte o ¿cómo te vas a ir? Además, necesitamos ir a un hospital para que te hagan una radiografía para ver qué tan grave es.
—No necesito tu ayuda, puedo sola.
—A ver, dale, quiero ver —exclama burlándose de mí.
Intento pararme, pero es imposible; no puedo sin ayuda. Al ver que no puedo, me agarra y me carga. Forcejeo, pero él puede más que yo. Para un taxi, recoge lo que quedó de mi teléfono y mis llaves, que también cayeron, y vamos al hospital. De camino lo veo observarme; quiere decir algo, pero no lo hace. Hasta que rompe el silencio.
—¿Puedo revisar tu pie?
—¡Ja! Ni que fueras doctor.
—No soy doctor, pero tengo un semestre de primeros auxilios que dictó la universidad.
—Igual, no quiero que me toques con tus asquerosas manos.
—Asquerosas manos las de Carlos, y aun así dejas que te toque —dice molesto.
—Ese no es tu problema, quién me toca o no. ¿Por qué no te bajas y te vas a la mierda?
—Porque estoy en la mierda desde hace mucho tiempo.
—Sí, pues bien merecido te lo tienes…
—Disculpen, señores, les pido que moderen un poco su vocabulario. Si quieren discutir, háganlo en un lugar donde estén a solas —dice el taxista.
Yo solo me muero de la vergüenza.
—Disculpe, señor… —y él asiente.
Llegamos al hospital y de inmediato traen una silla de ruedas porque Juan me tiene cargada; le digo que me suelte ya y me coloque en la silla.
—¡Crees que no puedo contigo!
Le veo los brazos y claro que podría conmigo, pero no quiero que me toque porque siento que me quema.
—Tus músculos han de ser una mentira, como todo tú.
Se detiene y yo sigo rodando la silla hasta que entro al consultorio del doctor, y él me sigue para entrar conmigo. El doctor me hace una revisión y me dice que es un esguince; que con reposo, masajes y una buena pomada el dolor y la molestia pasarán en unos días. Nos retiramos y él toma la receta para ir por los medicamentos.
—Sabes que no necesito que hagas eso, ¿verdad? Puedo llamar a Carlos, pedirle que venga, compre las medicinas y, de paso, que me haga los masajes que sean necesarios.
Tensa la mandíbula y me dice:
—Toma, llámalo. Dile que venga.
Y me quedo en shock porque no me sé ni el primer número de su teléfono. ¿Ahora qué hago?
—Estoy esperando, Emili —me habla fuerte.
—Pues no. Recuerda que dañaste mi teléfono y ahí está su número —es lo primero que me sale.
—¡De verdad! ¿No te sabes el número de tu futuro “esposo”?
—Pues no. ¿Quién a estas alturas se sabe el número de alguien? Ni el mío me sé.
Me mira sin creerme ni una palabra.
—Si tú lo dices… Entonces no tienes más remedio que dejarte llevar por mí a donde sea que vivas.
Grito para mis adentros por eso. Pasamos por una farmacia y luego a mi apartamento. Ni Carlos ha entrado; a decir verdad, ningún hombre. Me quita la llave y abre la puerta. Me sorprende el aguante que tiene, no se ha cansado ni un instante; aunque no peso casi nada, es incómodo para una persona trasladar a otra, pero él no se ha quejado. Se ve que está bien entrenado.
—¿Qué tanto piensas que me ves así? —pregunta viéndome.
—¡Yo! ¿Viéndote? Por favor, ya quisieras tú…
—Ok, dime cuál es tu habitación.
—Déjame aquí en el sillón. No permito que nadie entre a mi habitación.
—¡Qué! ¿Cómo así que nadie? ¿Acaso Carlos no ha entrado allí?
Ups, ¿qué dije?
—Quiero decir… ningún extraño que no sea mi prometido —me mira extraño.
—¿Acaso yo soy un extraño para ti, Emili?
—Sí lo eres, Juan, porque nunca acabé de conocerte.
—¿Será que en algún momento vamos a tener la oportunidad de hablar?
—No me interesa hablar contigo de nada. Estás aquí solo por lo que pasó con mi pie, si no, estarías a 100 metros de distancia de mí.
—Tanta rabia me tienes, Emili…
—Te odio, Juan.
Veo rabia y dolor en sus ojos.
—Está bien, lo entiendo. Pero hagamos una tregua, ¿sí? Solo por hoy.
—¿Y qué gano yo haciendo una tregua contigo?
—¡Por favor!
Me suplica con sus ojos y, ¡sí!, me sigue matando su mirada. Dios mío, no puedo estar cerca de él, sigue causando ese efecto en mí aun después de tantos años.
—Está bien, Juan, pero no quiero hablar del pasado porque está muerto y enterrado para mí.
Asiente con la cabeza y sale por un poco de agua para que me tome una pastilla.
—¿Desayunaste? —pregunta.
—No, lo iba a hacer al regresar de trotar.
—¡Bien! ¿Puedo usar tu cocina para preparar algo?
Y me asombro. ¿Acaso sabe cocinar?
—¿Y tú cocinas? —curioseo.
—Sí, algunos platillos.
—Umm, ¿y dónde aprendiste?
Se queda pensativo.
—Una amiga me enseñó.
—¡Claro, una amiga! Puedes tomar lo que quieras, hay de todo en el refrigerador. Ahora déjame sola, quiero descansar un poco.
Así que sale de mi habitación y trato de dormir un poco, pero no puedo. Me pongo a pensar en si esa amiga será especial, en si tendrá novia, mujer, hijos, si se habrá casado… Tengo que preguntárselo, pero ¿cómo hacerlo sin que note que me interesa? Bueno, mejor descanso un rato mientras prepara algo de comer, porque muero de hambre.