Una mesa llena de cicatrices… y promesas No había mayor alivio que el silencio después de la tormenta. El comedor improvisado en aquella villa secreta estaba cálido, no por el fuego, sino por las almas que lo ocupaban. Frente a mí, una larga mesa de madera rebosaba de platos sencillos, pero abundantes. La comida no era lo importante. Era el hecho de estar juntos. De seguir vivos. A mi izquierda, Mathias. Su mano descansaba cerca de la mía, apenas rozándola, como si no quisiera presionarme, pero tampoco alejarse. No lo necesitaba pegado a mí para sentir su presencia: él era mi sombra voluntaria, mi fuerza silenciosa. A mi derecha, Seraphina partía un trozo de pan, y su risa—una que no oía desde hacía años—me provocó un nudo en la garganta. Nunca pensé que volvería a escucharla reír. Ni
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