Capítulo 11

2859 Palabras
Aina Ivanova Desde hace dos días he vuelto a ver al alto rubio. No he regresado a casa, he permanecido a lado de Sebastian; continua en el mismo estado, durmiendo, sin moverse. A cada minuto me mentalizo que está durmiendo como cuando regresaba del trabajo. Sus jornadas de trabajo eran muy pesadas, sabia a lo que me enfrentaba al casarme con él. A pesar de que él pasaba días en el hospital siempre me mandaba un mensaje para saber sobre mí. Me acostumbre a dormir días sin él en la cama, pero su ausencia se recompensaba en saber que salvaba vidas. Desde que conocí a Sebastian tuve una admiración por él, no solo eligió ser medico por el legado de su padre, al contrario, también tenía esa motivación que su padre, salvar vidas inocentes y apoyar a los de bajos recursos. La habitación de Sebastian está llena de varios detalles de los colegas que lo han venido a visitar y han ofrecido su apoyo. Termino de acomodar el ramo de flores del doctor Dupont, su mejor amigo. Minutos más tardes Michele entra a la habitación y me percato de su preocupación notable en su rostro, pero esos gestos nos son por su hijo, sino por mí. Hace dos días que no voy a casa y no quiero hacerlo hasta regresar con Sebastian tomados de la mano, como cuando nos casamos. Él me dijo que tenía una sorpresa para mí; me vendo los ojos en todo el camino. Al llegar, me ayudo a bajar del auto, entrelazo sus dedos con los míos y me guío el camino, estaba ansiosa por su curiosidad. Al quitarme la venda me impacté ante lo que mis ojos veían, una hermosa casa hogareña blanca con toques grises; para después Sebastian decir al oído, «bienvenida a nuestro hogar.» Ese día me emocioné, lo besé y entremos juntos a nuestro nuevo hogar. El recuerdo viene a mi mente y me es imposible no llorar teniendo a Sebastian a mi lado. La única diferencia es que no me sonríe, no me mira y no me abraza como solía hacerlo siempre. Rápidamente limpio las lágrimas, Michele me entrega una bolsa de comida y recibo la bolsa. Michele se percata de mis lágrimas y sin dudarlo me abraza. —Muñequita, no llores. —No puedo evitarlo. Me duele verlo ahí postrado en cama. El pecho me duele, pero no por un ataque, es por Sebastian. —Sharon, debes ser fuerte. No hay que ser negativos. Pronto Sebastian despertará —me anima con una ligera sonrisa triste. Dejo de abrazarla y la miro de frente. Sus cálidas manos limpian mis lágrimas, es como un gesto materno. —Necesito decirte algo importante. Sus palabras hacen que las lágrimas me dejen de salir y me enfoco en lo que dirá. Su voz sonó con seriedad y por algún motivo siento que es algo, serio, importante. —Carl y yo hemos tomado la decisión de mandar a nuestro hijo a Francia para que tenga un mejor tratamiento. Espero que estés de acuerdo con la decisión. No me negare a la decisión, haré todo lo posible para que Sebastian se recupere. No tengo problema en que viaje. —Si ustedes creen que es la mejor opción, estaré de acuerdo —rápidamente asiento ante su decisión. Michel asiente con un movimiento ligero de cabeza. Me sonríe y me agarra de la mano. Nos sentamos en el pequeño sofá donde suelo dormir. —Un amigo de la familia se prestó a darnos estancia en su clínica y su servicio para el tratamiento de Sebastian. Es un de los mejores médicos de Francia. La ide me agrada. Los Derricks son muy bondadosos con las personas y no tengo duda que los favores que hacen sean devueltos con la misma bondad. —Si, estoy de acuerdo. Sacaré el dinero de nuestros ahorros para su tratamiento —propongo, pero Michele me interrumpe. —De eso no te preocupes muñequita. Carl y yo pagaremos por el tratamiento. —Pero Sebastian en mi esposo —me opongo ante la idea —. Es mi responsabilidad cuidarlo. Se lo prometí. Me niego a que ellos paguen por todo el tratamiento sin dejarme ayudar. —Lo sé Sharon, pero debes enfocarte en su recuperación, Carl y yo como sus padres nos haremos cargo de los gastos. Es por ello que me iré con él a Francia. Sus últimas palabras me congelan en mi lugar. No me agradan. — ¿Estás hablando de irte solo con él? —Michel me mira con ojos de tristeza y comprendo lo que quiere decir —. No, no puedo dejarlo —me niego a no ir con él. —Sharon tranquila. Entiendo tu molestia, pero debes quedarte aquí a investigar sobre el accidente de Sebastian. Michele me mira fijamente y comprende mi disgusto ante su estúpida decisión. Yo debería ir con mi esposo, no ella. —Sharon, el día de ayer le entregaron a Carl un reporte. El accidente de Sebastian fue provocado, alguien quiere hacerle daño a mi hijo. La tristeza se presenta en sus ojos al decir la noticia. Su noticia me dejar sin aire, siento una opresión en el estómago, y de nuevo el miedo me invade. —Es por ello que tomamos la decisión de llevar a Sebastian a otro país para que tenga una buena recuperación y esconderlo de la persona que le hizo daño. Es mucha información que procesar y no me encuentro en el momento adecuado para captar todo. Tengo muchos pensamientos en mi cabeza y lo primero que se me viene a la mente son las palabras del ruso. —Carl cree que es uno de nuestros enemigos… Desde que Carl le cedió el puesto de director general a nuestro hijo muchas personas están peleando por su lugar —suspira para evitar que la voz se le quiebre —. Mientras investigamos, tenemos que esconder a Sebastian. Lo que dice Michele tiene sentido. Sebastian no es solo un médico, es el director general de los tres hospitales de su padre y desde entonces, han recibido muchas envidias, malas jugadas, problemas ante su llegada como director. —Debes apoyarnos en este plan, Sharon. Hazlo por el bien de nuestro hijo. —P…pero yo quiero ir con él. —Lo hará después. Solo confía en nosotros. Por supuesto que confió en ellos, pero me cuesta aceptar su petición. No me imagino estar lejos de mi esposo. Aunque también necesito saber y hacer pagar a la persona que le hizo daño. Si las palabras de Michele son verdaderas y el reporte dice la verdad, Sebastian no pude estar en Canadá, la mejor opción es esconderlo hasta encontrar al culpable. Sin estar de acuerdo con la propuesta, acepto. —Bien, me quedaré para ayudar a Carl con la investigación. Michele sonríe ante mi respuesta y me abraza. Al sentir sus brazos rodearme no me es reconfortante, no es de mi agrado. —Hablaré con el doctor para preparar su traslado. Después de abrazarme, se levanta, le da un beso en la frente a su hijo y sale de la habitación. Desde mi lugar miro a Sebastian y le sonrió con tristeza. Le prometí cuidarlo y lo haré, así como él cuido de mí en mi recuperación. Tengo dos cosas importantes que hacer y es encontrar a la persona que le ocasionó el accidente Sebastian y encontrar a mi amiga. Es mejor quedarme e investigar, que irme y no hacer nada. Cansada, el chofer de Michel me lleva a casa. Al llegar decido dormir un poco, el no dormir las horas adecuadas me hace sentir débil; después limpiaré el desastre que deje. Al despertar miro el reloj y me percato que dormí más de ocho horas. Es tarde, decido levantarme, lavarme la cara y prepararme para hacer la limpieza. Por cinco horas logro distraerme en limpiar la casa, ahora parece un hogar. De inmediato el estómago me gruñe y voy a la cocina a buscar que hay de comer. Al abrir el refrigerador me percato de que algunos productos están caducados y casi vacío. No solo me he descuidado, también la casa. Estuvo bien regresar a casa y cuidar de mí. Decido darme ducha y salgo a comprar insumos, esta casa deber mantenerse como un hogar. Regresando dejo las bolsas sobre la mesa de loza de la cocina y comienzo a sacar los ingredientes necesarios para preparar mi comida, mientras tanto calmo mi hambre comiéndome un plátano. Sirvo la pechuga azada con vegetales en el plato, un poco de jugo de uva en un vaso de cristal y comienzo a comer. El silencio de la casa me pone sentimental ante el estado de salud de Sebastian. Sin ánimos, dejo caer el tenedor al plato y me levanto dejando a la mitad mi comida. El estar en casa sola me es asfixiante, no me hace sentir a gusto a saber que Sebastian necesita tenerme a su lado. Para no sentirme sola de nuevo voy al hospital. Mis días constan en ir a cuidar a Sebastian por las mañanas y en las tardes, por la noche regreso solo a casa a descansar, bañarme y dormir. Cinco días pasaron con rapidez. Y el día de mañana será el día en que Sebastian sea transportado a Francia, por ello, decidí pasar todo el día con él. Termino de lavar el cuerpo inerte de Sebastian y continuo a vestirlo. Carl y Michele se encargan de preparar su equipaje, el avión privado sale mañana por la tarde. —Bajaremos a comer. ¿Quieres algo de comer? —la voz de Michel me avisa. En realidad, no tengo apetito, pero últimamente no he comido correctamente, además, no desayune. Ellos insisten y termino aceptando su invitación. —No tardamos en regresar. La pareja sale primero y yo me quedo con mi esposo. Sujeto su mano y la acaricio con la yema de mis dedos. —Me duele mucho el dejarte, pero es por tu bien. Te prometo que iré a visitarte. Ma acerco a su rostro y mis ojos se impactan con el pálido color de su piel. Bajo la mirada a sus labios, y también, están secos, pálidos y cortados. Sin importarme pego mis labios a los suyos y sin impedirlo una lagrima sale de mi ojo, resbala por mi mejilla y humedece nuestros labios conectados. Aun en sus labios, le susurro. —Eres lo mejor que la vida a ha dado. Sin poder evitarlo el sentimiento me gana y las lágrimas de nuevo salen. Lo beso de nuevo y después lo abrazo. —Te amo, Sebastian… Te amo. Recuesto mi cabeza sobre su pecho y escucho los ligeros pitidos de su corazón. Su palpitar me causa tranquilidad, paz. Con los sentimientos revueltos comienzo a cantarle la canción que le cante el día de nuestra boda. (…) Estoy nerviosa por lo que haré a continuación. Sin dejar de sonreír le doy un beso en los labios a mi recién esposo. —Tengo una sorpresa para ti. Le digo al terminar nuestro baile de bodas. Nos detenemos en medio de la pista, y ante todos los presentes, nos observan con ojos de amor. Michele me acerca a nosotros y me entrega un micrófono. —Sharon, ¿Qué está pasando? Sebastian se pone nervioso, pero sonríe ante mis palabras. —Te dedico esta canción —Digo al pegar mis labios al micrófono. El público aplaude y Sebastian sonríe. De inmediato la orquesta comienza a tocar los instrumentos. Al sonoro instrumental comienzo a cantar sin dejar de mirar el azul cautivante de mi esposo. Mi amor es como el agua. Llena los lugares donde sientes dolor. Cubre las heridas profundas y te abraza con fuerza Te hace levantarte de nuevo. Necesito que me abraces. Estamos destinados. Nos completamos y nos consolamos el uno al otro. Nos hacemos sanar como el agua. Me mantienes viva. Sé lo que significas para mí. Y solo quiero agradecerte por confiar en mí Quiero que me ames. Yo también siento tu dolor. Cubriré tus profundas heridas y te abrazaré. Haré que vuelvas a levantarte. Brillas sobre mí. Como si fueras agua para mí. Cuando abras los ojos, todo estará bien. Mi voz se deja de escuchar y de inmediato se detiene la orquesta. En seguida una ola de aplausos comienza. Sonrió, él sonríe y sin más, nos besamos. —Eres agua para mi —le digo en susurro sobre sus labios. (…) Recuerdo el último párrafo de la canción y con la voz quebrada se lo digo. —Para cuando tú abras los ojos, todo estará bien… Lo prometo. Me levanto de su pecho, limpio mis lágrimas con el dorso de mi mano y le sonrió. Después de unos minutos entra Michel con Carl. —Todo esta listo para que viaje —avisa Carl. Asiento con la cabeza y ambos me abrazan. —Todo estará bien. Pronto estará con nosotros. Después de pasar dos horas con Sebastian, los tres decidimos salir a cenar a un pequeño restaurante que está enfrente del hospital. Con tristeza lo dejamos a manos de la enfermera de guardia y salimos a comer los tres. Entre la cena Carl me explica el plan, estoy de acuerdo con ellos y termino de cenar rápido porque no me gusta dejar solo a Sebastian. Todos los días su madre o yo, en ocasiones su padre, nos ponemos de acuerdo para cuidarlo. El salir a cenar no me agrado, pero necesitaba alimentarme. Les agradezco por la comida y ellos se quedan un poco más. Me levanto y camino a pasos rápidos. Es demasiado tarde, por el cual no hay gente transitando. Me adentro a las instalaciones y poca gente se encuentra en los pasillos. Rápidamente me adentro al elevador y aprieto al quinto piso. Siento miedo al estar sola, y el miedo a los hospitales regresa, pero trato de controlarlo. «Soporta por Sebastian», me animo. Al abrirse las puertas del elevador salgo y miro el oscuro pasillo. Me pregunto si era buena idea regresar sola. Respiro profundamente y camino hacia la habitación de Sebastian. Mi mano agarra el pomo y abro la puerta. Al adentrarme y posar mi vista a adentro el cuerpo se me congela, los latidos del corazón me disminuyen, el aire comienza a faltarme y el pánico me invade. Sebastian no está. Me impaciento, los pies se me mueven y salgo al oscuro pasillo. Ni siquiera está la camilla. Con desesperación comienzo a buscarlo por los pasillos. Bajos las escaleras de emergencia, nada. Bajo al siguiente piso, lo busco, bajo al siguiente y nada. Me acerco a una enfermera y pregunto, pero no sabe nada. — ¡Pide ayuda! —le grito de la desesperación. La mujer se asusta y me inmediato les llama a los guardas. Médicos, enfermeras y guardias comienza a buscar. Bajo al estacionamiento, pero no hay nada. Con el pulso palpitándome en la cabeza voy al estacionamiento donde están las ambulancias. Entro al oscuro lugar y lo que me llama la atención es la persona de blanco que lleva la camilla de Sebastian, las puertas de una ambulancia estás abiertas. La señal de: se lo quieren llevar, me hace correr hacia él. Con el aire frio quemándome la cara corro hacia ellos. — ¡Sebastián! —grito tan fuerte que desgarro mi garganta, quiero llamar la atención de un guardia o medico que este cerca y me ayude, pero lo único que logro es llamar la atención del hombre disfrazado de médico. Al verme, apresuro el paso y corro más a él. El otro hombre le ayuda a subir la camilla, pero antes de que se subirlo me aviento al hombre que esta fuera de la ambulancia. Ambos caemos al suelo y esto hace que el cuerpo inerte de Sebastian caiga al suelo también. Con furia y a puños golpeo al hombre, pero es más fuerte que yo y me golpea directamente en la nariz. Me mareo ante el golpe, la vista se me nueva. De nuevo intenta llevarse a Sebastian, estiro la mano, agarro una grande roca, con fuerza me levanto y le estrello la piedra en la cabeza del sujeto. Lo sueltan, de nuevo lo golpeo en la cabeza y el otro hombre agarra y me avienta lejos. Le ayuda a su aliado a subir a la ambulancia y huyen. El pecho comienza a dolerme, pero no me importa. Con debilidad camino hacia Sebastian y lo observo. No le hicieron nada, no hay golpes, solo querían llevárselo. — ¡AYUDA! Comienzo a gritar con las fuerzas que me quedan. En segundos aparecen los guardias, médicos y enfermera y atrás de ellos los padres de mi esposo. Se acercan a auxiliar, los médicos revisan a Sebastian, dos enfermeras me ayudan a ponerme de pie y los cinco guardias van detrás de la ambulancia. La cabeza me da vueltas, la vista se me borra y lo único que puedo hacer es respirar tranquilamente. Perdida, me suben a una camilla y rápidamente nos meten al hospital. Miro a Sebastian que es llevado aun lado de mi para ser revisado. Sonrió al acariciar su mano, pude evitar que se lo llevarán Sí Sharon, eres fuerte.
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