Elizabeth se mordió el labio inferior, viendo como los ojos de Harald brillaban más que nunca, mientras en ese instante el rubio se encargaba de quitarle la ropa con una lentitud que a ella la estaba matando. El baño era lo suficientemente grande, para que ellos dos pudieran estar acostados en el suelo, sin embargo, cuando Elizabeth quedó como Dios la trajo al mundo, el hombre lobo la miró de pies cabeza acercándose para besarle el cuello, lamiéndola un poco, bajando con lentitud para tocarle la punta de los senos de la joven, con su lengua. En ese momento, la pelinegra no pudo evitar gemir un poco, viendo como el rubio atendía esa delicada zona de su cuerpo con su lengua, haciéndole cosquillas, hasta que el antiguo vikingo se detuvo, sentándose en el suelo mientras abría sus piernas, ind

