Sofía. Los minutos siguientes se deslizaron en una tensa calma. Me coloqué los auriculares que le había pedido "prestado" a Samuel sin que se diera cuenta; seguramente, cuando notara su ausencia, armaría un escándalo y culparía a sus hermanos, pero bastaría con un par de mimos míos para que su rabia se disolviera como azúcar en agua. Navegué por mi celular, pero sin r************* , el contenido me resultaba monótono. De pronto, una melodía empezó a resonar en mi mente y, sin ser consciente del volumen de mi voz, comencé a cantar en mi lengua materna, dejando que el sentimiento fluyera: —Ay, amor, me duele tanto... Me duele tanto que no creas más en mis promesas. Ay, amor, es una tortura perderte... —Mi voz, cargada de una melancolía que solo el castellano sabe transmitir, llenó la ofic

