Capitulo 2

1711 Palabras
Ámbar Voy caminando por la azotea de un enorme edificio. Todo está en completo silencio; es extraño, ni siquiera reconozco este edificio. Volteo hacia todos lados tratando de encontrar una salida, pero no la hay. Suspiro, levanto mi cabeza y cierro los ojos. Extiendo mis brazos, pues una gota de lluvia cae en mi rostro. La brisa hace que mi piel se erice. Suspiro al pensar cómo diablos subí aquí y, lo más importante, cómo bajaré si no encuentro una maldita salida. Pero este lugar me produce tranquilidad, así que respiro aire y entra en mis pulmones. Y la paz que siento se rompen de pronto cuando escucho un grito, y lo que más me inquieta es que conozco perfectamente esa voz. Así que, de inmediato, me volteo para ver de dónde proviene ese sonido. Empiezo a caminar con un poco de temor y pasos lentos. Escucho que él maldice y cada vez esa voz está más y más cerca. Este lugar es enorme y está demasiado oscuro. Cuando veo de dónde proviene, me detengo detrás de un enorme ducto de aire. Lo veo de rodillas, demasiado golpeado. Delante de él está una mujer, pero no puedo ver su rostro. Ella le grita con odio y cierra sus puños. Trata de moverse, pero dos hombres lo toman por sus brazos. Yo tapo mi boca para que un sollozo no salga de ella, pues me duele verlo de esa manera. De pronto, él agacha la cabeza y suelta una carcajada. —Qué estúpido fui, qué iluso. Creí todas tus mentiras, creí que me amabas, y mira todo lo que he hecho por ti. Me has traicionado de la peor manera. Te aliaste con mi rival, ¿para qué? Si todo de mí era tuyo. Ella se queda en silencio pensando un momento y suelta una carcajada. Yo niego. —Ay, Asher, eres tan iluso. Y pensar que eres el heredero de uno de los imperios más importantes, y una mujer te hizo bajar la guardia. No, no, eso no se hace. Siempre tienes que ser como un halcón. Pero tienes lo que deseabas, así que tenía que sacrificarme. Tenía que estar junto a ti hasta que llegara el momento indicado. El rostro de él se ve confundido. Creo que aún no termina de entender por qué lo está haciendo mierda, y yo no logro ver su rostro. Doy un paso hacia adelante para acercarme un poco más y golpeo algo que cae y hace demasiado ruido. Yo miro para ver de qué se trata, pero soy una estúpida. Cuando levanto la vista, ella me señala y les grita que me atrapen. Yo, sin pensarlo dos veces, me doy la vuelta y empiezo a correr. Corro lo más rápido que puedo, pero solo veo el precipicio. Me detengo en la orilla y volteo hacia atrás. Los hombres sonríen con malicia y siento cómo una lágrima baja por mi mejilla. No voy a permitir que me torturen para que, de igual manera, me matarán. Así que, sin pensarlo dos veces, cierro los ojos y siento el fuerte golpe del viento en mi cara al caer al vacío. Ay, mierda. Cuando abro mis ojos, suspiro al darme cuenta de que me he caído de la cama. Volteo los ojos con fastidio por estúpida, y yo pensando que estaba cayendo desde lo alto de un edificio. Ja, sí, como no. Me pongo de pie y acaricio mi trasero, pues aunque solo caí de la cama. Eso dolió. Cuando veo por qué caí, sonrío con ternura. A pesar de que mi cama es grande, no es tan grande para que cinco personas duerman en ella. Los niños se habían negado a dormir en la mansión al cuidado de la niñera, y yo no me podía negar a sus hermosas caritas haciendo pucheros y suplicando por quedarse conmigo. Camino muy lentamente fuera de la habitación, tratando de no despertar a los niños. Cuando llego a la cocina, me recargo en el mesón y cierro mis ojos. Dios, esa pesadilla fue tan real. No, no fue solo eso, una pesadilla. Suspiro y estoy por dar un paso hacia la cafetera cuando casi caigo del susto. —Ámbar, ¿podrías darme un poco de agua? Yo coloco mi mano en mi pecho. Dios, casi me da un maldito infarto, pero suspiro al ver a mi niño grande con su rostro preocupado. Así que me coloco a su altura y arreglo su cabello despeinado. —¿Qué pasa, mi pequeño tiburón? ¿Por qué te has levantado? Aún es de madrugada. Él, con sus manos torpes por estar recién levantado, limpia sus lágrimas. Yo lo abrazo y él solloza un poco. Yo trato de tranquilizarlo, pero su voz está entrecortada por el llanto. Cuando lo separo de mí un poco, le sonrío para darle un poco de tranquilidad. —¿Qué pasa, mi cielo? ¿Por qué lloras? Me siento en el piso de la cocina y lo siento en mis piernas, tratando de que se tranquilice un poco. Cuando por fin lo hace, me mira a los ojos y sus ojos son los más bellos del mundo. Él es tan parecido a su padre y con la misma nobleza. —Lo lamento, Ámbar. Tuve una pesadilla, una muy fea, donde papá y mamá no volvían del viaje. ¿Tú crees que eso suceda? Yo abro los ojos sorprendida, pero trato de disimular con una sonrisa en mi rostro y empiezo a negar. —Azir, solo fue un sueño y, por supuesto, nada es real. Así que tienes que estar tranquilo. Tus padres deben de estarse divirtiendo. Él me mira con esos ojitos tan lindos y un pequeño puchero en su rostro. Él es el mayor de los cuatro y, a pesar de su corta edad, se comporta como un pequeño hombre responsable. Yo beso su frente y lo vuelvo a abrazar. Siento cómo él suspira y sé que poco a poco se está quedando dormido. Cierro los ojos porque ahora un presentimiento se ha alojado en mi pecho y, por desgracia, no es nada bueno. Pero trato de relajarme y pensar que solo es un mal sueño, una pesadilla que, obviamente, no se convertirá en realidad. ¿O sí? Por la mañana, con Azir a mi lado, levantamos a todos los chiquillos. La más perezosa es Malú, pero con muchos pequeños besos en su rostro logro hacerlo. He preparado el desayuno y la mujer que tenía que cuidarlos ya se encuentra en mi pequeño departamento, muy molesta, pues según ella, cuidarlos en un lugar tan pequeño donde no tiene cómo distraerlos no estaba en su contrato. Cuando me dice eso, yo la miro mal y juro que estoy a punto de despedirla, pues ayer los niños, obviamente con ayuda de su chófer, escaparon frente a sus ojos. Yo suspiro y pellizco el puente de mi nariz con fastidio. La miro a los ojos y sonrío, pero sé que mi sonrisa es más una estúpida mueca. —Disculpa, ¿me recuerdas cómo te llamas? Ella me mira mal, pero no me importa. Debió de haber prestado más atención. Dios, son niños pequeños y ellos no pueden hacer lo que desean. —Norma, yo... Antes de que siga hablando y mientras ayudo a Malú con su comida, le digo: —Sabes, Norma, no quiero despedirte. ¿Por qué no mejor te vas a tu casa? —Tú no eres nadie para despedirme. Yo la miro con una ceja alzada y una sonrisa en mi rostro. —Creo que has olvidado quién te contrató, pero eso no importa. ¿Por qué no te vas a tu casa, reflexionas en todo lo malo que has hecho y cuando vuelva mi jefe regresas? Ya él te dirá si te quedas con el trabajo o no, por todos los errores que has cometido. Ella me fulmina con la mirada y mira a los niños con odio. No, con mis niños nadie se mete. —Es que estos estúpidos escuincles se comportan como adultos irresponsables. Yo abro los ojos por la estupidez que acaba de decir. Le sonrío a mi pequeña, me pongo de pie y la tomo del brazo. La guío hacia la puerta y, cuando la abro, el chofer está de pie y me ve con una sonrisa, sonrisa que se borra al ver lo furiosa que estoy. Él entra y yo la lanzo hacia el pasillo. Cuando estamos afuera, las dos la señalo y, con los dientes muy apretados, le digo: —¿Te das cuenta de las estupideces que estás haciendo? Cuatro pequeños que escaparon de un adulto ante sus ojos. ¿Dónde estabas tú? ¿Qué estabas haciendo para que no te dieras cuenta de que cuatro niños que son menores de 12 años se fueron de una mansión? Tú deberías de comportarte como el adulto que eres, pero no voy a pelear contigo porque yo no soy la madre de esos niños. Pero cuando regrese su padre, le diré todo esto que está pasando. Ella me mira molesta, se da la vuelta y sale de ahí. Yo respiro hondo para tranquilizarme. Cuando entro, volteo a ver a Armando, que ya está sentado en la mesa con los niños desayunando. Él se encoge de hombros como si no hubiera hecho nada malo. Armando y yo llevamos tiempo trabajando con ellos, pero no debe de hacer todo lo que los niños le dicen. Cuando vuelvo a tomar asiento, enseguida de Malú, él me sonríe. —Vamos, no te enojes conmigo, Tambar. Sabes que no me podía negar a ayudar a estos pequeños. Además, esa bruja está loca. Yo volteo los ojos con fastidio por cómo me llamó. Estoy por dar un bocado a mi desayuno cuando suena mi teléfono. Es extraño, es fin de semana y, la verdad, aparte de mi jefe, Armando el chofer, nadie más me llama. Así que tiene que ser mi jefe. De inmediato me pongo de pie y lo tomo. Cuando contesto: —Hola. —Buenos días. ¿Usted es familiar del señor Asher y Serena Rossy? Hablamos del hospital central. Ellos... Mi mente se ha quedado completamente en blanco. ¿Será que un sueño, o mejor dicho, una pesadilla, se puede hacer realidad? No, no es posible.
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